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Más sabe el diablo por viejo que por diablo

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La última portada de la revista Science nos trae una noticia verdaderamente sorprendente: ¡el tiburón de Groenlandia es capaz de vivir más de cuatro siglos!

Bajo el nombre técnico de Somniosus microcephalus con el que se le conoce en los ámbitos judiciales, alcanza a medir entre seis y siete metros de largo, señorea el Océano Glacial Ártico (pero, al parecer, se da largos garbeos, pues incluso se le ha visto, muy orondo también, en las fresquitas aguas del Antártico) y se ríe con todos sus dientes de la tortuga de Galápagos y su supuesta longevidad y consiguiente sapiencia y penetración de juicio.

Es un tiburón medio ciego, va perdiendo la vista según pasan los... siglos. Acerca de su ceguera, se esgrimen dos teorías. Por el lado de la ciencia -en la misma línea de sus habituales e impertinentes explicaciones que nos aclaran por qué las madres quieren a sus bebés, qué es el amor pasional en términos bioquímicos, por qué es mejor ser hermoso que feo, etc.-, se nos dice que al pobre tiburón de Groenlandia se le meten a vivir en los ojos, para siempre, unos bichitos parásitos (bajo el nombre técnico de Ommatokoita elongata con el que se les conoce en todos los manuales de etiqueta), que tienen la muy desconsiderada costumbre de alimentarse, precisamente, del tejido ocular del malaventurado escualo que los hospeda.

Pero la verdad de su ceguera es otra, y no existe la más mínima duda literaria acerca de ella: el tiburón de Groenlandia sí que se vuelve ciego, pero es de tanto ver; por tener que ver tantas cosas y barbaridades a lo largo de sus años, décadas y siglos es que se vuelve ciego, el pobre tiburón de Groenlandia. Ya lo dejó bien dicho Goethe: "Toda teoría es gris y solo es verde el árbol de doradas frutas que es la vida".

La semana pasada, en la playa, escuché cómo una señora ya anciana se lamentaba ante su grey familiar de su grande, repentina y muy perturbadora sordera, que los obligaba a todos a hablar a gritos, para delicia de curiosos y meditabundos veraneantes de las sombrillas aledañas. Se lamentaba la matriarca de su sordera, pero uno de sus nietos, un hombre de aspecto estilizado y liberal, zanjó el tema con un curioso consuelo: "Total, para las cosas que a veces hay que oír, mejor es no oír nada...".

Eso mismo es lo que le pasa al pobre tiburón de Groenlandia. De tanto tiempo observando a la humanidad, se le han quitado las ganas de ver por completo. Porque los tiburones, amigos bañistas, siempre están cerca y nos observan con suma atención.

A este respecto, es muy instructivo el informe de WikiLeaks de diciembre pasado, el del día 28, en el que se denuncia un complot a gran escala de los hoteleros del Mediterráneo, los cuales tienen a sueldo a la inmensa mayor parte de los biólogos marinos para que digan lo que tanto les conviene. Que no, que los tiburones casi no se acercan a la orilla. Que los que se acercan no atacan: son mansos tiburones de tres dientes. Que más miedo nos tienen ellos a nosotros que nosotros a ellos. Que si muerden es jugando. Que las probabilidades de que a uno lo devore un tiburón -por ejemplo, hoy mismo, en la playa- son más pequeñas que las de morir atropellado por un cochecito de bebé...

Una vida tan larga tiene que ser insoportablemente triste y aburrida. Y lo peor: el tiburón de Groenlandia alcanza su madurez sexual a los... ¡150 años!

Parafraseando a cierto gran estadista europeo: "Un vaso es un vaso y un plato es un plato"... y un tiburón es un tiburón, así lo pintes y colorees al arbitrio que tú quieras.

Conforme van pasando los años, las décadas y los siglos, ¿qué despropósito cruel, barbaridad absurda o campaña electoral no habrá tenido que ver el pobre tiburón de Groenlandia? Al que accidentalmente capturaron hace poco le calcularon 392 años, y los que le quedaban. Ese tiburón nació cuando en Francia reinaba Luis XIII, y apenas era un pequeño lucerito quien luego llegaría a ser el Rey Sol, Luis XIV.

Ese mismo tiburón, con sus propios y tristes ojos, tuvo que ver, por ejemplo, buena parte de las guerras de religión, así como los barcos de esclavos surcando el Atlántico y la Guerra de Sucesión Española (en realidad, una gran guerra civil europea), y las Guerras Napoleónicas, y las dos Guerras Mundiales, y las bombas atómicas... También fue testigo de tantas cuadraturas de círculos y de brutales golpes de estado a las palabras: palabras que significaban una cosa pasaron a significar justo lo contrario; arriba, abajo; negro, blanco; dentro, fuera; hambre, igualdad; oligarquía, democracia...

Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo, y el tiburón de Groenlandia alcanza la suficiente vejez como para poder saber que, para las cosas que a veces hay que ver, mejor es no ver nada en absoluto.

De verdad, la principal sorpresa de que vivan tantos siglos no es de orden biológico sino psicológico. Una vida tan larga tiene que ser insoportablemente triste y aburrida. Y todavía no hemos dicho lo peor: el tiburón de Groenlandia alcanza su madurez sexual a los... ¡150 años! Un siglo y medio sin amor, sin calor y en esas aguas tan heladas.

¿Cómo se consolará ante semejante aburrimiento casi infinito? Sólo se me ocurre una manera: en verano, en las playas, jugueteando con los bañistas.