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Las fronteras de la élite de la transición

22/09/2013 09:55 CEST | Actualizado 21/11/2013 11:12 CET

Todavía seguimos con la fiebre por la derrota olímpica en Buenos Aires. Parece que, tras la depresión general, estamos ahora en la reacción, más afectiva que analítica, que pide responsabilidades y descubre una larga lista que conformaba la comitiva de la corte olímpica.

Estaremos atentos al siguiente paso. Soy de los que creo que la exposición pública y televisada de la candidatura nada tiene que ver con la decisión -siempre oscura decisión- que tomaron los miembros del Comité Olímpico Internacional, y que estaba todo el pescado vendido antes de que se tomase la palabra en tal acto. Aún así, la representación es importante. No tanto por lo que tiene de espectáculo, más bien poco, hay que reconocerlo; sino porque se representa a una sociedad, a una comunidad. Fue de esas ceremonias en que las élites vienen a representar a todo el cuerpo social, por muchas resistencias que haya en tal cuerpo o personas que no se sintiesen representadas. A los ojos del mundo, la representación se produjo. También ante los ojos de los españoles y los madrileños, los más directamente representados.

Se ha criticado y, sobre todo, se ha reído la capacidad oratoria y lingüística de quienes pusieron la propuesta en la tribuna de viva voz. El choteo sobre el inglés de algunos ha sido generalizado. Seguramente no tendrían que haber intervenido o, de ser imprescindible tal intervención, la deberían haber hecho en su lengua materna. De algunos, pero no de otros, a los que incluso se ha elogiado.

La principal diferencia entre unos y otros es la edad, que es casi lo mismo que decir que la diferencia está en la sociedad recibida e incorporada, pues aquí no se trata de cuestiones físicas o corporales. En la representación, se produjo una clara escisión entre los de mayor edad y los jóvenes, estando los cincuenta años como límite entre unos y otros. Problemas para los más mayores, facilidad para los que aún no habían alcanzado esa edad. Todos sabemos a quién me refiero en uno y otro grupo, estando el lugar medio ocupado por el Presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, tal vez haciendo de bisagra porque tiene una edad bisagra.

Aun cuando se trate de parte de su élite, la generación que tiene ahora entre poco más de cincuenta años y setenta años fue la que básicamente protagonizó la transición. Dado el cambio político, sustituyó pronto y joven a la generación anterior. Basta con recordar la imagen de la mayor parte de los políticos de la transición: jóvenes profesionales y docentes, jóvenes políticos venidos de la universidad, cuando -a pesar de la despectiva sentencia de masificación de las aulas universitarias en los años ochenta- apenas el 6% de los españoles tenía título universitario. Aún una minoría. Como era también una minoría la que salía fuera, al extranjero, o la que aprendía idiomas, con un sistema educativa estructuralmente deficitario en tal cuestión. Minorías que, tal vez, no alcanzaban a las élites. Hace cuarenta años, el déficit de nuestras élites en el manejo del inglés no nos hubiera generado tanta perplejidad.

El problema es que esa generación, que llegó joven al poder, todavía sigue en el mismo. Las mismas caras que veíamos hace más de treinta años, con un aire de bisoñez, son las que vemos ahora en un marco de canas. Pero, más allá del rostro, es que, en la medida que han tenido que dedicar sus horas de trabajo a reproducir su estatus de élite, siguen con buena parte de las carencias de la sociedad de la que surgieron. Sin embargo, ahora la sociedad es distinta, como incluso lo ha sido la sociedad en la que se ha formado la élite que ahora empuja a la anterior, la que viene detrás y se encuentra taponada. En la actualidad, el 44% de los españoles entre 30 y 34 años tiene un título universitario. Un porcentaje que es superior al de países como Alemania, por lo que necesita "importar" titulados universitarios españoles. Una sociedad muy distinta, que ha podido salir y que ha podido estudiar inglés u otras lenguas, sin tener que hacer un esfuerzo material desmesurado o salirse de las corrientes centrales de su generación. Era lo que había que hacer en ese momento.

Las élites de la generación de la transición aparecen agotadas, como algo del pasado. Especialmente las políticas. Tal vez por su mayor presencia mediática. Nos parecen "los de siempre" y, ahora, sin capacidades para dar respuesta a los retos actuales. Sin capacidad de respuesta. Pero se resisten a marcharse. Todos los partidos políticos nacionales están liderados por miembros de esa generación que parece haber tocado su límite: Rajoy y Rubalcaba, Cayo Lara y Rosa Díez (de la misma edad, ambos). Sin embargo, si echamos un vistazo a los partidos que más han crecido, como Ciutadans, están liderados por alguien de otra generación.

No se trata de que se vote o siga a la edad, pues hay otros muchos componentes; pero tengo la sensación de que la generación de la transición se ha topado con su límite, y que para sus formaciones políticas puede estar convirtiéndose en un lastre. Tal vez, también para el conjunto del sistema político español, pues hay quien asegura que la duración de la validez de una Constitución hay que situarla alrededor de eso, de una generación.