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La Primera Guerra Mundial: ¿una derrota de España?

28/06/2014 09:52 CEST | Actualizado 27/08/2014 11:12 CEST

Hace hoy cien años, el 28 de junio de 1914, el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria fue la chispa que encendió el conflicto más grande que el mundo había visto hasta ese momento. La Primera Guerra Mundial fue una carnicería, sin duda. Y ¿fue una suerte para España no participar...? Quizá no está tan claro. Este debate seguirá más allá del centenario del comienzo de la conflagración que se observa este verano, pero algunos historiadores ya consideran que la neutralidad oficial mantenida por España entre 1914 y 1918 acabó perjudicando a un país que entró en el siglo XX ya con cierta desventaja respecto a sus principales rivales europeos, después del desastre colonial de 1898, y con una alternancia democrática que era poco menos que una farsa.

Insistir en una neutralidad ficticia llevó a España al aislamiento, socavó el sistema político (seis cambios de gobierno en cuatro años) y aumentó una inestabilidad que derivó en la primera aflicción dictatorial del siglo XX. And the rest, como decimos en inglés, is history. Bueno, las hipótesis elaboradas a partir de un momento histórico en que se ha elegido tomar una senda en vez de otra nunca pueden ser más que eso: simples hipótesis. Pero es interesante imaginar otra historia; la de una España que, después de decantarse firmemente por apoyar a Francia y Gran Bretaña en la guerra, participara activamente en la paz como respetado miembro del club europeo.

¿Por qué no pudo el Rey Alfonso XIII lanzarse en apoyo de la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia) ya que los dos primeros eran sus principales socios comerciales durante la guerra, un comercio que, por cierto, acabó por eliminar la deuda externa histórica de España? Según explica Fernando García Sanz en su libro España en la Gran Guerra (Galaxia Gutenberg), una nueva e impopular aventura colonial tenía mucha culpa en esta indecisión española: "Los intereses de España en Marruecos vinculaban a nuestro país a las relaciones intraeuropeas, se persiguió la política de aislar el problema de otras posibles implicaciones que terminaban siempre en el enfrentamiento franco-alemán". La insistencia u obsesión en "aislar" el problema tuvo el efecto de aislar a España de forma permanente; se quedó mirando primero qué iba a hacer Italia, y luego tardando demasiado en ponerse de lado de la Entente. Al final no tuvo nada que ofrecer a los ganadores, ni siquiera se tenían en cuenta las gestiones humanitarias de Alfonso XII relacionadas con los prisioneros de guerra.

Sería inhumano desear que las vidas de miles de españoles hubiesen acabado siendo engullidas por las trincheras y mares de alambre espino que dividieron muchas zonas de Europa y más allá, pero la guerra que libró el Gobierno de Madrid y Alfonso XIII para mejorar la situación de España en el mundo acabó fracasando por insistir en mantenerse neutral hasta el final. Fue una suerte que España no se viera involucrada en la matanza desde el primer momento, libre como estaba de las alianzas que llevaron a tantos millones de soldados a la muerte, mientras los generales debatían sobre cómo contrarrestar la superioridad de la ametralladora. En esta versión geopolítica de Las amistades peligrosas, Italia, por ejemplo, debería haber entrado en la guerra en 1914, junto a Alemania y Austria-Hungría. Pero el Gobierno italiano rehuyó la obligación de ayudar a sus socios de la Triple Alianza y, después de negociar en secreto con Francia y Gran Bretaña, se puso del lado de la Triple Entente en 1915. Hay que decir que se arruinó económicamente y tampoco pudo conseguir todas sus ambiciones territoriales en la división de ganancias de Versalles, pero España quizá lo tuvo más fácil que Italia. De haberse aliado con Francia y Gran Bretaña, no habría tenido que defender una sangrante frontera terrestre, como lo tuvo que hacer Italia contra los austriacos.

España, que se iba reponiendo económicamente gracias a la exportación de minerales y víveres, entre otras cosas, tenía que defender sus aguas, sus puertos y sus costas. ¿De quién? De los submarinos alemanes. Viendo que la neutralidad de España no impidió que esta nación diera mejor trato comercial a los poderes occidentales, los alemanes dejaron de respetar la supuesta imparcialidad de Madrid, más allá de sus injerencias internas en la guerra de los espías, como queda bien documentado en España en la Gran Guerra. Después de realizar muchos ataques que incidieron negativamente en la marina mercante española, durante los primeros dos años y medio del conflicto, el 31 de enero de 1917 Alemania declaró la guerra submarina sin restricciones, con la que pretendía limitar drásticamente el tráfico marítimo en las aguas de alrededor de España, Gran Bretaña, Francia e Italia.

Para los aliadófilos esto representó la gota que colmó el vaso: ¿cómo no alinearse ya con Gran Bretaña y Francia frente a la tiranía de Alemania? Pero los germanófilos y los que querían evitar que España se viera involucrada de forma directa en la guerra mostraron una tolerancia infinita frente a la agresividad alemana. Y contaban con apoyos diplomáticos, políticos y en la muy dividida prensa española. En resumen, después de la virtual declaración de guerra con el aviso de ataques indiscriminados de los submarinos alemanes, se canceló un acuerdo naval con Gran Bretaña y Francia, el liberal conde de Romanones fue depuesto de la presidencia del Gobierno, y las autoridades españolas permitieron que el submarino UC-52 se hiciera de nuevo al mar después de repararse en el puerto de Cádiz. Una disputa parecida sobre buques alemanes incautados por las autoridades portuguesas llevó a Alemania y a Portugal a declararse la guerra mutuamente en 1916. No ocurriría lo mismo en España.

Desilusionados con la actitud de Madrid y de un rey que no parecía capaz de elegir bando, a partir de principios de 1917 los aliados decidieron organizarse mejor dentro de España por sus propios medios. Utilizando sus embajadas, relaciones comerciales y la base británica de Gibraltar (reforzando la importancia del Peñón para los intereses británicos), Londres, París y la administración de EEUU, una vez que entró en guerra con Alemania, mejoraron su cooperación en el espionaje y en el suministro de materiales. Pese a las aspiraciones de Alfonso XIII de desempeñar un papel relevante en los acuerdos de paz una vez derrotados los poderes centrales, España se queda fuera de la fiesta aliada. Francia manda sus "agradecimientos" al rey a la vez que alerta a la comunidad internacional de que "sólo hay un 'Protectorado' en Marruecos, que es el de Francia". Un documento del Ministerio de Exteriores británico declara de España que "no hay otro país que haya sufrido menos los estragos de la guerra". Al final, España ni siquiera fue invitada a la Conferencia de Paz de París de 1919. Dos años después llega la derrota estrepitosa frente a los rifeños marroquíes en Annual, seguido por el golpe de estado de Primo de Rivera. Había comenzado el medio siglo de amargura y aislamiento que solo terminaría con la muerte de Franco.

Fotos de la Primera Guerra Mundial

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