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Puigdemont: o irresponsable o traidor

10/10/2017 22:58 CEST | Actualizado 10/10/2017 23:20 CEST
Albert Gea / Reuters

Lo único claro de la declaración interruptus de independencia de la Republica catalana es que Carles Puigdemont ha tomado el pelo a los catalanes, a los españoles, a su propio partido y a sus aliados.

Su movimiento, todo un sinsentido, aparca de forma temporal una independencia que ha quedado en suspenso sin haber sido declarada, aunque el Govern dice que sí ha sido declarada, la CUP que no y media España (incluida Cataluña) no entiende nada. Una forma inadmisible de hacer el ridículo.

La independencia es un tema tan serio que, permítanme la obviedad, debe hacerse de forma seria. Ni por esas. Puigdemont ya no puede mantener el Gobierno de Junts pel Sí. El bloque independentista se ha fracturado de tal forma que este procés ha dejado de ser posible: el enfado, estupefacción y cabreo de los miembros de la CUP es el reflejo palpable de la voladura del proyecto que tantas esperanzas había generado en los miles y miles de catalanes que, el pasado 1-O, acudieron a votar, pese a todo, pensando inocentemente que esta vez sí, que esta era la buena. Así se lo habían prometido.

El único tiempo que debe gestionar ya Puigdemont es cuál es el mejor momento para salir por la puerta de atrás. Con la cabeza gacha. Y desaparecer

Puigdemont, contra las cuerdas, se aferra ahora al diálogo con el Gobierno de España tras haber dinamitado todos los puentes. Rajoy, lo ha dicho por activa y por pasiva, está dispuesto a hablar, pero no con Puigdemont. Hace tiempo que, para el jefe del Ejecutivo, dejó de ser un interlocutor válido. Así no; con él, menos. Junqueras, agazapado, sigue esperando el momento.

Puigdemont es un cadáver político. Y sí, cumplirá su sueño de pasar a la historia: pero sólo lo hará como irresponsable (para los unionistas) o como traidor (para los independentistas). No hay más. Su estrategia alocada a ninguna parte le ha llevado de ser un héroe a una mayúscula decepción para millones de esperanzas ahora insatisfechas, estupefactas. Cómo gestionar tanta desilusión será una tarea titánica que no puede liderar quien precisamente ha generado esa frustración.

AFP/Getty Images

El error más garrafal de Puigdemont, con todo, ha sido poner en pausa la independencia para ganar tiempo. ¿Ganar tiempo ante Rajoy? ¿De verdad aspira a ganar tiempo ante un presidente que, si por algo es conocido, es por ser un maestro en el manejo de los tiempos? Será ahora, ahora sí, cuando Rajoy deba hacer buena su acción por la inacción: con la situación actual no está justificada la aplicación del 155. Si lo aprueba en el Consejo de Ministros extraordinario de este miércoles volvería a convertir a los decepcionados de hoy en los entusiasmados proindependentistas de mañana. Lo más urgente ahora es rebajar la tensión, y el 155 provocaría todo lo contrario.

El único tiempo que debe gestionar Puigdemont es, en fin, cuál es el momento para salir por la puerta de atrás. Con la cabeza gacha. Y desaparecer.

Pese a todo, que no cunda la euforia en el lado españolista: cuando despertemos, día a día, durante meses y años, el independentismo catalán seguirá ahí. Y por supuesto llegará el día en el que se votará. Pero no así.

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