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Neo-socialdemocracia o barbarie

19/05/2017 07:16 CEST | Actualizado 19/05/2017 07:16 CEST

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La caída de los partidos socialdemócratas en Francia, Holanda, España, Gran Bretaña y Alemania –su cuna original- es no sólo por una falta de liderazgo que se pueda solucionar con un cambio de personas, sino que es consecuencia principalmente de una ausencia de nuevas ideas y, sobre todo, de la pérdida de confianza entre el electorado más joven, que ve a estas opciones como ya amortizadas. Como parte del pasado que la crisis ha puesto en su lugar: la irrelevancia política y electoral por ser mera comparsa del discurso neoliberal.

En esta era de poderes en la sombra que fijan las dinámicas económicas y financieras globales, poniendo en riesgo los valores de representación democrática, la socialdemocracia europea ha sido incapaz de establecer un programa común para dar respuesta con un discurso y un imaginario propio a los costes sociales de una globalización económica y financiera que ha manejado a los sistemas democráticos a su antojo. El objetivo era establecer un programa global, calcado de las nuevas propuestas y recetas económicas del nuevo liberalismo digital y virtual imperante, asociado con el poder financiero.

La llegada de la crisis a partir de 2008 pilló a la socialdemocracia en un proceso de pérdida de sus valores tradicionales, en donde los recortes en las políticas sociales y la renuncia progresiva a los principios keynesianos del papel del Estado como dinamizador central la economía ponían en duda los dos logros fundamentales del socialismo democrático en los últimos 70 años: los Estados de bienestar social y los principios de solidaridad interior y exterior como base de los sistemas democráticos modernos. En conclusión, la dejación progresiva del principio de igualdad como piedra angular sobre la que se asienta la democracia como forma de gobierno. Por cierto, justamente esos mismos principios sobre los que se asienta el proceso de integración europea que sufre una caída y una crisis de credibilidad de la misma intensidad y calado que la de los partidos europeos de la Internacional Socialista.

Es imprescindible un nuevo proyecto socialdemócrata global, europeo y español que ponga la lucha contra la desigualdad, la agenda social y la creación de empleo como centro de una reforma profunda de nuestros sistemas democráticos y de partidos.

Para santificar los nuevos estándares de solvencia de forma más solemne, el nuevo dogma pasó a ser la recomendación obligada de todos los organismos internacionales ante la crisis, liderados por el discurso de la austeridad en la UE que encabezó esa Troika tan poco democrática que se impuso a golpe de látigo, especialmente en los Estados más vagos del sur de Europa, los PIGS (cerdos en inglés), acrónimo peyorativo que utilizan algunos medios anglosajones para referirse al grupo de países bajo sospecha; bajo estos presupuestos se preparó un rescate económico, financiero y bancario que afectó a tres Estados irresponsables; no por casualidad, los tres gobernados por partidos socialistas que aceptaron el sometimiento al nuevo programa de recortes sin rechistar.

Está claro que la crisis de la socialdemocracia en Europa es consecuencia directa de su falta de adecuación a los principales retos de la globalización y, en especial, a los efectos más perversos que ésta provoca en las clases medias y trabajadoras. De la incapacidad para crear un discurso propio con soluciones exclusivas desde la izquierda que diera respuesta a las necesidades de la ciudadanía. Los presupuestos socialdemócratas en España y en Europa no fueron capaces de acompañar y explicar el coste que tenía la capacidad del liberalismo en adaptarse a los cambios globales a cualquier precio, y eso le llevo a ser cómplices de esas apuestas políticas y económicas y, como consecuencia de ello, a traicionar sus programas de gobierno y a perder el apoyo de sus tradicionales bases sociales electorales. La socialdemocracia dejó de ser útil a las clases medias y trabajadoras que buscaron protección en los nuevos partidos ciudadanos emergentes, como los populistas nacionalista, e incluso fascistas. Un proceso similar al que ocurrió en el periodo de entreguerras con el desencanto y deserción entre las filas socialdemócratas y socialistas, que estuvo en el origen del partido fascista italiano y del nacionalsocialismo alemán.

