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Queridos padres: dejad de rescatar a vuestros hijos

Publicado: Actualizado:
NIO RABIOSO
JANIE PORTER
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(Por si alguien se lo pregunta, esta foto es de nuestro hijo mayor, justo después de que le quitáramos el disfraz de Batman por lanzarle un juguete a su padre).

"Si nuestros hijos no se caen, no aprenden a levantarse".

Eso le decía a una amiga en una tarde de un jueves cualquiera en el parque.

Mi amiga me estaba poniendo al día sobre el drama de enseñar a su hijo a usar el orinal y los últimos cambios en preescolar.

Y a medida que su historia iba avanzando, ambas seguíamos con la mirada a una madre estresada que iba persiguiendo a su hijo por el parque.

Subía las escaleras.

Se quedaba esperando debajo del tobogán.

Merodeaba por los columpios.

Seguía cada movimiento de su hijo para que no diera un mal paso y se cayera. (Su hijo de cinco años, que sabía hablar, andar y correr perfectamente).

Evidentemente, todos hacemos las cosas de formas diferentes, y no me cabe duda de que esa madre estaba haciendo exactamente lo que necesitaba hacer.

Pero a mí me parece necesario hacer un alegato a favor de no coger a nuestros hijos antes de que se caigan.

Porque si nunca dejamos que nuestros hijos se caigan, nunca aprenderán a levantarse.

Ya sea en el parque o en la vida.

Según mi experiencia, cuando experimentamos el fracaso (cuando lo experimentamos de verdad), aprendemos a solucionar los problemas.

¿Lo habéis oído?

Los solucionamos.

De hecho, normalmente los solucionamos de una manera mejor.

En el proceso solemos experimentar la humildad.

Crecemos. Aprendemos. Somos más compasivos.

Pero sin ese fracaso inicial, es imposible que se inicie esta hermosa reacción en cadena.

De hecho, en los últimos cinco años que llevo siendo madre, me he dado cuenta de que dejar que mis hijos experimenten el fracaso es la mejor herramienta que tengo para educarlos.

Así que dejo que mis hijos se caigan.

Dentro de lo razonable, dejo que mis hijos se hagan daño.

Y a veces (abróchense los cinturones) incluso dejo que se sientan solos ante el peligro.

El otro día, estaba yo cuidando de seis niños en mi casa (como parte de un método cooperativo que hemos organizado para cuidar de los niños del vecindario) y mi hijo mayor empezó a comportarse de forma agresiva e irrespetuosa con los demás niños.

Evidentemente, intenté detenerle.

Le corregí verbalmente. Le separé del grupo. Le dije que pensara en lo que había hecho. Incluso le di un azote.

Pero nada funcionaba.

Hasta que, al final, uno de los niños le dijo: "No queremos jugar más contigo".

Y los demás le dieron la razón.

Mi hijo intentaba volver a meterse en el círculo. Iba de un lado para otro del círculo para ver si algún niño le dejaba integrarse. Lo pidió por favor. Y se fue a su habitación a buscar un juguete nuevo que ofrecerles.

Pero era demasiado tarde.

"No, no queremos jugar contigo porque estabas siendo malo".

Mientras veía cómo se desarrollaban los acontecimientos, mi primer instinto fue pedir al grupo de niños que incluyeran a mi hijo.

Pero entonces me di cuenta de que si hacía eso estaría privando a mi hijo del aprendizaje más importante que existe: el de experimentar las consecuencias naturales de sus actos.

Cuando se me acercó llorando, le abracé. Y supe exactamente qué decirle.

"Si eres irrespetuoso y agresivo con los demás, no van a querer jugar contigo. Prueba a ser bueno y amable y a ver si te incluyen otra vez", le dije suavemente al oído.

Así de fácil fue.

Resultó que mis castigos y mis correcciones verbales no le llegaron ni a la suela de los zapatos a la sensación de exclusión que mi hijo experimentó como consecuencia natural de portarse mal con los demás.

Había aprendido la lección.

Y lo único que tenía que hacer yo era dejar que las cosas avanzaran por sí mismas.

Recuerdo perfectamente un día en el que a mi madre se le olvidó venir a recogerme al instituto. Soy la mayor de cuatro hermanos, y no me cabe duda de que tuvo un día duro con los demás y se le olvidó por completo. Después de una hora esperando en el instituto, recorrí casi 5 kilómetros andando y, cuando llegué a mi casa, abrí la puerta llena de ira, entré en la cocina y le grité a mi madre que se había olvidado de mí.

Esa misma noche, mi padre me dijo que ya no me iban a llevar al instituto en coche. Yo pensaba que mi madre me llevaría aun así, pero a la mañana siguiente se negó. El curso estaba acabando y, como alumna de sobresalientes que era, en época de preparar las solicitudes para las universidades, llegar tarde no era una opción. Para mí, perderme esos exámenes habría supuesto el fin de mi vida académica. Se lo supliqué a mi madre. Le dije que me estaba arruinando el futuro y todo por lo que yo me había esforzado. Pero ella siguió en sus trece y, ese día, fui andando al instituto. Y me perdí los exámenes.

Mi madre no vino a rescatarme del fracaso. Me dejó sufrirlo.

Me dejó buscarle solución.

Me dejó aprender.

Y ahora que soy madre me he dado cuenta de que quiero que mis hijos experimenten el fracaso porque es la manera de aprender, de crecer y de pensar con una perspectiva diferente. Es la forma de educarnos para aprender qué está bien y es respetable y qué no lo es. Así es como nos convertimos en personas responsables y compasivas.

Caer nos hace mejores. Porque aprendemos a levantarnos.

Rescatar a mis hijos no es mi función.

Mi función es la de querer a mis hijos cuando sufran por las decepciones de la vida y darles las herramientas que necesitan para solucionar los problemas por sí mismos.

Así que, la próxima vez que quieras salvar a tu hijo de perder el autobús, de rasparse las rodillas o de que su ego salga herido, recuerda que es posible que le estés privando de la mejor lección que podría recibir: el poder de saber que sus actos tienen consecuencias y que es el responsable de las decisiones que toma.

Educa a tu hijo para que vaya por el camino adecuado. Cuando se equivoque a lo largo del camino, quédate al margen y disfruta de que tienes un asiento en primera fila para verle crecer, aprender y pensar desde otras perspectivas.

La exreportera nominada a un Emmy Janie Porter es la creadora de la página web She Just Glows y ahora no trabaja y se queda en casa para cuidar de sus tres hijos, todos menores de 5 años. Síguela en Facebook e Instagram si quieres seguir leyendo más publicaciones sobre paternidad imperfecta y sobre encontrar tu brillo interior.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.