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¿Están preparadas nuestras instituciones básicas ante un ciberataque?

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Foto: Getty Images.

El pasado viernes 21 de octubre distintas empresas de tanto relieve como Spotify, NYT o Twitter sufrieron un ataque que las dejó paralizadas. Casi knockout. Las explicaciones que ofrecieron del asunto distintos medios de comunicación y, sobre todo, distintos expertos eran para ponernos los pelos de punta. Incluso aunque no las entendiéramos -o tal vez por ello- estaban lejos de tranquilizarnos. Parecía que la Tercera Guerra Mundial había empezado; pero a través de nuestros cables sujetos a la red y nuestros aparatos más próximos: el ordenador, la impresora y cosas así.

Se hablaba de que sólo había sido una especie de prueba, de entrenamiento, y que el próximo podría ir contra instituciones como hospitales o bancos. A partir de ahí, la imaginación se dirigía hacia el apocalipsis.

Hasta ahora, la mayor parte del imaginario apocalíptico del cine o la literatura ponía como catástrofe originaria un desgraciado accidente nuclear, un ataque extraterrestre o una gran avería climática. Pocas veces era el producto de un ataque cibernético en el que los zombies resultantes del mismo habían sido producto de unos zombies digitales que, armados con afán destructivo infinito, habían dormido en nuestros electrodomésticos hasta que alguien -no se sabe quién- los despertó.

Sí. Será el apocalipsis si logran alcanzar instituciones como, por ejemplo, la Seguridad Social o Hacienda. Podrían desaparecer los datos y nadie cobraría su pensión, porque habría desaparecido de la documentación. Cada uno tendría que demostrar todo lo que había cotizado durante todos sus años de vida laboral. ¡Casi nada! Desde luego que se solucionaba el problema del acelerado adelgazamiento de la caja de las pensiones; pero de la peor forma posible. Lo mismo podría pasar con Hacienda, aun cuando aquí, bastantes podrían salir beneficiados.

Eso hablando de instituciones públicas que, al menos, parecen cibernéticamente seguras. Al menos, eso espero. Pero pensemos en otras, como nuestras universidades. Supongamos que un ciberataque borra toda huella de los archivos universitarios: ¿cómo se podrá mostrar quien tiene el título para ejercer una profesión, si antes no ha tenido la ventura de conseguirlo en el viejo papel? ¿Tendrá que ir, profesor por profesor, solicitando que le recordara su paso por las aulas hace ya cinco, diez o quince años?

Todo lo anterior tal vez no sea suficiente para generar esos lúgubres escenarios catastrofistas; pero piensen en un ciberataque al sistema financiero, a cada uno o la mayor parte de los grandes bancos. Un borrado de nuestros ahorros o de nuestras inversiones. Tal vez también de nuestras deudas; pero los bancos ya se han encargado de que nuestras deudas mayores, que son de origen hipotecario, queden bien registradas -negro sobre blanco- ante un notario. Incluso podría ocurrir que se borrase lo que hemos ido amortizando de la deuda, quedando sólo el registro del origen total de la misma, el acto en el que entregamos la garantía de nuestra casa. ¿No suena un poco extraño que las deudas que tenemos con los bancos quedan inscritas en papel y que las que tienen los bancos con nosotros, a partir de los depósitos, sólo estén sostenidas por una evanescente pantalla de un ordenador posiblemente lleno de zombies digitales? A partir de aquí, se recomienda imprimir periódicamente. Por si acaso.

No parece nada descabellado que los grandes criminales, esos que producen y a los que llegan grandes cantidades de dinero negro, estén planeando un ataque como el del 21/10 contra los bancos. Al fin y al cabo, qué es el dinero negro sino el dinero no registrado. Imposible identificar un billete de moneda circulante de dinero negro, de un billete de dinero blanco. Son iguales. La diferencia es que el dinero blanco es el registrado y, por lo tanto, visible y del que puede seguirse el trayecto. Pero ¿qué ocurriría si desapareciera el dinero blanco por un borrado masivo de los registros bancarios? Todo el dinero sería negro o, lo que es lo mismo, todo el dinero podría empezar a ser blanco con tal de que se muestre en billetes.

Podría seguirse el dibujo apocalíptico con lo que se derivaría de ataques a los centros de gestión del agua, del fluido eléctrico, de las distintas energías, del tráfico y, en general, de todo lo que fluye y circula y nos hace vivir. La sociedad líquida, de la que nos habla Bauman, parece enormemente expuesta. Especialmente si la comparamos con las sociedades sólidas.

Se trata sólo de escenarios que, supongo, los distintos responsables de seguridad habrán previsto y que, por lo tanto, no hay motivos para preocuparse. Todo está controlado y sería mejor dejar todas estas paranoicas pesadillas. Pero antes de la crisis bancaria también nos dijeron que teníamos uno de los sistemas financieros más sanos del mundo y cosas así. Y ya ven lo que pasó.