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El malvadismo

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Ilustración: Alfonso Blanco

Si no existiera el color blanco, el negro sería el Rey del Mambo. Y al Arriba, a su vez, bien que se le contrapone el Abajo. Y al Adentro, el Afuera. En cambio al Buenismo -a la recurrente acusación de tal que pretende socavar toda querencia altruista-, al Buenismo todavía no le conocíamos el nombre de su opuesto en la pista de baile de la cosa pública. Sin embargo, no hay mal que dure 100 años...ni Estado del bienestar que lo resista.

A los malvadistas originarios habría que reconocerles el mérito de su hallazgo: el Buenismo, en efecto, sí que existe y en ocasiones hace daño. Pero de ese útil aunque modesto hallazgo, los malvadistas luego pasaron, sin aviso y sin peajes, a una perniciosa y gran exageración caricaturesca, asidos de la mano invisible de dos inmensos y disparatados malentendidos. Ambos malentendidos siguen el esquema lógico del cuento del Gordo Cornudo.

Llega un hombre a su casa, del trabajo, hecho todo un dragón sentimental, soltando fuego por la boca y lagrimones por los ojos. Le dice a su mujer: "¡Y ahora yo qué hago! Desde el bar de la esquina, ahora que venía, oí que me gritaban en falsete: '¡Cornudo!...¡Gordo!...¡Gordo Cornudo! ¡Gordo Cornudo!'. Y se reían de mí, ¡¡¡de mí!!! ¿Ahora dime tú qué hago, ahora yo qué hago?". Y la mujer, con mucha flema lacónica, nomás le contesta: "Adelgaza".

En ese mismo hielo, pero al revés, resbalan todos los malvadistas: suponen que sólo porque dos cosas algunas veces han ido juntas, siempre han de ir juntas sin excepción. Si un interés altruista alguna vez ha ido acompañado de una mala idea para su realización, consiguiendo con ello un remedio peor que la enfermedad, entonces los malvadistas dan el triple salto mortal de pretender que todo interés altruista siempre habrá de ir acompañado de ideas erradas y su consiguiente desastre. Según su extraña lógica y su rara fe, en algún tipo de Providencia malvada y burlona, lo mejor entonces es no tener impulsos altruistas y dejar las cosas como están, o que, al menos, en la cosa pública se deje por completo de lado a la bondad. Para ellos, la sensibilidad social y el altruismo conducen ineluctablemente a las peores catástrofes.

Los malvadistas han llegado a creer que la inteligencia siempre va de la mano de lo malvado. Y que lo malvado ineluctablemente va de la mano de la inteligencia.

Desde luego que la empiria nos demuestra lo contrario: muchísimos de nuestros mayores logros como civilización han sido impulsados gracias precisamente a nuestro altruismo. No existe ninguna disposición malévola escrita en las estrellas, según la cual a toda buena intención le habrá de sobrevenir el peor de los resultados. A veces sí, a veces no. Todo va a depender de la calidad de la idea que la acompañe.

Digamos que hay tres objetos: (1) "Las buenas intenciones sociales". (2) "Las ideas erradas". (3) "Las ideas sensatas". Los malvadistas parecieran creer que, del hecho de que (1) y (2) algunas veces hayan ido juntas, siempre han de ir juntas. Eluden arbitrariamente la posibilidad de que, en cambio (1,) también pueda ir unida a (3): nada impide que "Las buenas intenciones sociales" vayan unidas con "Las ideas sensatas", de la misma manera que nada obliga a lo contrario.

El Gordo Cornudo, si adelgaza, seguirá siendo cornudo. Son dos cosas distintas. Si adelgazando se libra de una, eso de ninguna manera implica que se habrá de librar de la otra, de sus cuernos. Al fin de cuentas, también existen los Flacos Cornudos.

Los malvadistas lo saben, pero como hasta ahora no habían recibido su adecuada contestación, fungían como el color negro si no existiera el blanco. Y si estando Adentro, les decían que ¡Afuera!, de todas maneras dejaban la Puntita: ¡los Reyes del Mambo!

Quieren acabar con nuestro sistema de Seguridad Social, y mientras tanto se va sabiendo de ancianos que se quedaron a vivir en un semáforo, pues nadie se ha decidido a ayudarlos a cruzar la calle. De patrones que no pagan a sus obreros para no perjudicar la economía global de la nación. Y hasta de madres que ahora se niegan a dar besos a sus hijos, no vaya a ser que las acusen de "buenistas" y les demuestren matemáticamente lo que cada beso disminuirá en euros el futuro salario de sus pequeños. Por lo pronto, sigue estando prohibido el altruismo, el espíritu de comunidad y la bonhomía. La consigna es ser malos hasta la osadía. Una vez los malvadistas lograron establecer que a todo sentimiento bondadoso le ha de seguir una catástrofe -¡Buenismo! ¡Buenista!"-, el truco así les sale fácil y baratito, y los argumentos sobran por completo.

