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Sutileza obliga

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sutileza

La sutileza no es cosa exclusiva de los franceses. En Hispania tenemos buenos contraejemplos. Dígame si no el caso de Cabrera de Córdoba, el insigne coronista del reinado de Felipe II nuestro señor. Su hijo, el tristemente célebre Don Carlos, ya había nacido con varias taras y nunca le sobró salud. Pero cierta aciaga vez, a causa de una grave caída en una escalera, cayó en coma y estuvo a punto de morir. Hasta el gran Vesalio intervino con todo su arte. Al final lo trepanaron y se recuperó, pero sólo hasta cierto punto. Veamos cuál es ese punto, y también el muy alto de arte e ingenio para saber decir las cosas bien dichas -pero con la sensata y necesaria prudencia que se requiere en Palacio-, al que se elevó nuestro cronista real:

"El cerebro del Príncipe mostró su lesión estando la voluntad menos sujeta a la razón y ajustada con la de su padre, y el cuerpo en menos buena conformidad de las partes y vigor, principalmente la espalda".

En Grecia tampoco eran bobos. Aristóteles advierte al aprendiz de retórico sobre las cualidades de los oyentes en la plaza pública: "...y ello en relación con oyentes de tal clase que ni pueden comprender sintéticamente en presencia de muchos elementos, ni razonar mucho rato seguido".

Sea lo que fuere de esa comparación en la que Suetonio hubiese sido un magnífico juez, los franceses destacan en la técnica de revestir con sedas el afilado estoque de su lengua viperina. Los memorialistas galos, tan deliciosamente chismosos todos ellos, jamás han sido superados. Es verdad que Flaubert dijo que ayudando a su marido, el doctor Bovary, Emma "enviaba a los pacientes la nota de las visitas en unas cartas tan bien redactadas que no apestaban a facturas".

Pero es que hasta en un simple prospecto médico -como el que encontró Guy Breton para contárnoslo feliz con su feliz prosa-, eran muy capaces de filigranas esas gentes de La France. Claro, no se trataba de un medicamento, sino de un aparato médico peculiar. A partir del XVI, los médicos casi toda enfermedad importante la enfrentaban de una de dos maneras: o con sangrías o con lavativas.

La lavativa tradicional, parecida a una gigante jeringuilla de perturbadoras intenciones introductorias, causó auténtico furor en la profesión galena. Claro, en ese entonces la gente no era tan exquisita como nosotros somos ahora y se hacían muchas bromas acerca del procedimiento y las reacciones adictivas de sus usuarios; hasta el mismísimo Molière nos regaló varias guasas al respecto. Vamos a ver, entonces, cómo sugería el prospecto que se había de llevar a cabo tan delicada intervención. Está dirigido tanto a los pacientes como a los resolutivos boticarios:

"El enfermo deberá prescindir de ropas inoportunas; se recostará sobre el lado derecho y flexionará las piernas hacia adelante y presentará lo que se le pida, sin vergüenza ni falso pudor. El operador, cual hábil tacto, no procederá como si quisiera tomar la fortaleza al primer asalto, sino como el tirador experto que avanza sin ruido, separa la maleza y se detiene; cuando localiza al enemigo, apunta y dispara. De igual modo, el operador actuará con cautela, evitando falsos movimientos antes de hallar el punto de mira. Entonces, poniendo con reverencia una rodilla en tierra, cogerá el instrumento con la mano izquierda y, sin prisa ni brusquedad, apuntará la lavativa con la derecha, empujando luego con delicadeza y sin sacudidas, pianissimo".