BLOGS

Pistorius, Batistuta y la posibilidad de elegir

25/09/2014 07:17 CEST | Actualizado 25/11/2014 11:12 CET

La semana pasada conocimos el veredicto en el caso del atleta sudafricano Oscar Pistorius, condenado por el homicidio involuntario de su novia, la modelo Reeva Steenkamp.

La familia de la víctima y las asociaciones de mujeres maltratadas han recibido con estupor la sentencia, considerada demasiado clemente con el antiguo héroe, ya que niegan que se tratara de un desafortunado accidente, como aduce la defensa de Pistorius y consideran que podría crear un precedente gravísimo para otras mujeres maltratadas por sus parejas.

Cabe decir en descargo de la jueza Thokozile Masipa que determinar la responsabilidad de Pistorius es un ejercicio casi imposible a no ser que uno se introduzca en la cabeza del homicida, una posibilidad cada vez menos descabellada, como la prueba neurofisiológica practicada a Miguel Carcaño por el caso de Marta del Castillo nos permite adivinar.

Para culpar a Pistorius de asesinato sería necesario probar más allá de toda duda razonable que eligió hacerlo conscientemente, ya que en nuestra concepción del derecho la responsabilidad va de la mano de la posibilidad de elegir. Si Pistorius hubiera actuado exactamente de la misma forma en la que lo hizo afectado por un brote de esquizofrenia, es casi seguro que la sentencia hubiera sido aún más indulgente, puesto que en estos casos suele considerarse que la enfermedad mental priva al enfermo de la posibilidad de elegir razonadamente.

Hay una dimensión adicional que resulta importante considerar al juzgar el vínculo entre posibilidad de elegir y responsabilidad: la capacidad para elegir. En una reciente entrevista, el futbolista Gabriel Batistuta, el máximo goleador en la historia de la selección de Argentina, explicó que después de dejar el fútbol padeció unos dolores insufribles en sus tobillos y confesó que consideró reemplazar sus piernas por unas prótesis como las de Oscar Pistorius. El doctor Avanzi, su médico, consideró que su paciente estaba loco y descartó cortar por lo sano, como le había pedido Batistuta.

Es posible que el dolor discapacitara a Batistuta para hacer una elección razonable, pero es mucho más improbable que sufriera de un desorden de identidad de la integridad corporal o algún trastorno psiquiátrico similar. Es decir, Batistuta no estaba loco y, es más, dado los avances increíbles que se están realizando en el campo de las prótesis biónicas, cabe vaticinar que no está lejos el día en que un médico atienda una petición similar a la del astro del fútbol argentino, considerándola razonable.

De hecho, cuando Pistorius se postuló para participar en los Juegos Olímpicos en 2008 el Tribunal de Arbitraje Deportivo hubo de dirimir si las prótesis no suponían en realidad una ventaja competitiva, lo que tiene sentido, ya que ciertos atletas paralímpicos logan mejores marcas que sus pares aptos. Sin ir muy lejos, el sudafricano Ernst van Dyk, campeón paralímpico del maratón en silla de ruedas (cuya biografía tiene un parecido remarcable a la de Oscar Pistorius) ha establecido el récord del mundo de la especialidad en un tiempo que es casi la mitad del de Wilson Kiprotich, detentor del actual récord del mundo de maratón simple y llano.

Cabe por lo tanto incluso esperar que pronto algunas personas decidan libremente cortarse miembros de su cuerpo y convertirse en cíborgs no como parte de una terapia, sino para mejorar sus capacidades orgánicas mediante el uso de tecnología e incluso como parte de un tratamiento estético, como la joven de Florida que recientemente se implantó un tercer pecho. Algo parecido puede ocurrir en relación a tratamientos orientados a mejorar nuestras capacidades cognitivas, ya que ya hoy hay individuos que se autorrecetan tratamientos de estimulación transcraneal de corriente directa con tal finalidad.

Estimo, pues, que dentro de poco vamos a tener que decidir como sociedad si tales elecciones son lícitas, e incluso si la Seguridad Social debe pagar dichos tratamientos. Otorgarle al individuo la posibilidad de elegir semejantes opciones equivale a reconocer que la responsabilidad le corresponde y que tiene la capacidad de hacerlo. Y en Occidente tendemos a creer que uno mismo es la persona más adecuada para tomar las decisiones que le conciernen, pero esta creencia es puramente cultural tal y como demuestra el trabajo de la investigadora Sheena Iyengar.

En The art of choosing Iyengar explica cómo en las culturas asiáticas la elección es a menudo vivida como una responsabilidad compartida, de la que los matrimonios concertados en India son posiblemente el mejor ejemplo. Si consideramos que el índice de divorcios es un indicador válido del éxito de un matrimonio resulta absolutamente cuestionable que uno mismo sea la persona más adecuada para elegir a su cónyuge como demuestra el bajísimo porcentaje de divorcios en la India.

Hay otras dos certezas occidentales que los estudios de Iyengar cuestionan: la primera es que cuanto mayor sea el número de opciones disponibles, mejor resultará nuestra elección. Como expliqué en un post el año pasado, cualquiera que se haya perdido en la carta interminable de ciertos restaurantes sabe que esto no es cierto. La última certeza que cuestiona Iyengar es que poder elegir siempre sea mejor que no poder elegir. Iyengar explica que cuando todas las opciones que se nos presentan son malas, la elección producirá a menudo solamente mayor dolor y frustración. Por ejemplo, dejar a un hijo gravemente enfermo conectado a un respirador artificial en estado vegetativo o desconectarlo de la máquina y dejarlo morir es un dilema casi imposible de resolver, y los padres que optan por esta última opción añaden el sentimiento de culpa al del dolor de su pérdida.

A pesar del trabajo de Iyengar, creo que los médicos como el doctor Avanzi que asumen toda la responsabilidad respecto a la mejor elección para la salud de sus pacientes van a abundar cada vez menos. Y es que no solo les resulta más fácil transferir la carga de la responsabilidad al paciente, sino que en general la práctica de la medicina es cada vez más defensiva inducida por la amenaza velada de demandas legales de los pacientes, que a menudo hemos pasado de una sumisión silenciosa a una actitud exigente y presionante.