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Grandes coaliciones, grandes contradicciones

03/04/2015 16:22 CEST | Actualizado 03/06/2015 11:12 CEST

En Mesopotamia y en el Golfo Pérsico se han formado grandes coaliciones que en buena parte integran países árabes inquietos por la belicosidad del Estado Islámico, o por la activación de las redes chiítas en la región, o por las intenciones hegemónicas de Irán descubiertas en su intervención en Yemen a favor de la minoría huthi. Es intercambiable la presencia de naciones en una u otra coalición, ambas con y sin chiítas, ya que hay motivos a elegir por los coaligados que pueden ser excluyentes, aleatorios, de intensidad diversa y provisionales. Todo esto es aplicable en la coalición que actúa en Mesopotamia, inspirada de manera muy directa por los Estados Unidos, superpotencia que tampoco está ausente en cuestiones de armamento, inteligencia y logística en la segunda coalición, formada a impulsos de Arabia Saudí y con el apoyo desigual de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG); convocada por la Liga Árabe (LA) desde el primer momento ha querido resaltar el carácter árabe y sunita en este esfuerzo común para detener la desestabilización de Yemen.

Preciso es recordar que en la primera coalición tal carácter unificador más relativo agrupa contra sunitas yihadistas a sunitas que no lo son, pero también kurdos, chiítas de diversa procedencia y elementos iraníes. Por ello sus problemas suelen aparecer no antes sino después de la victoria conseguida sobre el terreno. La decisión de la LA de reunir una fuerza militar conjunta con una organización inspirada en el Tratado de Washington de 1950 que constituyó la OTAN evidencia la sensación de peligro común, activada por saudíes y egipcios en especial, que pondría fin a la tradicional inoperancia de la LA desde su fundación en 1945. Tal fuerza militar respondería igualmente a la Doctrina Obama de participación indirecta, que eventualmente generaría buenos resultados en el futuro; que los árabes se ocupen de la seguridad de su territorio y se defiendan según un marco colectivo de seguridad común; de esta manera quedarían atrás las quejas contra los Estados Unidos y Occidente por injerencia e intervencionismo, sobradamente motivadas pero también inducidas o toleradas por la apatía, la debilidad propia y las rivalidades entre unos y otros dirigentes que han contribuido a que los árabes pidan ayuda y no se defiendan por sí solos.

SIN SEGURIDAD NI COOPERACIÓN COLECTIVAS

Entre los árabes no son relevantes en modo alguno y al menos hasta ahora los impulsos para fomentar la seguridad y la cooperación colectivas; en ellos como en su día con los europeos de la Guerra Fría, de alguna manera el paraguas defensivo estadounidense contribuyó a la molicie militar y a la desgana en mantener altos presupuestos de defensa. Queda bastante camino hasta que tal fuerza militar árabe se organice y sea operativa, en una región paradójicamente pródiga en la compra de armamentos, donde se lucen los últimos modelos de tanques y aviones, pero que con las excepciones de Egipto, Jordania, Pakistán y Turquía, carece de ejércitos nacionales propiamente dichos, contingentes preparados y mandos capaces. Será también difícil decidir su actuación conjunta, ¿por consenso, unanimidad, mayoría? y dilucidar si con la LA y el CCG se activaría llegado el momento algo parecido al artículo 5 del Tratado de Washington relativo a la respuesta común a la agresión sufrida por uno de los socios. Hay que preguntarse de nuevo si los árabes sunitas, Egipto, Arabia Saudí y el resto, tienen enemigo común y en qué medida, si los baremos de enemistad son tan grandes o tan pequeños que para algún país tal enemistad resulte irrisoria, pasajera, remediable, con guerra innecesaria. O no.

Al parecer a Irán ni se le ha nombrado en la reunión de la LA en Sharm El Sheikh de finales de marzo, pese a dominar el pensamiento de los delegados y los comentarios de pasillos. Sin embargo, la cuestión de Irán planea sobre la cuestión de la ofensiva contra el Estado Islámico dada la vigorosa actuación iraní en el campo de batalla tanto por sus consejeros como por sus milicias y redes y chiítas en Mesopotamia. En su día se le acusó de la desestabilización de Bahrein, frenada por la drástica y contrarrevolucionaria intervención saudí de marzo de 2011, y ahora se le acusa de repetir otro intento en Yemen mediante la ayuda a los rebeldes huthis. En ambos casos no está claro qué configuró el escenario, si la acusación por soliviantar a los chiítas para intervenir en su defensa después, o la intervención como respuesta indignada a una acusación en Teherán considerada sin fundamento. En Bahrein y Yemen no ha habido tantas pruebas fehacientes de las designios intervencionistas, pero sí del malestar chiíta en uno y otro lugar; por el Gobierno del Rey y su familia Al Jalifa con una mayoría de población chiíta, y en Yemen por el complejísimo juego de tribus y sectas en un país cuya fragmentación social y religiosa se completa con la fragmentación geográfica, con pequeños sátrapas y malos dirigentes por lo general con el apoyo de los saudíes que perjudican a una población en niveles ínfimos de desarrollo, sin proyecto común.

