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Cuatro cosas que probablemente no sabías sobre la pobreza en América Latina

23/03/2015 07:22 CET | Actualizado 23/05/2015 11:12 CEST

En 2010, América Latina estableció un récord: por primera vez en la historia albergó a más personas de clase media que pobres.

Considerada históricamente como desigual y lastrada por bolsones de pobreza endémica, la región vivió en la última década una bonanza económica y una menor brecha en el ingreso que sacó a más de 70 millones de personas de la pobreza -el doble que la población canadiense. Al mismo tiempo, la clase media creció hasta representar casi un tercio de la población total.

A pesar de estos increíbles avances, uno de cada cinco latinoamericanos no ha dejado de ser pobre, como revelamos en un reciente estudio.

Los llamamos "pobres crónicos", nacidos en la pobreza e incapaces de superar ese estatus, se beneficiaron muy poco del crecimiento experimentado en la primera década del siglo XXI; algunos, incluso, cayeron en las grietas del sistema de asistencia social.

¿Qué se esconde detrás de esta realidad tan obstinada? Le sorprenderá saber que las principales causas se pueden atribuir a unos pocos factores. Algunos son su escaso legado, así como la falta de servicios básicos como electricidad o agua; instituciones locales débiles con poca capacidad para atender a los pobres; altos niveles de riesgos no asegurados (ante crisis o desastres naturales); un estado de ánimo deprimido, con pocas aspiraciones.

¿Por qué ocurre esto en América Latina?

1. Uno de cada cinco latinoamericanos vive en la pobreza crónica

Esto significa nada menos que 130 millones de personas. Pero la pobreza crónica y la movilidad descendente (personas que se vuelven pobres) varían de manera considerable de país a país.

Con alrededor del 10% de su población, Uruguay, Argentina y Chile exhiben las menores tasas de pobreza crónica. Las tasas en Nicaragua, Honduras y Guatemala son bastante más altas que el promedio regional de 21% -oscilan entre el 37% de Nicaragua al 50% de Guatemala.

Incluso dentro de un mismo país, la pobreza crónica no es uniforme. En Santa Catarina, al sur de Brasil, la pobreza crónica es de alrededor del 5%, por debajo del promedio nacional del 20% y cerca de la de Uruguay, el país con mejores datos en América Latina. Mientras, en Ceará, también en Brasil, alrededor del 40% de la población es pobre crónica, una cifra comparable a la de Honduras, que tiene una de las mayores incidencias en la región.

2. La pobreza crónica es tanto un tema urbano como rural

Las áreas rurales muchas veces se asocian a una elevada persistencia de la pobreza. En Bolivia, (promedio nacional del 20%), la pobreza crónica rural es tres veces más alta, y está más de 20 puntos porcentuales por encima que la registrada en las áreas urbanas.

Sin embargo, en números absolutos, las áreas urbanas de muchos países albergan un mayor número de pobres crónicos que las áreas rurales (entre 2004 y 2012). En al menos cinco países (Chile, Brasil, México, Colombia y la República Dominicana), el número de pobres crónicos urbanos excede la cantidad de pobres rurales crónicos, y en muchos otros países la cifra de pobres crónicos -tanto urbanos como rurales- es aproximadamente el mismo.

3. El crecimiento económico no fue suficiente para sacar a los pobres crónicos de la pobreza

Aquellos países con las mayores tasas de pobreza crónica fueron los que crecieron menos en la última década. Por ejemplo, Guatemala creció menos de un 1% el año pasado, en tanto que un 50% de los pobres iniciales permanecían en ese estado en 2012. Por contraste, Panamá, con un crecimiento anual del 6%, tiene apenas al 20% de su población atrapada en la pobreza.

Segundo, los hogares crónicamente pobres tienden a ser más pobres que aquellos hogares que lograron dejar la pobreza atrás, haciendo que el crecimiento económico sea insuficiente.

Tercero, si bien el ingreso de los pobres crónicos creció durante este período, lo hizo en menor proporción que para aquellos que lograron salir de la pobreza.

4. Los pobres crónicos tienen pocas oportunidades de ingreso

El ingreso laboral fue, de lejos, el principal motor detrás de la fuerte reducción de la pobreza durante 2004-2012. Desafortunadamente, los pobres crónicos se enfrentan a más obstáculos para ingresar en el mercado laboral, y por lo tanto dependen más de sus ingresos no laborales.

También están sobrerrepresentados en sectores de baja productividad o de subsistencia.

En todos los países, los hogares crónicamente pobres tienen menos miembros con ingresos laborales comparado con aquellos hogares que salieron de la pobreza y hogares no pobres. En promedio, los hogares crónicamente pobres tienen un 20% menos de recursos humanos para generar un ingreso.

Entonces, ¿qué puede hacerse?

Mejoras en el hogar. El contexto en el que las personas viven es importante. La misma familia crónicamente pobre que vive en un distrito de la cordillera andina o la selva amazónica podría no ser pobre si viviese en San Pablo, Bogotá o Lima. El retorno económico de los conocimientos y características dependen fuertemente de las oportunidades disponibles. Una política social óptima debería equilibrar el apoyo directo a los pobres crónicos con una mayor inversión para mejorar su respectivo ambiente.

Frenar la transmisión intergeneracional de la pobreza. La desnutrición, la mala estimulación, salud frágil, padres ausentes y un ambiente peligroso o violento limitan la capacidad de una persona de desarrollar su potencial completo, manteniéndolas en la pobreza. La incorporación del desarrollo infantil temprano en la agenda de desarrollo social es por lo tanto bienvenida y debería ampliarse con un enfoque en la calidad.

Redoblar esfuerzos en cuanto a oportunidades laborales. Mejorar el ingreso laboral es una de las pocas maneras de sacar de la pobreza a las personas de manera sostenible. Como tal, los programas integrales de reducción de la pobreza deberían incluir estrategias de promoción del ingreso laboral, como programas de capacitación e inserción laboral.

Abordar la pobreza urbana y rural como una sola. En muchos casos, las áreas urbanas pueden albergar más familias crónicamente pobres. Para ampliar los programas hasta abarcar las áreas urbanas, será preciso abordar la mayor movilidad de los pobres urbanos, algo que los vuelve más difíciles de identificar y apoyar.

Mejorar la coordinación entre programas sociales. En la última década tuvo lugar un drástico aumento en el número de programas sociales, aunque muchas veces no están coordinados, lo que limita su impacto. Es crucial contar con objetivos claros, específicos y mensurables, así como con incentivos que vayan más allá de la buena voluntad y generen un sistema de rendición de cuentas que premie el desempeño.

No olvidarse del estado de ánimo. Se deben incorporar estrategias para abordar la mentalidad y escasa ambición de los pobres crónicos al diseño de políticas. Si no, podrían caer fácilmente en las grietas de la red de protección social al no estar registrados en los programas sociales.

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