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Puedo saborear las palabras y los sonidos, literalmente, y no lo cambiaría por nada

Como sinestésico, "cuando era niño escogía a mis amigos según el sabor que me provocaban sus nombres".

18/10/2017 07:36 CEST | Actualizado 18/10/2017 07:36 CEST
PublicDomainPictures via Pixabay

La compleja y azarosa extravagancia del genoma humano me ha dotado de un cerebro programado de tal forma que cada sonido que oigo lo percibo con un sabor y una textura particulares. Al igual que no se puede "apagar" el sentido del olfato, yo no puedo apagar este peculiar sentido del gusto, que es perfectamente real en mi boca.

La influencia que tiene en mi vida diaria es muy difícil de describir, dado que se trata de algo con lo que he vivido desde que tengo memoria. Para mí, es algo tan normal como respirar. O como tener olfato. Percibir sonidos sin saborearlos me resultaría antinatural y seguramente alteraría la percepción que tengo de mi entorno de un modo que no podría definir como positivo.

Antes de intentar describir cómo sucede, querría señalar que este peculiar sentido del gusto puede hacer de mi día a día una experiencia deliciosa, pero también peligrosamente cargada de distracciones.

Aprender otro idioma es una completa pesadilla, pero conocer la distribución de una ciudad es una tarea muy intuitiva. Evidentemente, mi relación con la comida no puede ser la misma que tiene el resto de la gente, y las reuniones sociales suelen ser una experiencia multisensorial con resultados sorprendentemente impredecibles: tan pronto pueden ponerme de mal humor como me pueden alegrar la noche. Mi capacidad a veces también me ha conducido a malas decisiones, pero, en general, me da más gozo que molestias.

Si mi perro ladra, noto el sabor y la textura de la crema pastelera.

Así funciona: cuando oigo un sonido, noto un sabor en la boca. Si mi perro ladra, noto el sabor y la textura de la crema pastelera. La palabra "like" tiene el mismo sabor y textura que un yogur denso y cremoso. El nombre "Martin" tiene un sabor complejo no muy distinto de las tartas Bakewell. Las voces de la gente también tienen su propia textura. Lo mismo pasa con la música.

Esta corriente de sabores es como un eterno goteo en la lengua, en el que algunas gotas son más intensas que otras y todas se solapan con la anterior. A veces pasa como con las luces fluorescentes: se encienden de repente pero, cuando se apagan, el brillo va desapareciendo poco a poco. Si el sabor es especialmente intenso, tarda un tiempo en irse. Si es un sabor suave, desaparece casi al instante para ser sustituido por el siguiente. Y así todos los días, a todas horas.

Creo que el primer recuerdo que tengo de saborear el sonido fue cuando tenía unos cuatro años y medio, cuando mi madre me llevaba a la guardería en el metro de Londres. Por entonces yo estaba aprendiendo a leer y escribir y recuerdo que me gustaba leer el nombre de las estaciones por las que pasábamos; cada nombre de estación tenía su propio sabor. Como no me sentía raro ni diferente por saborear los nombres, creo que no se lo dije a nadie hasta muchos años después.

Cuando era niño, escogía a mis amigos según el sabor que me provocaban sus nombres. Cuando crecí, apliqué la misma estrategia para las novias, ya que el sabor de su nombre me resultaba tan atractivo como una personalidad deslumbrante o una sonrisa bonita. Para mí, formaba parte de la ecuación de la atracción, y no una parte cualquiera, he de decir. Salí con una mujer cuyo nombre tenía el sabor y la textura del pan tierno. Otra me sabía a golosinas líquidas. Incluso probé suerte (gran error de juicio) con una que me provocaba el sabor y la textura del hojaldre.

Amplía aquí el mapa de sabores de James en el metro de Londres.

Mi hogar, el color de mi ropa, el lugar que elijo para pasar las vacaciones y hasta mi equipo de fútbol favorito tienen vinculadas sus propias texturas y sabores.

¿Me tomaría la "cura" si existiera? Casi seguro que no. Forma parte de mí y no sé si podría manejarme por la vida sin ese sentido. ¿O es que a ti te gustaría desprenderte de tu olfato solo porque a veces captas malos olores o porque te abruma estar siempre oliendo cosas?

Ahora mismo estoy resfriado y no percibo olores y sabores "reales". Después de tantos años, sigue siendo una sensación extraña: como no puedo saborear la comida ahora mismo, los sabores involuntarios no tienen competencia, así que tienen el control absoluto. Puede llegar a ser tedioso y molesto.

Quizás te preguntes de qué me sirve. ¿Es una evolución genética o una desventaja? Sinceramente, mi particular sentido del gusto no tiene ninguna aplicación útil más allá de ayudarme a memorizar cosas o hacer que la música me sepa deliciosa.

Cuando empecé a intentar averiguar por qué los sonidos me provocaban sabores, tuve que superar un montón de trabas para que los médicos me tomaran en serio. ¿Qué podía ganar alguien inventándose algo así? Al final, fui el primer sujeto en ser analizado por mi particular sentido del gusto (un tipo de sinestesia) y el estudio salió publicado en varias revistas científicas. Es gratificante que tus resultados se utilicen para ayudar a la neurociencia a abrir nuevos caminos sobre cómo el cerebro humano percibe el mundo y las múltiples y genuinas maneras que hay de procesar toda esa información. Fascinantes ideas sobre las que reflexionar.

Por cierto, "Huffington Post" tiene el sabor y la textura de un filete fino y ahumado de ternera sobre una tostada gruesa de pan blanco.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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