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El cementerio del Mediterráneo: la mayor desgracia de Europa

24/04/2015 07:08 CEST | Actualizado 24/06/2015 11:12 CEST
EFE

1000 personas han muerto en el Mediterráneo en menos de una semana. Intentaban llegar a suelo europeo escapando del hambre, la miseria, el conflicto y la guerra. Es la única manera que tienen de encontrar asilo. Los líderes europeos condenaron estas tragedias humanas, pero no ensuciaron sus manos de vergüenza, que es lo que todos deberíamos hacer. Los acontecimientos de los últimos días no son nuevos; no es ni la primera ni la última vez que un enorme número de gente se ahoga o que los cadáveres aparecen en la orilla.

Desgraciadamente, el 2014 fue el año en el que se batieron los récords, con 3419 almas perdidas al intentar cruzar. Hablamos y escribimos sobre ello como si fuera una realidad inevitable. Sin embargo, la situación cambiaría adoptando una política europea de migración y de asilo común. Los Estados miembros no pueden hacer frente de manera individual a tan incesante y enorme flujo de inmigración ilegal.

Los solicitantes de asilo tendrían que contar con la posibilidad de pedirlo en las embajadas europeas de cualquier parte del mundo. Así, se reduciría la demanda de explotadores traficantes humanos, esos individuos que carecen de cualquier tipo de catadura moral a la hora de permitir que la gente muera de camino a Europa. Esta medida nos facilitaría también la labor de detectar quién necesita verdaderamente asilo y quién no.

El segundo pilar de una política europea de migración es el establecimiento de un marco legal para aquellos que quieren y pueden contribuir a nuestra economía, personas con talento procedentes del exterior y que merecen participar en nuestra sociedad. Por eso necesitamos una equivalencia europea al sistema americano de tarjeta de residencia -llamada "Green Card"- o a los modelos de migración económica de países como Australia y Canadá, donde las necesidades del mercado laboral se suplen con talento de todo el mundo. Junto con China y Japón, Europa es el continente que envejece mas rápido, por lo que no podemos permitirnos el lujo de esperar mucho más para poner en marcha este programa.

En tercer lugar, convendría que Europa ayudara a crear zonas seguras en los territorios próximos a áreas de conflicto de todo el planeta. Hoy en día, los refugiados viven en la inseguridad, por no hablar de la insalubridad y de las lamentables condiciones humanas en las que se encuentran. Los niños pierden cursos escolares año tras año. Estamos creando un perfecto caldo de cultivo para la inmigración ilegal y para la radicalización. Esta situación es moralmente inaceptable. Es ineficaz. Es el resultado de una política de miras cortas y extremadamente irresponsable. Europa ha de despertar y darse cuenta de que no puede acabar con los problemas del mundo dando portazos. Tenemos que involucrarnos de manera activa en las áreas de conflicto, pero no desplegando botas militares sobre el terreno, sino permaneciendo unidos en nuestra política diplomática y en nuestros esfuerzos por el desarrollo.

Actualmente, la Unión Europea no posee competencia para mandar barcos y helicópteros con el fin de salvar a náufragos. Esta sigue siendo una atribución nacional. Y si países como Italia deciden suspender las operaciones marítimas por razones presupuestarias, la gente, simplemente, se ahoga. Así que cada vez que sentimos y nos arrepentimos de ver vidas perdidas en el mar estamos siendo hipócritas porque sabemos de sobra que volverá a pasar otra vez, salvo que actuemos juntos como una Unión. Cada año, al llegar la primavera y ante el dramático incremento de seres que intentan acceder a nuestras fronteras, el Parlamento europeo aprueba resoluciones en las que se condenan estos dramas humanos y los jefes de estado y de gobierno declaran cuán afectados se sienten. Ya hemos tenido suficientes palabras; necesitamos hechos. Ahora sabemos lo que necesitamos hacer. Lo único que falta es voluntad política.

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