Pero su carnaval ya pasó. Ya le pusimos nombre a su truco y ahora sólo resta acabar de desenmascararlo.

El otro inmenso y disparatado malentendido también sigue la extraña lógica del cuento del Gordo Cornudo, mas va por el otro carril.

Tal vez será por tantas películas de Hollywood donde es habitual que el líder de los malvados sea alguien brillantísimo, o quizás porque no saben que, con un análisis estadístico, no hay cosa alguna que no se pueda demostrar a tu favor. Pero el caso es que los malvadistas han llegado a creer que la inteligencia siempre va de la mano de lo malvado. Y que lo malvado ineluctablemente va de la mano de la inteligencia. El resultado es inevitable: dado que la inteligencia es difícil, en cambio, el malvadismo es fácil, ¡eureka!: ahora, ante cualquier problema social, se deciden siempre por la posición que tomaría el brujo malvado de una película de aquellas, confiando en la magia de la conjunción de ambas cosas: si me muestro bien despiadado ante el problema social "X", en realidad me verán como a alguien inteligentísimo (además de sofisticado y hasta sexy). A falta de inteligencia, malevosidad. Los malvadistas parecieran creer que en las estrellas está escrito que cada vez que eludan la bondad, el altruismo y la sensibilidad social, y en cambio abracen con fuerza todo lo opuesto, tendrán garantizadas las soluciones más sensatas.

El truco del Malvadismo consiste en imponer la idea de que a toda buena intención social le ha de seguir siempre un resultado catastrófico.

La mujer del Gordo Cornudo puede dejar de ponerle los cuernos, pero eso a él no le hará perder un solo gramo de peso en la báscula. Una cosa no tiene que ver con la otra. Que en ocasiones algunas decisiones políticas hayan sido difíciles (hiriendo nuestra sensibilidad social), pero luego se haya demostrado que así redujeron el mal que se combatía, que algunas veces eso haya sido así, no implica en absoluto que siempre tenga que ser así.

De hecho, es más probable lo contrario. Imaginémonos qué raro tendría que ser un universo donde para conseguir el bien, primero siempre habría que dejarse llevar por el mal. Donde para conseguir un logro social, siempre hayamos de guiarnos por impulsos despiadados. ¡Qué Ley Universal más estrambótica sería esa! ¡Qué espíritus más burlones y malévolos nos regirían!
Pero los malvadistas no atienden a razones. Que si los niños desnutridos, el desempleo, el despido gratis y los bajos salarios; que si los refugiados sirios, las guerras por el petróleo, los inmigrantes; que si los desahucios, el copago sanitario, salvar a la Banca; que si la escuela privada, las pensiones, matar a un perro. Siempre y en toda ocasión se posicionan en el lado más lejano posible a cualquier idea de bondad y justicia social.

Llegados a este punto surge una duda grande, y según cuál sea su correcta solución tal vez el Gordo Cornudo ni era gordo, ni era cornudo: resulta que los malvadistas siempre coinciden plenamente con la posición que tendría alguien que decididamente se decantara por defender el statu quo en cada ocasión. Con el discurso de los patrones.

Rara coincidencia. Por un lado, el truco del Malvadismo consiste en imponer la idea de que a toda buena intención social le ha de seguir siempre un resultado catastrófico, y que, a la vez, las posturas despiadadas siempre generan los mejores resultados. Por el otro lado, el Malvadismo consistiría en la defensa a ultranza del statu quo. ¿Cuál de las dos será la explicación correcta?

Creo que ambas: la una es el motivo último, la razón de ser. La otra apunta a los mecanismos para conseguirlo: el autoengaño. A nadie le gusta pensar que sus opiniones no son libres sino muy obedientes. A nadie le gusta pensar que es malvadista, sino muy inteligente, brillante, pragmático. A nadie le gusta reconocer que otras personas son bondadosas, altruistas y con sensibilidad social, sino que son tontísimo y catastróficos, y que tienen vedadas porque sí las ideas sensatas. Quien no se consuela es porque no quiere.

Al Buenismo hasta ahora no le conocíamos el nombre de su opuesto en la pista de baile de la cosa pública. Pero, ya conocido su nombre, y desarmado su truco y su motivación ulterior, ahora el Gordo Cornudo, embistiéndolo con sus fuertes y afilados cuernos, lo expulsará de la pista y ahora será a él, al Malvadismo, al que cuando pase por el bar de la esquina le gritarán burlas en falsete: "¡Bobería!...¡Trampa!...¡Statu Quo!...¡Egoísmo Puro y Duro!...¡Bienestaricidio!...¡Bobería!: ¡¡¡Malvadismo!!!".