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El joven papa

09/05/2017 19:32 CEST | Actualizado 17/05/2017 07:25 CEST

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Fotograma de la serie 'El joven papa' protagonizada por Jude Law.

Lo siento de verdad, pero la serie de Sorrentino resulta bastante insufrible. Por decirlo del todo, doblemente cansina al tener la firma del autor de Lagrandebellezza o Youth. En estas dos películas la cirugía invasiva que se lograba con la imagen, el sonido y la palabra -suponiendo que sean tres cosas distintas- abría otro tiempo dentro de nuestra cronología minuciosamente controlada. A la salida de la sala no eras el mismo, pues la relación con el magma sombrío del exterior había cambiado. Ya sabemos que después las aguas vuelven a su cauce, pero ha quedado un herida en el blindaje de lo que llamamos conciencia.

Ante el peligro de existir, ¿hay en realidad algo más aborrecible, más tedioso incluso que ser siempre elmismo? Y esto aun suponiendo que, de manera irremediable, uno esté encantado de haberse conocido. Pues bien, asombrosamente, esto es lo que ocurre después de aguantar hasta el máximo con Theyoungpope. Al dejar la pantalla nada ha cambiado, vuelves más reconciliado todavía con tu habitual blindaje, a la vez privado y compartible. Y esto por dos razones ejemplares: primero, el mundo que se muestra es intrincado y escabroso, más todavía que tu dudosa vida, que así resulta rehecha en su normalidad moral; segundo, a nuestra estrategia urbana le acompaña de nuevo una colección de imágenes y eventos apasionante; nube audiovisual que confirma que, finalmente, la vida no va tan mal.

Lo que se nos sirve es corrupción para progresistas. Por sus virtudes estéticas, su ingenio y, sobre todo, la visión sórdida y a la vez vulgar que da de la Iglesia, es normal que Eljovenpapa encante a muchos intelectuales, incluidos los que no soportan los largometrajes de Sorrentino. En el fondo, la función de la cinta audiovisual que nos acompaña es principalmente una: que el tiempo no pese con su mal intrínseco y mortal, con su singularidad intransferible. Y hay que decir que Eljovenpapa logra esto casi a la perfección. Y a veces con momentos geniales, verdaderamente emocionantes. No hay además nada malo en un entretenimiento que es tan viejo como el mundo. Sin embargo, cuando un artista se pone al servicio de eso, estamos ante un signo ético y político que debemos interpretar si no queremos que los tiempos que corren nos pillen desprevenidos. Es en cualquier caso un juego crítico legítimo, aunque un poco narcisista, responder a algo que se presenta en el cenit señalando su truco y sus límites.

Hay un regusto político especial en que el mundo entero sea corrupto, también los niños africanos y las madres que esperan una palabra en la plaza de San Pedro.

Huérfanodesconsolado, Lenny es brillante, imprevisible, despótico, encantador, cruel, intrigante y estratega. Él y gran parte de su coro son como querríamos ser nosotros, pero a fondo. Nada falta: confidencias, presiones, venganzas, milagros, abusos, felaciones insinuadas... Que no haya mundos aparte, que nuestra miseria sea la de todos parece ser una exigencia de la aldea global, donde todo afuera ha de pasar adentro. Por eso el nuevo papa debe también ser un inteligente canalla, llevando al límite lo que somos nosotros. Hay un regusto político especial en que el mundo entero sea corrupto, también los niños africanos y las madres que esperan una palabra en la plaza de San Pedro.

Si dependiese de Sorrentino, hay que decir que conseguiríamos este cómodo travelling planetario. Peligros de ultratumba, chismorreo, pecados turbios, tesoros enterrados en los sótanos, monjas que fuman mirando cómo otras monjas juegan al fútbol. Y atractivas expertas en mercadotecnia que se dejan conquistar, de pronto, por el gancho oscuro de la invisibilidad. Más, naturalmente, los típicos cardenales perversos; y otros homosexuales, astutos o tímidos; y alguno más que escupe en el suelo. En fin, no falta nada para lograr el paquete turbio del éxito. Ni siquiera una Norteamérica de fondo que -sin haber creído jamás en otra cosa que en sí misma- de pronto es clave en un catolicismo planetario que produce una catarsis de masas que Elvis o Jagger envidiarían. Como en un concierto, el público aúlla y gime ante la sombra del nuevo pontífice.

