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La dignidad en la protesta

15/03/2013 08:31 CET | Actualizado 14/05/2013 11:12 CEST

En lo que llevamos de año, se han desarrollado en Madrid más actos de protesta que en todo el año pasado, que, a su vez, estuvo caracterizado por la movilización continua. Fue el año de las mareas, cada una con su color y su campo reivindicativo específico. El de los indignados, tendiéndose a acentuar que son movilizaciones contra tal o cual institución -la política, los mercados- cuando tal vez habría que dejar entre paréntesis tal relación entre medios (protestas) y fines (demandas, la reivindicación) para entender su propagación. Son movilizaciones conscientes de que las demandas no son factibles en lo inmediato y que su futuro tiene un horizonte a largo plazo. Y tal vez por ello son más reales de lo que las críticas que se lanzan sobre su utopismo dejan ver. Ahora bien, el rendimiento de las mismas no está en el futuro, ni a corto ni a largo plazo. Se encuentra en el presente. En el propio hecho de la protesta, en la participación en las movilizaciones, en la recuperación del protagonismo por parte de la ciudadanía.

Si la cairota plaza Tahrir (o de la Liberación) se convirtió en icono de la reivindicación de democracia, modernidad y justicia de sociedades que querían convertirse a la ciudadanía, que precisamente demandan liberación; la madrileña Puerta del Sol lo fue del cansancio y hartazgo de la forma de vivir en las sociedades occidentales. La primera fue un también somos de este mundo. La segunda, un estamos hartos de este mundo que nos maltrata y, además, nos exige que lo reivindiquemos como el mejor mundo de los posibles (... y, además, apaleados). Como dice Plá, nos dimos cuenta que nuestra vida es una mierda. Y nos lo contamos.

Pero todavía faltan explicaciones contundentes que nos digan por qué Madrid o España, a la que inmediatamente siguió Nueva York (Occupy Wall Street). Después otras ciudades estadounidenses y capitales de la cultura occidental. Hasta llegar a la gran movilización planetaria del 15 de octubre de ese año 2011. El porqué de estos lugares como sitios donde se prendió la mecha es aún confuso. Tal vez haya que mirar a las propias historias de movilizaciones. Es posible que descubramos que no hay tanta distancia entre las marchas contra la intervención en Irak y las acampadas de ahora.

Algunos analistas, como el brillante Manuel Castells (Redes de indignación y esperanza), engloban en un mismo paquete, en una unidad, las revueltas de la primavera árabe y las acampadas urbanas occidentales. Es cierto que tienen procedimientos comunes, como el uso de Internet y las comunidades digitales para las convocatorias. Sin embargo, sus motivos e incluso sus "enemigos" son distintos. Las de esta parte del mundo movieron a una ciudadanía no tanto por insuficiencias materiales, aun cuando la precariedad creciente haga estragos, como por carencias espirituales. No se exige pan sino razón y respeto, frente al desprecio de las elites económicas y políticas. Es cierto que parece que tampoco las de los países árabes estuvieron empujadas por demandas materiales; pero su proyección política inmediata era más evidente, buscando cambios de gobiernos y de sistema político.

Tampoco creo que haya sido la crisis económica y sus penurias la que ha movido a la protesta. A lo sumo, puede decirse que ésta ha alimentado un fuego que ya estaba ahí. Es más, sostengo que lo que en buena parte empujó y empuja las protestas en España -y tal vez en otros países occidentales- es la lucha contra la culpabilización de la crisis y el enfrentamiento al uso que se está haciendo de tal culpabilidad.

Aquí, el país donde está la Puerta del Sol, se decía -y se sigue diciendo- que la crisis es producto de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Encima de víctimas, culpables. Culpabilizados para convertirnos en víctimas dóciles, tan silenciosas como los corderos a los que van a degollar. Y, así, en todos los sectores que se han movilizado. Del deterioro de la enseñanza pública, en todos sus niveles, se culpa a los profesores y maestros y se deteriora su imagen diciendo que son unos vagos que trabajan poco. Mientras tanto, nada se dice de cómo en los centros privados se compran los aprobados y los títulos por los clientes. El precio está en la matrícula.

En el saqueo de la sanidad pública, se culpabiliza a los profesionales de la salud y se dice que son unos ambiciosos acumuladores de horas extraordinarias, cuando están entre los peores pagados de Europa. Mientras tanto, se hacen de oro en la sanidad privada atendiendo a los pacientes desviados desde la sanidad pública. Eso sí, con profesionales bastante peor pagados y formados, porque no pasaron por las pruebas que tuvieron que pasar los profesionales del sistema de salud público. Alrededor de unos médicos reconocidos -y formados en su gran mayoría por las universidades públicas españolas- y bien pagados en las clínicas privadas, se extienden equipos de profesionales en situación de estrés continuo. Es fácil adivinar quiénes se ocuparán del cliente que acude por el canal de pago, en dinero o simbólico, como ocurre con el rey, y quienes lo harán del paciente derivado de la sanidad pública.

Los parados se convierten en culpables de su situación, de haber estado trabajando fielmente en la misma empresa, sin preocuparse por formarse y buscar otras más solventes o convertirse en prósperos emprendedores autónomos. Sobre las pensiones públicas, ya verán, nos dirán que no hay dinero y que la culpa la tenemos nosotros por envejecer a la vez los de una misma generación, la del baby boom, como si esto hubiera venido de repente y no durante los años y años de cotización.

Las protestas surgen como actos simbólicos que lo primero que reclaman es razón y dignidad, más allá de las exigencias materiales. Por ello, son eficaces desde el primer momento. En primer lugar, para quienes se movilizan. No es cierto que no sirvan para nada. Al menos, sirven para poder seguir mirándose en el espejo.

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