BLOGS

La unidad más frágil

23/08/2017 21:54 CEST | Actualizado 23/08/2017 21:54 CEST
AFP/Getty Images

El luto apenas ha durado cinco días. Después de los numerosos llamamientos a la unidad, a la cooperación y a la solidaridad en el duelo, la realidad de la baja política se ha impuesto a codazos al pavor común y al dolor compartido tras los atentados de Cataluña del 17-A.

Ni el peor ataque producido en España tras el 11-M ha servido de bálsamo para apuntalar el respeto y silencio común que tanto se valora cuando se ve en otros países y tan poco se practica por estos lares. Las primeras horas tras el atropello masivo de La Rambla hacían pensar que esta vez iba a ser diferente. Que los nuevos tiempos y exigencias ciudadanas implicaban también mayor altura política. Que todos se comportarían con responsabilidad y lealtad.

Pero ese pensamiento, que sobre todo era deseo, mostró su primer conato de fragilidad el mismo jueves con la primera comparecencia del presidente del Gobierno, pasadas las 12 de la noche. Extrañó que lo hiciera solo, sin la lógica presencia del president Puigdemont. Algo empezaba a no funcionar.

AFP/Getty Images

Pese a todo, al día siguiente se enmendó la distancia inicial —Puigdemont y Rajoy convocaron su propio gabinete de crisis, por separado— y se redoblaron las declaraciones llamando a la unidad y la colaboración política y de seguridad. Que las relaciones entre Guardia Civil y Policía con los Mossos llevan siendo nefastas desde hace muchos años es algo que nadie que conozca bien a los tres cuerpos es capaz de negar. Pero esta vez, claro que sí, parecía que todo sería diferente.

Minutos de silencio, rosas, velas y estremecedores gritos de "No tinc por". Operaciones policiales, detenciones, terroristas muertos... Los hechos se producían a la misma velocidad con la que las grietas empezaban a hacer mella en la tan cacareada unidad. Y siempre de fondo, como una sombra cansina, la sospecha del referéndum del 1-O, el elemento que podía hacer saltar todo por los aires como lo había hecho, unas horas antes, el chalet de Alcanar.

La CUP, el partido antisistema que con sus diez diputados oxigena la locura del 1-O mediante su abrazo del oso al PdCat, condicionó su participación en la marcha de este sábado a que no estuviera encabezada por el rey. Porque fue eso: condicionó su presencia, no se negó a ir, por mucho que a partir de ese día lo único que se dijera es que ya había decidido descolgarse de la marcha. Finalmente estará el sábado, pero el primer paso fuera de la línea de la unidad ya lo había dado la CUP.

El partido antisistema encendió la mecha de la disensión y abrió la puerta que vinculaba los atentados y el procés. Pero no era suficiente: al fin y al cabo, la CUP es antisistema y su salida del tiesto se da (o se debería dar) por descontada. Había que cobrarse una pieza de caza mayor: Carles Puigdemont. Y si eso pasaba por tergiversar sus palabras, se tergiversaban. Al ser preguntado en una radio si los atentados afectarían al procés, el president no pudo ser más contundente: "No creo que tenga absolutamente nada que ver. Creo que mezclar lo que debe de ser una prioridad de respuesta ante la amenaza terrorista y atención a las víctimas con otras cosas me parece literalmente miserable". Chapó.

Rajoy lleva desaparecido desde el la misa del domingo. Algo que en otro país sería, sencillamente, intolerable

No tan rápido: por arte de manipuladora magia esas palabras terminaron convertidas en el siguiente titular: "Puigdemont: Los atentados no van a cambiar la hoja de ruta sobre el procés". Objetivo conseguido, aunque fuera a costa de retorcer hasta el infinito una frase que jamás fue pronunciada. Otra grieta en la unidad.

No son meras anécdotas: a partir de estos elementos, registrados durante el fin de semana, se abrió la veda y los que tanto habían callado por un pudor momentáneo, se soltaron la lengua. Un sacerdote de Madrid, por ejemplo, dedicó parte de su misa dominical a propalar todo menos misericordia: corresponsabilizó a Ada Colau del atentado de Barcelona por no haber instalado bolardos en las principales vía peatonales de la ciudad condal y cargó, porque no hay una sin dos, contra Manuela Carmena por haber dejado también las calles de Madrid expeditas a los terroristas. Esto, sostenía, pasa cuando gobierna la "extrema izquierda, los comunistas y los radicales". Luego la Iglesia católica se lleva las manos a la cabeza ante el progresivo descenso del número de católicos en España...

Probablemente animado por las palabras del sacerdote, el alcalde de Alcorcón, David Pérez (PP), demostró una vez más no estar a la altura de su cargo político al acusar a Colau de "allanar el camino de los asesinos" de Cataluña al no instalar los dichosos bolardos.

No fue un calentón: pese a que el PP de Madrid tardó un día en rechazar las palabras del regidor, Pérez se ha mantenido en sus palabras: "Lo que no voy a hacer es coartar mi libertad de expresión porque haya determinadas personas que parece que son intocables y que no se puede opinar de ellas", ha dicho. Cristina Cifuentes, que no ha aclarado aún si irá a la marcha del sábado aduciendo una excusa peregrina, no ha dicho ni mú sobre el exabrupto del regidor de su partido. Ella, tuitera de larga experiencia, debe seguir pensando que 140 caracteres escribir para rechazar tan bárbaras palabras. En fin.

A Pérez, quien calificó a las feministas de "amargadas" y "fracasadas" y agradeció a la Virgen del Remolino la protección en un incendio, le indignó una risa descontextualizada de Colau tras los atentados. Probablemente le dolió mucho más que la sonrisa satisfecha de Aznar en la vergonzosa foto de las Azores. Los españoles no se merecen alcaldes así.

El Parlament de Catalunya tampoco se ha quedado al margen a la hora de fragilizar la frágil unidad al condecorar a los Mossos —cuyo trabajo, con errores, ha sido impecable— por la labor realizada en esta semana aciaga. Medalla necesaria, sin duda, pero precipitada (¿tanto hubiera costado posponer el reconomiento unas semanas?) y con una intencionalidad política que empaña la medalla: la inclusión de la Guardia Civil y de la Policía Nacional no hubiera molestado a casi nadie.

En esta espiral que se apaciguará el sábado con la manifestación de repulsa por los ataques y que, probablemente, eclosionará a partir del lunes, la disensión más profunda se produce entre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Los sindicatos de la Policía Nacional y la Guardia Civil han acusado a los Mossos de "marginarles" en la investigación sobre los atentados de Barcelona y Cambrils (Tarragona), tocando así la médula espinal de esa unidad que tanto se reclamaba. Sin duda algo de eso se ha producido. Pero el ninguneo empezó por parte del Gobierno hacia los Mossos y culminó apenas seis horas después de los ataques, cuando el presidente del Gobierno convocó un gabinete de urgencia del que excluyó a cargo alguno de la policía autonómica catalana.

Rajoy que, por cierto, lleva desaparecido desde el la misa del domingo. Algo que en otro país sería, sencillamente, intolerable.