Pío XIII no quiere gastar su imagen pública, como Salinger. ¿No es nadie para que Dios sea en él? No exactamente, pues a continuación -el papa transgresor debe punzar a su audiencia- dice una frase atrevida y blasfema que bien podría incomodar a un ateo. Todo vale, del escándalo a la plegaria, del sueño obsceno a las lágrimas, con tal de que la serie siga su curso aleatorio, manteniendo a su público culto en vilo. El índice de audiencia, ampliamente minoritario, es la prueba del Dios-Jude Law. Dicho sea de paso, jamás hemos visto en este actor -tan guapo, tan rubio, casi alsilicio- otra cosa que un profesional de la obediencia fría al director. Ahora también, faltaría más, se ha aprendido con detalle el guión. Por eso la crítica, con su idolatría sistémica de la transgresión, se rinde al soberbio empaque de la estrella.

Mientras una mujer, obviamente muy alternativa -Soy virgen, pero mi camiseta es vieja-, es la primera ayudante del Santo Padre. Para más Inri sor María, el personaje femenino que encarna D. Keaton, será después maltratada verbalmente. Bla, bla, bla, se diría en Lagranbelleza. Ya nos sabemos la historia, precisamente porque está llena de las sorpresas que aseguran la larga evolución que debe tener un espectáculo millonario. Los paletos que somos encontrarán ahí un ideal refinado del éxito, con el suplemento añadido de una condena garantizada por parte de viejo Dios. El ateísmo de Lenny es tan artero, tan rabiosamente impúdico y armado de de cínicas complejidades, que el mismo Dios habría de hacer un esfuerzo para actualizarse y superar a estos hijos.

Eljovenpapa depende de un orgulloso, por no decir despótico, prejuicio democrático: conocemos el mundo -cosa completamente falsa- y en él todos estamos ahormados por las mil variaciones del mismo modelo. Así pues, también en el Vaticano la belleza debe estar al servicio de la intriga. Igual que entre nosotros, para que nada tenga salvación fuera de la moderada corrupción democrática. Se trata una vez más, y aquí Sorrentino es un simple ideólogo del sistema, de una sociedad que solo puede justificarse con el anuncio perpetuo de que, fuera de su inmoralidad consensuada, reina el peor atraso. Así pues, los que podemos seguir la nueva serie vivimos en el mejor de los mundos posibles. Es una lástima que, con resultados probablemente espectaculares, Sorrentino no se atreva algún día a aplicar la misma receta de nivelación democrática a Hitler. Algo que, sin embargo, sí se atrevió a intentar Sokurov en Moloch.

Es cierto que podemos tener mil dudas sobre nuestros últimos largometrajes. Ahora bien, el cine ha de ganarse un público en parte desconocido; sigue jugándoselas con un espectador momentáneamente disponible, libre de algunas coacciones. De hecho, en el cine el ciudadano ha salido de casa para ser, al menos durante dos horas, libre del consumo que le sostiene y le consume. Por el contrario, la televisión juega con un espectador cautivo de las facilidades caseras. No solo cautivo; ha trabajado todo el día como un esclavo y tiene su hogar para que le sirvan los simulacros de humanidad que durante el día no ha podido ni oler. El narcisismo interior compensa así el maltrato exterior. Aquí es donde entra el servicio político de las series, complemento culto de un genérico espectáculo de masas que, dándole forma digerible al horror que debe ser la humanidad, nos sirve hora tras hora la pornomiseria de la información. Las series son, en este aspecto, la selecta palanca de un colaboracionismo alternativo, imprescindible en una secta que global que ha de integrar toda clase de minorías.