Es imprescindible un nuevo proyecto socialdemócrata global, europeo y español que ponga la lucha contra la desigualdad, la agenda social y la creación de empleo como centro de una reforma profunda de nuestros sistemas democráticos y de partidos, en donde el ciudadano y sus necesidades sean la principal referencia de la agenda política. La gran coalición de la izquierda europea es una necesidad que debe estar por encima de las cuestiones de supervivencia partidista y partidaria; incluso por encima de visiones nacionales y localistas.

La neo-socialdemocracia debe tener su origen en una nueva respuesta a la ecuación actual que se plantea entre ciudadanía, justicia social, democracia participativa y mercado. Durante demasiado tiempo, la socialdemocracia ha hablado mucho de mercados comerciales y financieros y demasiado poco de ciudadanía y democracia. El proceso que llena de contenido "neo" la socialdemocracia actual debe residir en el progresivo avance de los Estados de Bienestar a los Estados inteligentes, en donde la inteligencia estatal reside en colocar los efectos positivos de los avances tecnológicos y de la globalización al servicio de una plena y eficiente gestión social. Colocar a la ciudadanía en el centro del proceso político y recuperar la utilidad de la democracia para dar solución a los problemas de la personas.

Es necesario reconstruir el Estado y redefinir de forma más amplia el espacio público no estatal. Sólo así el mercado y la globalización podrán ponerse al servicio de la democracia y la equidad, y no contra ellas. Para la reconstrucción del Estado, empero, el ajuste fiscal y de las políticas sociales especialmente para los jóvenes es absolutamente esencial, y las reformas orientadas al mercado son imprescindibles, siempre que se realicen con equilibrio y prudencia.

La neo-socialdemocracia debe seguir afirmando el valor del sector público y del Estado como el eje vertebrador de la vida política, económica y social; también como verdadero articulador de los pactos necesarios en la búsqueda de una más justa redistribución de la riqueza y de la búsqueda de la igualdad como base del sistema democrático. También como motor fundamental para superar los regímenes de austeridad y avanzar hacia un crecimiento en donde el Estado y el sector público deben ocupar un lugar dinamizador prioritario. Es necesario acomodar la gestión de los bienes e intereses públicos al momento global, dándole a la ciudadanía organizada un lugar central que impida la privatización cuando el Estado no tiene los recursos suficientes, es inexistente o no atiende a los servicios públicos imprescindibles.

Los imprescindibles valores neo-socialdemócratas deben ser el centro de una refundación de la Unión muy diferente a la que plantean Merkel y Macron.

La neo-socialdemocracia europea y el socialismo democrático en España deben apostar por una Unión Europea federal basada en la coalición de voluntades y en la cooperación solidaria como método para romper su inmovilismo actual, la distancia cada vez mayor de la ciudadanía, su falta de peso y de liderazgo, así como su progresiva irrelevancia en la esfera global. Esta afirmación supone apostar por los escenarios tres y cinco dentro de los que plantea la Comisión Europea en su Libro Blanco para el futuro de Europa, recientemente aprobado.

Los imprescindibles valores neo-socialdemócratas deben ser el centro de una refundación de la Unión muy diferente a la que plantean Merkel y Macron; diferentes porque parten de un claro espíritu constitucional para que los principios de solidaridad, ciudadanía democrática y supranacionalidad vuelvan a ocupar el lugar central de las políticas y las instituciones europeas. Para ello, es imprescindible una reforma del actual Tratado de la Unión en donde la Política de Empleo, la Política Social, la Política de Refugio y Asilo; la Política Exterior y de Seguridad Común y la Política Europea de Seguridad y Defensa, todas ellas, vayan dando pasos sucesivos hacía el espacio comunitario supranacional con un protagonismo mayor por parte de la Comisión y plenas competencias por parte del Parlamento Europeo.

Sólo así, la neo-socialdemocracia acomodada a la posmodernidad global podrá seguir afirmando aquella famosa máxima que tanto gustaba a Rosa Luxemburgo haciendo suyas las palabras de Karl Kautsky y Eduard Bernstein cuando en 1891 redactaron el Programa de Erfurt; la proclama oficial del Partido Social Demócrata Alemán. Una cita que colocaba a la socialdemocracia como centro de la civilidad en todas las fases históricas del capitalismo mundial: "Socialismo o Barbarie"

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