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Antonio Muñoz Molina y la pura alegría

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MOLINA
EFE

Yo era un chaval al que la literatura le dejaba indiferente. Me interesaba (mucho) la música y, sobre todo, salir con mis amigos hasta altas horas de la noche. En fin, lo habitual en un joven de 18 años, una etapa en la que tu vista no abarca más allá del sexo y tu objetivo vital consiste en beberte hasta la última gota del presente. El futuro podía esperar.

No recuerdo muy bien por qué -imagino que por un consejo sabio de una novia que me convenía cumplir- leí El guardián entre el centeno. Sí, también fui uno-de-esos-chicos que cayó de hinojos ante la egregia figura del rebelde Holden Caulfield.

Salinger representó mi iniciación en la literatura, que no he abandonado y que, ¡ay!, en varios momentos de mi vida ha derivado en pura obsesión. Pero la obra que me deslumbró, que me golpeó como una bofetada en la cara o una descarga en la conciencia, fue El Jinete Polaco, de Antonio Muñoz Molina. No recuerdo qué me llevó hasta ese mamotreto de 600 páginas y letra minúscula. Pudo ser el azar, pudo ser su portada (la obra de Rembrandt de mismo título que la novela), aunque intuyo que pesó fundamentalmente el hecho de que hubiera ganado el Premio Planeta. Cuando se empieza a leer uno cree, erróneamente, que las obras premiadas por la editorial barcelonesa representan el trayecto más corto para presumir de estar a la última.

No empecé El jinete polaco con respeto, sino con una mezcla de pavor y desconfianza. Tenía muchas dudas de que pudiera culminar tamaño tour de force. Ese terror se transformó a los pocos minutos en sopresa, que derivó en fascinación y concluyó en plena devoción. Recuerdo que, para mí, el mundo se terminó durante cinco días, cinco largas jornadas en las que una pluma apasionada, concienzuda y maravillosa, me trasladó de Madrid a Mágina en una viaje con la banda sonora de The Doors. Descubrí el amor, aprendí a valorar el recuerdo como material intrínseco al ser humano, me enamoré de un personaje llamado Lorencito Quesada. Y, sí, juré devoción eterna por Muñoz Molina.

Recuerdo que iba en pos de sus dedicatorias con el mismo afán con el que leía sus páginas. Le buscaba en la Feria del Libro, en centros comerciales, en librerías... Y él siempre estaba allí, más solo que la una con sus por entonces escasas obras. Ahora evoco esos encuentros con un punto de vergüenza, y me veo más como un fan que como un lector implacable. Creo que me convertí en una presencia habitual en ese tipo de actos: representó una gran victoria personal cuando, un día de firmas en unos grandes almacenes, Muñoz Molina me vio de lejos, sonrió y me dijo entre risas: "Hombre, ya te echaba de menos".

Veinte años después mantengo esa fidelidad por el escritor de Jaén. Sus novelas policíacas me gustaron sin entusiasmo (la mezcla de tabaco y jazz me dejaba aturdido), sus incursiones cómicas siempre me parecieron un maravilloso divertimento y sus obras más serias, sólidas y robustas, como Sefarad o La noche de los tiempos, me fascinaron por su complejísisimo mecanismo interno, su delicada orfebrería y su inigualable capacidad para narrar.

Sí, Muñoz Molina se merece este premio Príncipe de Asturias de las Letras. No sólo por su obra novelística, por sus ensayos (el último, soberbio, sobre los efectos de las crisis en la sociedad española) y sus recopilaciones de artículos escritos en varios medios de comunicación.

Muñoz Molina es quizá uno de los pocos humanistas que existen hoy en España, de los pocos que despliega un exquisito cuidado en cada palabra que escribe, en cada estructura que pergeña. De los escasos en los que pervive el cada vez más utópico espíritu del trabajo bien hecho de principio a fin.

Es, en definitiva, un autor que ha hecho realidad uno de sus títulos: convertir la lectura en pura alegría.