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De la Declaración de Atenas a la exclusión de las mujeres del Gobierno griego

29/01/2015 07:30 CET | Actualizado 30/03/2015 11:12 CEST

No sólo es indignación, realmente produce un gran sonrojo colectivo descubrir que en la misma ciudad donde el 3 de noviembre de 1992 se celebraba la primera Cumbre Europea Mujeres en el Poder, se acabe de consagrar la exclusión de las mujeres del Gobierno. La decisión del nuevo primer ministro de Syriza, ese partido joven que pretende aportar savia nueva a la política, de nombrar a 10 ministros y ni a una sola mujer, nos ha escandalizado como demócratas, como europeístas y, desde luego, como feministas.

¿Es ese el cambio de paradigma que pretenden Syriza ó PODEMOS, donde por cierto tampoco conocemos ninguna mujer líder que dé la cara por la visibilidad y los derechos de las mujeres?

Desde luego, si algunas personas teníamos expectativas y esperanzas en esa otra forma de hacer política que preconizan Syriza y los partidos de la izquierda antipartidos, nos la acaban de lapidar con esa primera medida de tanto calado político.

Atenas, cuna de la democracia, ha estado ligada precisamente desde sus orígenes a la creación y consolidación de la mejor forma de organización cívica con la que nos hemos dotado en nuestras sociedades, y por eso no fue casual que fuera también en esa misma ciudad donde en 1992 se reunieran las principales ministras, jefas de Estado y primeras ministras europeas para denunciar el déficit democrático existente y proclamar la necesidad de conseguir un reparto equilibrado entre mujeres y hombres del poder político. De ahí surgió la Declaración de Atenas, en la que, entre otras cosas, se lanzaba una campaña para reforzar la democracia europea y afirmar la necesidad de "llevar a cabo un cambio de actitudes y de estructuras indispensable para alcanzar un equilibrio entre mujeres y hombres en los niveles de toma de decisiones".

A partir de ahí, las instituciones europeas fueron adoptando decisiones a favor de esa democracia paritaria, hasta llegar a ser uno de los objetivos de la Cumbre Mundial de la Mujer de Beijing de 1995, que fechó para el 2005 el objetivo de alcanzar el acceso efectivo de las mujeres a los niveles de toma de decisiones políticas. Objetivo que ha sido recogido en la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea y por el que han luchado las mujeres a lo largo de la historia.

Desde que el partido socialista aprobara la cuota, como sistema de acción positiva para incentivar la participación de las mujeres en la política en el año 1988, en España también hemos ido dando pasos trascendentales para conseguir esa igualdad real y efectiva que tan cuesta arriba se hace cada día. La Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres consiguió un gran salto hacia adelante, ya que ha permitido no sólo el acceso masivo de las mujeres al poder, sino además cambios estructurales hacia un nuevo modelo de convivencia más igualitario.

Con la ley de igualdad, en España hemos conseguido ganar la batalla del acceso, ya que la ley electoral general establece como obligatoria la presencia equilibrada de mujeres y hombres en las candidaturas electorales, y el artículo 16 de la ley insta a los poderes públicos a atender el principio de presencia equilibrada de mujeres y hombres en las designaciones de cargos de responsabilidad.

Gracias a esta ley, en España la decisión de Syriza no hubiera sido posible, y tampoco hubiera sido posible que en una Cámara de 300 diputados sólo haya 44 mujeres.

Según datos de ONU-Mujeres, en enero de este año sólo contamos con 10 mujeres jefas de Estado en el Mundo, y la representación media de mujeres en los parlamentos de todo el mundo asciende a 21,9%. Por cierto, Ruanda encabeza el ranking de países con mayor presencia de mujeres parlamentarias, y probablemente, Grecia será uno de los países en encabezar ese ranking por la cola después de los datos conocidos esta semana.

Queda mucho por hacer en virtud de estos datos, y mi experiencia durante muchos años trabajando en primera línea en políticas de igualdad es que la igualdad es siempre un proceso inacabado, donde siempre hay que seguir luchando para que las circunstancias no te hagan retroceder el espacio ganado. Por eso, en estos tiempos convulsos de la política hay que exigirle a todos los partidos políticos y especialmente a aquellos que dicen que vienen a regenerar el espacio público, que esa regeneración no se construya sobre la demolición del gran edificio de la igualdad y todos los logros conseguidos durante más de medio siglo por la lucha de tantos hombres y mujeres. No hay democracia sin igualdad, nos lo recordaron en Atenas en 1992, y hoy resulta claro para tod@s en una Europa que, si en algo ha destacado en la última década, es en impulsar medidas de promoción y apoyo para la equidad de género.

No son de extrañar las voces de alarma de millones de mujeres y organizaciones sociales que durante estos dos últimos días han saltado contra este atropello a la razón y a la democracia.

Isabel M. Martínez Lozano fue secretaria general de Igualdad del Ministerio de Igualdad, desde el 2008 al 2010