AMENAZAS AL NORTE Y AL SUR

O sea, que las dos coaliciones se han organizado una frente a la insurrección sunita en Mesopotamia que se denomina el Estado Islámico, en las fronteras del norte de Arabia Saudí, que persigue tanto a algunos sunitas desafectos como a todos los chiítas e infieles, tanto a árabes como iraníes. Y la otra para responder a las amenazas contra el orden regional, interpretado a la manera saudí y egipcia especialmente, activadas por la desestabilización del Yemen, en el sur de Arabia Saudí. Este país en consecuencia se encuentra amenazado en sus dos fronteras, aparte de las amenazas que puedan proceder de su también importante minoría chiíta, localizada en zonas petrolíferas del este de la Península. Irán no participa en ninguna coalición, pero su presencia en la primera se reconoce como muy valiosa, al menos hasta ahora en que sus efectivos y las milicias que controla han despejado importantes objetivos militares; en la segunda la participación de Irán es rechazada pero con distinto baremo según naciones, lo que se observa en la desigual aceptación de las acciones militares dispuestas contra los rebeldes huthis en Yemen a los que Irán ayuda. No las aprueba Irak, Pakistán ha pedido tiempo para decidir al respecto, Omán tampoco es partidario de frenar a Irán por su política en relación con los huthis. Este país mantiene relaciones con Irán, Irak está enfeudado con Irán por su vecindad y su propia mayoría chiíta, Pakistán alberga una importante minoría chiíta y comparte larga frontera con Irán.

Importa constatar que en ambos escenarios de las coaliciones se introduce por vez primera la llamada Doctrina Obama sobre la presencia de los Estados Unidos en conflictos ajenos, en que se recupera además la concepción clásica del orden internacional basado en el equilibrio del poder de las naciones y se rechaza la hegemonía de una de ellas. En los dos escenarios también por primera vez se advierte de manera muy favorable una voluntad de protagonismo y una actitud decidida -ciertamente con muchos riesgos de flaqueza-, por parte de Arabia Saudí y Egipto, dirigiendo el resto de naciones que se agrupan en la LA y el CCG para defender su territorio y su gente. Tanto en Mesopotamia como en Yemen se ensancha como consecuencia inevitable y peligrosa la brecha entre sunitas y chiítas, intensificándose asimismo la rivalidad hegemónica de Arabia Saudí con un Irán al que se ve capaz de cercar la Península y de constituir una cadena hasta el Mediterráneo a través de Siria y Líbano.

RIVALIDADES SUPERPUESTAS

A su vez muy divididos entre sí los mismos sunitas, insistir en su rivalidad con los chiitas puede generar una explicación excesivamente simple para entender las situación, pero ayuda a comprender la rivalidad creciente entre Teherán y Riad. En la cuenta atrás cada vez más frenética de las conversaciones nucleares de Lausana y con la euforia provocada por la reconquista de Tikrit, resulta que Occidente y los Estados Unidos al promover la iniciativa regional y la política de equilibrio respaldan a Irán en Mesopotamia, pero le contienen en Yemen. En todo caso y en todo lugar la presencia de Irán es abrumadora. Sin su participación no puede ganarse la guerra contra el Estado Islámico pero por su participación la guerra civil en Yemen alcanza un rango de conflicto internacional que podría repetir la situación de 1962-1979 en que los saudíes monárquicos y los egipcios republicanos se enfrentaron con las dos superpotencias interpuestas en un escenario de la Guerra Fría. En lo que se calificó posteriormente como el Vietnam del Egipto de Nasser, este país llegó a enviar hasta 70.000 soldados para combatir en la guerra civil del Yemen. Si además se concluye un acuerdo nuclear entre Irán y las cinco naciones miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania difícilmente se podrá frenar su ascenso como potencia destacada en Oriente Medio, junto con Arabia Saudí, Turquía e incluso Pakistán, una posición que ya de hecho ocupa.

Después de Tikrit, en la perspectiva de la ofensiva que ya se prepara para la reconquista de Mosul han saltado todas las alarmas sobre el peligro chiíta; probablemente entre los países sunitas se intensificará junto a la recomposición del orden regional y la asunción de responsabilidades nacionales respecto a la seguridad, la cooperación y la defensa, una dolorosa recolección de piezas dispersas para reintegrar una identidad tan maltratada por la tensión entre lo retrógrado y lo moderno, el Islam violento y el que predica la paz, el diálogo y el entendimiento con el otro, una lectura progresista del Corán en definitiva, los derechos humanos, el buen gobierno, incluso la democracia... Nunca como con el Estado Islámico se habrían mostrado con tanta crudeza los peligros y la crueldad de cierto extremismo árabe y musulmán. Se trata en definitiva de la recuperación de una religión y una conciencia pública muy perjudicadas por ese salafismo que durante décadas ha propagado Arabia Saudí, cuyas últimas y lamentables manifestaciones y consecuencias ya no controla; el origen doctrinal del yihadismo y la contrarrevolución que ahora padecen varias naciones y que con las trampas de la fe, unidas a las coartadas de los sátrapas inquietos por la revuelta árabe, han acabado por generar la división y apuntar por un camino sin retorno para los árabes y los musulmanes de Mesopotamia y el Gran Oriente Medio.

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