Como se dijo en su tiempo, buscando entretener a un ciudadano acorralado, la televisión no conoce la noche. En ella todo es movimiento, un interactivo participar en la represión del tiempo muerto y su tedio, que nos podrían amenazar con una revelación. Esta prohibición implícita del silencio se ha convertido en una invariancia del actual cuerpo social. Naturalmente, uno puede sospechar de la última cinta de Malick (KnightofCups) y pensar que, a pesar de su atrevimiento excepcional, roza el manierismo. Pero sigue siendo cine-cine, trenzando lo insólito del mundo en imágenes: un derivado literario que pone en suspenso el sentido con unas punzadas poéticas mal que bien trenzadas. Lo mismo diríamos de ToniErdmann, CaptainFantastic o Locasdealegría (Lapazzagioia), por hablar de tres largometrajes recientes. En todos ellos podemos tener dudas, atravesar estratos que nos incomoden. Pero en esas cuatro ocasiones al salir de la sala, o dejar el hechizo de la pantalla, nosomoslosmismos debido a que la relación con lo real, con su procesión de espectros, ha vuelto a abrirse. Después de una hora ante The Walking Dead o The Young Pope -perdón por la rápida asimilación-, volvemos al régimen de salvación consumista directamente preparados; más laminados todavía para un tiempo social que ha prohibido cualquier parada, un contacto existencial directo con la fascinación y el miedo del exterior.

Podríamos decir, en el lenguaje de Badiou, que en lo serial televisivo todo es situación y nada es acontecimiento. Aunque Barthes diría que un studium imperial, jugando a la permanente sorpresa, devora el punctum de lo posible.

Esto por no hablar de una literatura que, de Walser a Lispector, funciona con la condición de que soportemos a solas el rumor secreto del mundo. Despegando de lo terrenal, al contrario, con una elevación que es el canon urbano moderno, todo son adicciones en el iluminado orden público: al trabajo o al dinero, al sexo o al juego; sobre todo, a la narratividad social compartida: de ahí que se pueda hablar de una "adicción sin sustancia". En tal aspecto se ha dicho que nuestra sociedad ha elegido la metástasis antes que la amenaza del reposo, esa indetenible quietud de vivir. Con tal retiro nuestro apocalipsis programado se arraiga en el magnetismo de las series, que necesitan un previo y analógico arresto domiciliario.

En virtud de la seguridad doméstica, cualquier espesor real ha de ser deconstruido en aras de la fluidez espectacular. Podríamos decir, en el lenguaje de Badiou, que en lo serial televisivo todo es situación y nada es acontecimiento. Aunque Barthes diría que un studium imperial, jugando a la permanente sorpresa, devora el punctum de lo posible. Esto significa que cuando en lo serial ocurre algo -que bien podría ser un hallazgo poético, reflexivo o estético- enseguida es reabsorbido por una estructura narrativa que nunca debe cuestionar el tiempo lineal. Cada impacto realimenta el continuum de la historia, una trama ficcional que -gracias a su geometría variable- debe acompañar el día entero de la seguridad productiva.

Así en este caso. Intrigas palaciegas, secretismo, sexo prohibido, masas enfervorecidas, poder mundial, cadáveres de niños, sueños y suicidios. Todo sirve en Eljovenpapa para el encadenamiento espectacular de vanguardia, por sutil y cuántico que éste sea. Los elementos antropomorfos y culturales desactivan aquí cualquier epifanía terrenal en la que el mundo pueda ser desconocido. Como en otras series, cualquier momento realimenta el entretenimiento televisual para que el tiempo, convertido en un erial, pase y se acerque al ocio festivo de la siguiente entrega. La sala de espera que es nuestra entera vida social se alimenta así de las series minoritarias. La visibilidad de lo transgresor se convierte en la coartada que invisible la violencia que se ejerce sobre una existencia cada día más anónima. La impersonalidad de las vidas reales, a la vez, alimenta un nuevo culto a las personalidades estelares.

