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En 2017, 70 años después de su publicación, habrá que combatir 'La peste'

23/01/2017 07:22 CET | Actualizado 23/01/2017 07:22 CET
AFP

"Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza".

Cuando Albert Camus termina de escribir La peste, en 1947, Europa y el mundo acaban de librarse de la plaga de los años de guerra. El horror de la Segunda Guerra Mundial traumatizó a la sociedad y a los artistas les costaba salir de la brutalidad para devolver al Hombre su huella positiva. ¿Cómo ser humanista después de asistir a la destrucción metódica y organizada del Hombre por el Hombre? Camus lo consigue. Resulta profundamente humanista reflexionar sobre la condición humana y analizar los contornos, los reflejos, las finalidades e incluso los límites.

Si admiro tanto a Camus es porque, más que analista de su tiempo, es también un filósofo de la condición humana. Si se simplifica, se puede -pese a todo- entender el espíritu de su pensamiento. Con su ciclo del absurdo, demuestra que es imposible dar un sentido humano -fuera de las religiones- a su vida. Con su ciclo de la revolución, muestra cómo superar esa absurdidad de la existencia comprometiéndose con ella. Hay que conocer su destino fatal para afrontarla y rebelarse con sus actos contra la muerte y la injusticia. Desde ahora, si bien esta tribuna es una advertencia, también pretende ser (sobre todo) una esperanza y una incitación personal a la rebeldía.

Como la peste es una plaga, 'La peste' es una esperanza

A través de su crónica de una epidemia de peste en Orán en los años 40, Camus representa otra forma de encarcelamiento: la ocupación de Francia por los alemanes esos mismos años. Simbolizando una desgracia humana con una desgracia natural, trata de analizar las situaciones y las reacciones de los personajes frente a las dificultades. No obstante, al contrario que en El extranjero, donde Meursault se hunde en el absurdo hasta su muerte, La peste es una esperanza. La mayoría de los personajes lucha contra esta plaga. En la obra, todos van implicándose cada vez más en ello: desde el doctor Rieux, que tenía todos los motivos personales para irse y, sin embargo, se queda para cumplir su deber, hasta Tarrou, que cree profundamente en el Hombre, pasando por Rambert, que, con todo, resiste. La imagen del colaborador no se omite con el personaje de Cottard, que tiene mucho interés en ver perdurar la peste, una actitud que Camus aplasta ante el muro del interés general y de la revuelta contra la injusticia. "Puede servir para hacer crecer a algunos. Entretanto, cuando se ve la miseria y el dolor que comporta, hay que estar loco, ciego o cobarde para resignarse a la peste".

¿La vuelta de la peste?

Las implicaciones políticas de La peste son enormes y atemporales. Ese es el motivo por el que quise hacer este análisis contemporáneo. Este libro es una advertencia de Albert Camus a las generaciones futuras, a nosotros. El final de la obra es, desde este punto de vista, totalmente revelador:

"El bacilo de la peste ni muere ni desaparecerá nunca, puede estar durante años dormido en los muebles o en la ropa [y] llegará el día en que, por desgracia y por el conocimiento de los hombres, la peste despertará sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz".

Mi idea no consiste, para nada, en hacer una comparativa simplista al estilo de la ley de Godwin. Lo que quiero es demostrar cómo la vigilancia debe ser permanente y cómo somos responsables de mantener la llama de la conciencia y del rechazo de la indiferencia. Estamos reconstruyendo poco a poco, casi metódicamente, los pensamientos y los reflejos que llevaron a la destrucción de la humanidad. La palabra 'xenófobo' se libera sin ningún problema; los pueblos eligen a populistas que meten el dedo en la llaga, en lugar de hacer por curarlas; los países prefieren irse en vez de reformar las organizaciones que fueron construidas para la paz; los Estados miembros de la Unión Europea, como Hungría y, más recientemente, Polonia, conocen derivas peligrosas; la barbarie totalitaria hace estragos en todo el mundo y algunos responden al odio con más odio, lo que deberíamos aceptar sin decir nada; Alepo se ha convertido en la nueva tumba del humanismo inherente al hombre; y en general la sociedad parece derivar de nuevo hacia una voluntad de unicidad y de conformismo peligrosa para la riqueza presente en cada uno que tiene por estandarte manifestaciones religiosas en el centro de un espacio público donde deberían estar prohibidas.

Al principio de este texto, evocaba los dos ciclos de Camus. No hace falta precisar que la novela analizada forma parte del ciclo de la rebeldía. La peste es un ejemplo de una salida positiva cuando el hombre supera su condición comprometiéndose con su vida. La muerte y la injusticia son, sin embargo, omnipresentes. Pero lo que importa es el carácter, la audacia, la resistencia. Quizá estemos en los albores de la peste. Los políticos deben entender el desafío. Si se entretienen demasiado en lo que la gente quiere oír, es fácil que se olviden de actuar. No obstante, el sufrimiento es un mal consejero: conviene más tratarlo que mantenerlo.

"Hay algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio", "la única forma de reunir a la gente es enviándoles de nuevo la peste". Son dos citas de la obra que cimientan nuestros motivos para la esperanza. La situación es esta, pero ante la idea cómoda de un declive predestinado hemos de optar por la vigilancia razonable, el compromiso desinteresado y la revuelta permanente.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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