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Cómo un cachorro ayudó a mi hija con su enfermedad terminal

Publicado: Actualizado:
JACQUELINE DOOLEY
Jacqueline Dooley
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El cachorro tenía unas diez semanas y pesaba medio kilo cuando lo trajimos a casa. Era un perro mestizo, una mezcla de caniche y yorkshire terrier que, en teoría, no llegaría a pesar más de tres kilos.

El que traje al perrito, mi hija de 14 años estaba en Manhattan, recibiendo radioterapia para los tumores que tenía en los pulmones: iba a ser una sorpresa que estaría esperándola esa noche al llegar. En principio, le dije que tendríamos un perro cuando se acabara la radioterapia. Me parecía una manera de conservar la ilusión después de tres semanas de viajes diarios al hospital (un viaje de ida y vuelta de seis horas desde nuestra casa, que está en el valle del Hudson).

Dejé que mi hija pequeña no fuera al colegio el día que trajimos al cachorro, en gran parte porque me daba miedo quedarme sola con un perro, incluso aunque fuera tan pequeño. Siempre he sido más de gatos.

"No sé nada de esto", dije cuando volvíamos a casa de la perrera.

"Es el mejor día de mi vida", me respondió mi hija. El perrito iba hecho un ovillo en su regazo, se le veía inseguro.

Lo llamamos Roo (como el canguro de Winnie the Pooh en la versión original) porque saltaba mucho. Él era mi responsabilidad durante el primer mes. Mi marido necesitaba centrarse en descansar tras los agotadores viajes diarios y mi hija mayor, exhausta por los desplazamientos y la dosis doble de radiación, apenas tenía energía suficiente para saludarle cada noche antes de irse a su cuarto a descansar.

"Huele mal", dijo ella el primer día. Así que le di un baño.

Roo dormía en una jaula sin quejarse. Se mostró muy receptivo cuando tuvo que aprender dónde hacer sus necesidades: al principio, utilizamos empapadores, pero pronto empezó a preferir salir de casa (incluso en febrero, cuando hacía un frío horrible). Le llegaba la nieve al pecho.

Al principio, la única que se sentía completamente cómoda con Roo era mi hija pequeña. Es una niña extrovertida y sociable que disfruta con nuestros animales. No le importaba que oliera mal, que le mordiera los dedos o que pareciera obsesionado por lamerlo todo. Ni que se comiera las piedras.

Le llevé a clases de adiestramiento canino durante seis semanas en un intento por aprender algo sobre perros y sobre cómo enseñarle las reglas, pero era tan pequeño (pesaba un kilo con 15 semanas) que el adiestrador tenía dificultades para trabajar con él. Conseguir que socializara con otros perros fue todo un desafío: incluso los cachorros de razas pequeñas eran más grandes que él.

Mi hija empezó a encontrarse mejor unas semanas después de acabar con la radioterapia. Se llevaba a Roo a su habitación por las noches y él dormía junto a su cama, en su jaula. Yo iba a por él cada mañana para que mi hija no tuviera que sacarlo a pasear con el frío que hacía, pero era un comienzo. Roo se pasaba la mayor parte del tiempo en el piso de abajo, en la sala de estar. Nos dimos cuenta de que mi hija salía cada vez más de su habitación para poder estar con el perro.

"Sigue oliendo mal", decía a menudo. Lo llevé a una peluquería canina por primera vez y el olor a perro desapareció durante un día.

En abril, dos meses después de que adoptáramos a Roo, mi hija se hizo un TAC. Era el primero que le hacían desde que se había sometido a radioterapia y desde que le habían extirpado varios tumores de la pelvis en diciembre. Los resultados no fueron buenos. Tenía la pelvis llena de tumores otra vez. Los tumores de los pulmones que habían recibido radiación se mantenían estables, pero los demás tumores estaban creciendo. Tras años de tratamiento (incluido un trasplante de hígado en 2012), ahora se le pasaba a considerar enferma terminal. El oncólogo le mandó un tratamiento de quimioterapia por vía oral para intentar frenar el progreso del cáncer lo suficiente como para que pudiera disfrutar del verano.

Algo cambió en mi hija después de ese TAC. Dejó de preocuparse de muchas cosas: de ir al colegio cada día, de hacer los deberes, de preocuparse por los exámenes. Acordamos con su instituto que podría quedarse en casa cuando quisiera, sin preguntas. Desde entonces, pasa más tiempo en casa, con Roo, conociéndolo. Baja a menudo a sentarse con él en el jardín.

Le dice que le quiere todos los días y Roo se sienta a sus pies, contento de sentirse querido. A Roo no le importa que sea una enferma terminal. Todavía sigue mordiéndole los dedos, pero está aprendiendo a parar cuando ella se lo dice.

Su instituto está a unos 25 kilómetros de distancia y a veces viene a casa en autobús, pero a menudo voy a recogerla. Me llevo a Roo conmigo y la esperamos en el aparcamiento. Se queda en mi regazo, mirando por la ventana, atento para verla. Cuando mi hija aparece y se dirige al coche, el perro empieza a mover el rabo frenéticamente.

"Te quiero", le dice cuando lo ve.

"Él también te quiere a ti", le digo yo.

Roo fue una sorpresa para mí. Adopté un cachorro para mi hija porque, sinceramente, haría todo lo posible por ella ahora mismo, cualquier cosa que estuviera en mi mano y que le permitiera vivir la vida al cien por cien. Me doy cuenta de que las cosas podrían haber salido de otra manera -Roo podría haber aportado más estrés que alegría a nuestra ya estresante casa-, pero hemos tenido suerte.

El otro día, mi hija bajó las escaleras, cogió a Roo, le besó en la cabeza y dijo: "Qué bien huele" (hacía dos semanas que lo habíamos bañado por última vez).

"Sí, ¿verdad?", contesté yo.

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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.