Fijémonos en la dosis sutil de ideología. Como nosotros, que hemos de sonreír mientras nos pisan la cabeza, todo el mundo en Eljovenpapa aguanta lo indecible. Ninguna de las personas humilladas por el Santo Padre se explotan o se rebelan. El mismo papa, en un ataque de cólera, se queja de todo lo que tiene que aceptar. El propio Dios, en versión de Lenny, lo es porque simplemente sonríe, pase lo que pase. A pesar de que este papa podría ser ultraconservador en su ideología política, se hace querer porque tiene el inmenso atractivo de su estilo estratégico, más la cuidada estética de la que se sabe rodear. En el cinismo tiene clase, también en las maquinaciones despóticas, en su narcisismo y en las humillaciones a las que somete a los demás, que tragan sin rechistar. Y después también operan esos enternecedores guiños a Freud: también él, como el ciudadano Kane, tiene una traumática escena originaria que explica su inmensa desdicha y la consiguiente imperturbabilidad moral para el ejercicio del mando.

Por si fuera poco, y este punto cautiva al progresismo medio, el nuevo papa no cree en Dios. ¿Cree acaso en el hombre? Tampoco, pues está demasiado ocupado consigo mismo, con la telaraña que le rodea y con el inmenso drama de su incomprendido poder. Amanerado como otros dictadores, Lenny tiene sin embargo la sutil virilidad de actuar como un político nihilista. Nuestro pragmatismo refinado encuentra así consuelo, también en una estratégica mundial que causa envidia. Con él se celebra que el ejercicio de poder que se cuece en el seno de nuestras altas empresas es todavía apasionante, y no sencillamente cutre.

Carente de la más mínima caridad, lo cual también seduce y nos vuelve a dejar las manos libres, Lenny es un cínico despiadado comparado con Jep Gambardella, el caballero filosófico del anterior Sorrentino. El único momento en el que el radiante papa parece verdaderamente sentir algo es en el discurso final del capítulo 10, seguido desde todas las habitaciones del mundo, sobre las antinomias que nos invaden: "¿Estamos vivos o estamos muertos, estamos cansados o estamos descansados, estamos sanos o estamos enfermos... ? ¿Somos buenos o malos, somos limpios o impuros, somos tontos o listos...?". Etcétera. Noimporta, dice finalmente el papa, pues en medio de esta profunda indecisión que nos aqueja Dios sonríe. Una vez más, el mundo se presenta unificado en su indiferencia. Poco después el Santo Padre pierde el conocimiento, pues no está habituado a un trance así de intensidad. Ni a que sus hipotéticos padres -antiguos hippies perdidos en la multitud de la plaza- se alejen, decepcionados con un mensaje atronador que deja todo como estaba.

En 'El joven papa' se sirve a veces una visión tan puerilmente maquiavélica del poder -ocultando que el poder somos nosotros, algo tan vulgar como nuestra diaria estrategia-, que a veces recuerda a lo más maniqueo de 'El padrino'.

Algunos simpatizamos con esos padres desconocidos que se marchan, cansados ante esa mezcla: la de una inescrutable interioridad protestante aliada con el lujo católico de los rituales. Realmente, en otro contexto, el mensaje final podría estar bien. Pero llegamos agotados a él: ¿Para este viaje tales alforjas? De tomarla en serio, la objeción final contra Eljovenpapa estaría en el uso del tiempo: plano y a la vez lleno de giros sorpresivos que excluyen la intensidad conclusiva que es propia de la literatura y el cine. Como esta historia de Sorrentino no puede posarse, dado que para el orden televisual -que es el informativo- el tiempo no es nada más que un agujero vacío, hay que rellenarlo continuamente con quiebros, intrigas y giros del guión. Lo discutible estaría en este abuso de la "infinitud", en vez de la finitud real de un tiempo que acaba en cada punto, esa discontinuidad-literaria y cinematográfica- de finales abiertos que nos dejan libres. Un desarrollo de momentos intensos, abiertos hacia un final que no cierra nada, es la sustancia poética de la literatura y el cine. Por el contrario, la infinitud de las series es hoy la madre de todas las paredes.

