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Emmanuel Macron, Marine Le Pen y el giro lampedusiano

05/05/2017 07:25 CEST | Actualizado 05/05/2017 07:25 CEST

Prometo solemnemente a los lectores de este blog que éste será el último post en el que hable de política en, por lo menos, lo que queda de año, pero a pocos días de una elección crucial para el futuro de quien esto escribe -soy extranjero en Francia- y de Europa (nos la jugamos todos más en ésta que en las otras dos importantes elecciones que aún quedan por celebrarse este año en el Reino Unido y en Alemania), callarse pudiendo uno hablar sería cuando menos inapropiado, y puede que hasta indigno. Y más aún teniendo en cuenta que Marine Le Pen puede contar con cerca del 40% de los votos, según los últimos sondeos.

En una situación normal no estaría deseando la victoria de Emmanuel Macron el próximo domingo: es un Albert Rivera francés. Como ministro de François Hollande, se pronunció repetidas veces en contra de las 35 horas semanales, y aunque no parece tener ahora mismo intención de derogarlas, muchos ignoramos en qué cree este caballero realmente, ya que sus discursos suelen estar llenos de generalidades y lugares comunes. Ha escrito un libro que sin un ápice de ironía ha titulado Révolution (y no es un libro de historia, sino de lo que se supone que quiere hacer). En su programa, que es más bien una declaración de intenciones que ha sido criticada reiteradamente por su vaguedad, Macron se declara como el candidato "serio y responsable": demasiado para mi gusto.

EFE

No creo que, en el caso de Macron, se deba esto a carencias intelectuales, como pueda ser el caso de, pongamos, Susana Díaz, sino a un cálculo de quien pretende arrastrar a votantes de izquierdas y de derechas.

Al igual que Hollande, Macron es un tecnócrata salido de la Escuela Nacional de Administración, uno de esos funcionarios de carrera con altas responsabilidades que, en ocasiones, se dedican a sabotear la acción de los dirigentes demócraticamente electos si no les gusta su agenda. No es, sin embargo, un aparatchick, ya que antes de crear su propio partido-startup,En Marche!, hace apenas un año, no había militado en ningún partido. Y por supuesto, es mucho más telegénico que Hollande.

Los alumnos de la ENA en Francia son, a grandes rasgos, un equivalente a nuestros abogados del Estado, y como éstos, han de servir a la administración pública un período de tiempo mínimo -que en Francia es de 10 años, el doble que en España- antes de pasarse al sector privado y forrarse. Es interesante recalcar que Macron no pudo esperar tanto, por lo que compró su libertad antes reembolsando los aproximadamente 50.000 euros que le quedaban por amortizar al Estado por el pago de su formación y se fue a la banca Rothschild más o menos en la misma época que el colapso de Lehman Brothers.

Ello no le impidió forrarse, obviamente.

Si el partido de Macron es una startup, el de Le Pen es una PYME que lleva casi 50 años sembrando con éxito el odio en Francia.

La propia Marine Le Pen, puede que un poco fuera de quicio después del debate de ayer en el que Macron se defendió mejor de lo esperado, está haciendo circular un bulo de origen dudoso, puede que ruso, que insiste en que Macron tiene cuentas secretas en paraísos fiscales, lo cual no ha sido probado, pero dada la actividad profesional pasada de Macron, puede provocar dudas.

Macron volvió finalmente a la cosa pública, por lo que no cabe ser extremadamente duro con el personaje: si uno tiene en mente forrarse, parece mucho más honesto hacerlo saliendo de la administración para irse a una banca de inversión que meterse en la administración con esa idea entre ceja y ceja, cual un Eduardo Zaplana. Y además, en el mundo anterior al colapso de Lehman Brothers, ser banquero de inversión molaba, y a muchos jóvenes talentosos, la presión social los empujaba hasta ahí sin censura ninguna.

Ese paso por las finanzas es a día de hoy su mayor pasivo frente a la elección del domingo, ya que le convierte en el representante del establishment por antonomasia. Macron ha cometido también recientemente algunos errores tácticos de calado, como criticar duramente a Mélenchon por no apoyarle abiertamente: si Macron hubiera leído el clásico libro de autoayuda Cómo hacer amigos e influir en la gente de Dale Carnegie, habría aprendido que no es una buena estrategia patear la colmena si uno quiere lograr miel: al final los insumisos han pedido el voto en blanco.

Si tiene Macron alguna cualidad destacable, esa parece ser la audacia, para por ejemplo crear un partido (EM) tomando sus iniciales, algo que solo recuerdo haber visto con el GIL, y esperemos que el expresidente del Atleti le sirva al joven Macron de inspiración solamente en esto. La historia de amor con su antigua profesora de literatura del instituto hacen pensar igualmente en una confianza en sí mismo fuera de lo común.

Porque la suerte es otra de las virtudes que le acompañan, ya que no bastaba con crear un partido: la elección de Fillon -posteriormente investigado por corrupción- en las primarias de la derecha y del simpático pero poco creíble Hamon en las primarias de los socialistas le abrieron una autopista hacia el cielo.

Le Pen ha criticado en el debate de anoche a Macron por decir que Francia cometió crímenes contra la humanidad en Argelia, lo que en mi opinión es cierto y le honra por tanto decirlo. Algunos de esos crímenes fueron con toda probabilidad perpetrados por el padre de su rival, que propone, hoy como ayer, crear un país en el que impere una suerte de apartheid y destruir la UE (que no reformarla), por lo que no me voy a alargar innecesariamante a la hora de explicar que no son éstas unas elecciones como las demás. El príncipe de Lampedusa, de cuyo gatopardismo Macron es a buen seguro un fiel seguidor, escribió aquello de que, a veces, "es necesario que todo cambie para que todo siga como está".

Si el partido de Macron es una startup, el de Le Pen es una PYME que lleva casi 50 años sembrando con éxito el odio en Francia. Representa todo lo que es aborrecible no ya en Francia, sino en la propia humanidad. Deséemosle pues toda la suerte del mundo al suertudo Macron, porque la va a seguir necesitando.

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