BLOGS

Riñones, cerebros y transacciones repugnantes

21/11/2012 10:19 CET | Actualizado 20/01/2013 11:12 CET

El lunes supimos que el Gobierno estudia dar permisos de residencia a aquellos extranjeros que compren un piso en España de más de 160.000 euros, y leo el martes en un editorial de La Vanguardia que lo que se intenta poner en marcha en España se ha hecho ya antes en países como Mauricio, en donde resido.

Es cierto que en Mauricio existe un programa llamado IRS (Integrated Resort Scheme), que para no alargarme demasiado diré que consiste en otorgar permisos de residencia a aquellos extranjeros que compren un apartamento con un coste de más de 500.000 dólares. Si bien en ambos casos se trata descaradamente de abrirle la puerta de tu casa a los que tienen dinero, las situaciones que animan la medida que propone el Gobierno y el programa existente en Mauricio son prácticamente opuestos. Si no es a través del programa IRS los extranjeros no pueden comprar una propiedad en Mauricio a no ser que su cónyuge sea mauriciano.

Milton Friedman solía bromear diciendo que lo único que los economistas saben hacer muy bien es crear escasez, y efectivamente esta restricción en la compra de inmuebles en Mauricio a los extranjeros -que se justifica para conseguir que los precios sean asequibles para los locales- hace de la inversión inmobiliaria en Mauricio un negocio bastante jugoso. De hecho, hay quien viene a la isla con negocios inmobiliarios en mente y lo primero que hace es casarse con una mauriciana, si el inversor inmobiliario es mínimamente honesto la convertirá en su socia capitalista y si no (lo que ocurre en bastantes casos) engañará a la pobre incauta con promesas de amor eterno. Otra de las razones que el Gobierno de Mauricio aduce para restringir la compra de inmuebles a los extranjeros es que se quiere evitar que la imagen turística de Mauricio se degrade, es decir, que a ojos de los franceses (principal mercado turístico) la isla pase a ser un destino para jubilados al sol en vez de la imagen de vibrante paraíso que se quiere proyectar. Además el Gobierno mauriciano es el principal socio de las promociones inmobiliarias creadas bajo el paraguas del programa IRS por lo que espera dar así algún que otro pelotazo que en principio debería beneficiar a todos los mauricianos.

Por lo que he leído en la prensa, la medida del Gobierno (que el editorialista José Antich parece considerar un globo sonda) ha suscitado en los medios un rechazo bastante generalizado, ya que se presenta con razón como la puesta en venta de permisos de residencia en España. En un post anterior de este blog ya expuse que muchos extranjeros pagarían fortunas por tener un pasaporte español. La residencia en un país Schengen lleva a menudo aparejados privilegios similares a los que proporciona un pasaporte y el Gobierno parece haber tomado nota, poniéndole precio a las ventajas asociadas al permiso de residencia.

El ponerle precio a las cosas es el mecanismo más simple para ajustar la oferta de un bien a su demanda, pero por el eco creado por la propuesta del Gobierno ponerle precio al permiso de residencia es algo que la mayoría de la gente percibe como una transacción repugnante. Hay muchos ejemplos de transacciones que si hay dinero de por medio se consideran repugnantes, como por ejemplo el mercado de órganos. Irónicamente, como muy bien explicaba recientemente el bloguero Guillaume Haeringer, el último premio Nobel de economía ha sido concedido a Alvin Roth, que ha resuelto el problema de cómo optimizar el mercado de riñones, eso sí, cuando no hay dinero de por medio sino personas dispuestas a donar un riñón a un ser querido con el que son incompatibles, pero que mediante un intercambio con otra persona dispuesta a donar un riñón a otro ser querido en la misma situación pueden salvar la vida de dos enfermos. La complejidad del problema sería menor si se pudiera poner precio a un riñón, pero la mayoría coincidimos de forma intuitiva en que semejante mercado resulta repugnante.

Ahora bien, el consenso sobre qué transacciones resultan repugnantes no es ni mucho menos universal y cambia con el tiempo. Hace 200 años países como Mauricio permitían la trata de esclavos, mientras que por aquella misma época en otros países se impedía suscribir seguros de vida dado que la idea de poner un valor a la vida humana les resultaba a muchos aborrecible. Tanto en un caso como en otro la concepción de qué transacción resulta repugnante ha cambiado, afortunadamente. Sin ir tan lejos, a día de hoy en España no se admite la paternidad por gestación subrogada como explica en su blog Antonio Vila-Coro mientras que en los Estados Unidos es perfectamente aceptable.

En mi opinión la medida propuesta por el Gobierno me parece mucho menos repugnante que la mayor parte de ideas que salen de nuestro Consejo de Ministros, puesto que al fin y al cabo se trata de abrir una vía adicional para permitir la inmigración a España. Personalmente y por principio me gustaría vivir en una sociedad abierta en la que la inmigración fuera libre, pero parece que en este sentido estoy lamentablemente poco en sintonía con los vientos que circulan hoy en día no sólo en Europa sino en el mundo entero. Además soy consciente de los problemas prácticos de logística que dicha política acarrearía por lo que en el corto plazo pueda no ser una buena idea.

Dicho lo cual, puestos a abrir puertas a la inmigración, creo que sería mucho más provechoso e interesante para nuestro país abrir la puerta en vez de a aquellos que tienen un gran capital financiero a los jóvenes que tengan un gran capital humano, lo que la bloguera Verónica Zumalacárregui llama los JESP. Es lo que hacen los gobiernos más inteligentes, como por ejemplo el de Quebec, e invito a que se informen los interesados en este link. La situación actual hace que muchos JESP hagamos las maletas, pero quizás una política migratoria bien diseñada podría compensar esta sangría con la llegada de JESP argentinos, venezolanos o tunecinos. Dudo sin embargo que se haga nada en este sentido puesto que nuestro ministro de Educación vive en la negación, hasta el punto de que duda incluso de que la fuga de cerebros exista.