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El Sirtaki del Capitole

28/03/2017 12:44 CEST | Actualizado 29/03/2017 07:25 CEST

Este mediodía, al dirigirme a la Plaza del Capitole para mi cita cuasi-semanal con el excelente chef Christian Constant, me he topado con un curioso espectáculo: un grupo de unos 60 ciudadanos bailando un Sirtaki envueltos en banderas europeas.

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El espectáculo ha sido la mar de simpático, y a este bloguero poco le ha faltado para añadirse al grupo de euroentusiastas, que ignoro si celebraban los 60 años del Tratado de Roma o bien si respondían a la llamada de la iniciativa ciudadana 'Pulse of Europe'.

El cinéfilo que esto escribe imagina que la mayor parte de los presentes no habrán visto Zorba, el griego, la excelente película de Michael Cacoyannis de 1964, con música de Mikis Theodorakis, que vio nacer al Sirtaki: la danza nacional típica menos típica del mundo.

De hecho, el Sirtaki es una creación propia del genial Anthony Quinn, un mexicano-irlandés-americano que logró encarnar mejor que nadie a Alexis Zorba, el griego por antonomasia, hasta tal punto que el baile que se inventó para el cierre de la película (el único baile que podía ejecutar teniendo en cuenta el estado de su maltrecha rodilla derecha) convenció al mundo entero de que el Sirtaki es la danza típica griega (cosa que, por otra parte, los griegos no se han molestado luego en rebatir).

Permítame el lector recordar aquí la sinopsis de la película, que acaba con el clímax del baile (atención, spoiler). Alan Bates encarna a Basil, un remilgado británico de ascendencia griega que después de ser educado entre la élite inglesa decide regresar a Creta, la tierra de sus orígenes, para explotar una mina familiar y con la esperanza de que la experiencia le pueda servir para superar su bloqueo como escritor, que es su auténtica vocación. Fascinado por un audaz paisano -Zorba- que encuentra en el puerto a su llegada en Creta, decide hacerle el encargado de su empresa.

Después de muchas peripecias, Basil se deja convencer por Zorba para construir un complejo y caro funicular para transportar materiales a la mina. El día de la inauguración del funicular, que ha de permitir la explotación de la mina, y delante de todos los aldeanos, el diseño de Zorba se revela inadecuado y el funicular se derrumba aparatosamente. El remilgado Basil, que a estas alturas de la película ya ha aprendido dos o tres cosas de Zorba, decide decide celebrar el glorioso fracaso marcándose un Sirtaki con su amigo.

Es un extraordinario momento cinematográfico, en mi opinión una de las más bellas derrotas de la historia del cine junto a la del final de Fitzcarraldo, el filme de Werner Herzog en el que el protagonista, después de convencer a unos indios amazónicos de que le ayuden a construir un demencial mecanismo para cruzar un barco de transporte de caucho a través de una colina junto al rio Ucayali, acaba la aventura encontrándose exactamente en el mismo punto de la partida del viaje, y decide celebrarlo contratando a un grupo de cantantes de ópera para que canten en su barco de regreso a Iquitos.

Dándole una vuelta de tuerca al argumento de Zorba (la película), el bloguero que esto escribe se siente tentado de establecer el siguiente paralelismo: la Unión Europea es en estos momentos lo más parecido que existe al funicular diseñado por Zorba: disfuncional, aparatosa, y quién sabe si a punto de explotar. Basil, el británico, se dispone, como el Reino Unido, a hacer las maletas y a olvidarse de la mina, mientras que los griegos, como Zorba, se han quedado con una mano delante y otra atrás, y con las ganas de vivir como única riqueza.

Con personajillos tan insignificantes como Jeroen Dijsselbloem al mando, que después de un visionado de la película que acabo de evocar probablemente dedujera que Zorba había de fracasar necesariamente porque a éste le gustan las mujeres y el vino, y que por lo tanto se lo tiene merecido, es poco probable que nada cambie a mejor.

Va a hacer falta que los ciudadanos de abajo como los que evocaba arriba cambien las cosas, porque además, el post que escribí en enero de este año no sirve ya ni para envolver pescado: François Fillon, el indiscutible favorito a las elecciones presidenciales de dentro de un mes ha sido imputado por unos asuntillos de corrupción, y de una forma indigna se sigue agarrando al puesto, pese que anunció que jamás lo haría en semejante tesitura.

Fillon es a menudo recibido a huevazos y con abucheos en sus mítines de campaña, pero ahí sigue, haciendo correr el tiempo y esperando que algún milagro (por ejemplo, una imputación de Emmanuel Macron, el nuevo favorito, pese a haber sido ministro del impopular François Hollande) le coloque en la segunda vuelta, y como perfecta ilustración de que los españoles no somos especiales tampoco en este sentido.

Por lo tanto, la elección se ha convertido en completamente imprevisible, y lo peor: no es imposible imaginar escenarios en los que Marine Le Pen gane: los europeos vamos, pues, a tener que ir entrenando nuestras caderas para bailar el Sirtaki pase lo que pase.

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