Tal vez nuestro único reproche es que alguien como Sorrentino haya aceptado la oferta de una ficción social y sus curvas estadísticas que cubren el tiempo, esquivando una concentración reveladora, cualquier precipitación que cambien el modo de existir. La regla y la excepción, no hay más en el campo serial. Fijémonos que incluso las relaciones humanas, siguiendo este poderoso esencialismo de unos medios convertidos en fines, se hacen estratégicas, líquidas, fluidas. De ahí que, cuando de pronto advenga lo trágico en la vida real, apenas habrá instrumentos existenciales para afrontarlo, ni casi nadie para compartir un ritual de conjura.

La diferencia entre lo televisivo -de algún modo complejo, siempre ha sido serial- y el cine no depende de una cuestión de formato o de tamaños, sino de la penumbra y el silencio que, en una sala compartida con desconocidos, exige un séptimo arte que -como la fotografía- siempre se ha abierto a lo inmundo que late entre nosotros. Mientras subsista, el cine ha de estar libre del encadenamiento de caprichos -cerveza, nevera, comentarios, teléfono, botón de pausa- que configura hoy el mando a distancia del blindaje doméstico. Da pena ver a alguien como Sorrentino entrar en esta quinta columna del éxito plano, por muy refinado que sea su formato. Y no es probablemente el dinero la clave de esta conversión, sino el atractivo multitudinario de la ficción, la separación -de todo acontecimiento real- que exige nuestro nivel de vida. Es la ventaja de la salvación compartida. Cubriendo el pánico ontológico a una soledad común, se trabaja para una salida exitosa que horada a la vez la potencia de lo sensible y de lo intelectual.

A cambio de ese viejo espesor reprimido, naturalmente, se sirven todos los efectos especiales. Especialmente, el dispositivo de la sorpresa, de un incansable "cambio de canal" en cada momento de la emisión. Se trata de una especie de suspense adelgazado que se prolonga, llevando a estirar, a veces de modo ridículo, los hallazgos, personajes o conflictos de la trama. El animal enjaulado que somos requiere destellos bipolares, entre el éxtasis y lo escabroso, que se alejen de lo que hasta ayer era la humanidad. Sin ir más lejos, en Eljovenpapa se sirve a veces una visión tan puerilmente maquiavélica del poder -ocultando que el poder somos nosotros, algo tan vulgar como nuestra diaria estrategia-, que a veces recuerda a lo más maniqueo de Elpadrino.

Cualquier lista de efectos enseguida quedará corta, pues la serie exige una evolución constante. La variación es el tema. La voluntad de entretenernos, amenizando y estresando sin cesar nuestra prisión macroeconómica, ampliará sus paredes con esas dos promesas ocultas que se mencionaban. Por un lado, todavía podría ocurrir algo entre nosotros, pues la vida sigue aquí y un órgano omnisciente se encarga de servirla. Por otro, esa vigilancia implica que el mundo está unificado en nosotros, y a los otros -los que quedan fuera de este nihilismo avanzado- les va mucho peor. Uno se ha tomado la molestia, hace ya unos años de ejercitar sobre LosSoprano el análisis de este coacción civil que, en su complot contra lo real, busca colaboracionistas cultos por todas partes. En todas las entregas seriales se busca dilatar el tiempo y enredarlo, eludiendo momentos conclusivos que faciliten despertar a la existencia... y dificulten nuevas entregas de lo audiovisual. Encadenando escándalos, la atención es capturada al máximo por una inteligencia narrativa que, de Juego de Tronos a Breakingbad, está al servicio de que nada se precipite, salvo otra variación que realimente nuestro encierro.

Como algunos dijeron ayer, este mundo encadenado no iría tan deprisa si no temiese lo que puede ocurrir en un minuto de tiempo muerto. Tiene gracia que, combatiendo esta perfidia política, antes que comercial, algunos grupos radicales se dedicasen a reventar el negocio de la expectación, el de la agonía compartida, publicitando el final de las series de fama. La propia entrega actual de Sorrentino se presenta como "Temporada 1". El final debe permanecer incierto para que la jaula en la que vivimos no sea patente.