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Bienvenido, Mr. Odio

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Varios ciudadanos protestan en Nueva York contra Trump. Foto: EFE.

Sí que nos sorprendió. En serio, cuando leáis a esos que dicen que no, que ellos ya lo veían venir y que en realidad Trump tenía muchas posibilidades de ganar, no os lo creáis. Nos sorprendió a todos menos a Michael Moore, y no pasa nada por reconocerlo. Es verdad que la información nos ha llegado sesgada, que todos los medios de comunicación grandes en Estados Unidos -salvo Fox News, y no es precisamente la cadena de referencia en Europa- estaban con Hillary, que las encuestas han vuelto a fallar estrepitosamente y que nos hemos negado a pensar que Trump podía ganar; pero nos hemos equivocado.

La presidencia de Trump llega tras una campaña horrible basada en los sentimientos más bajos y feos del ser humano. Su discurso desde que anunciara su intención de presentarse a las primarias republicanas, cuando no era más que una mera anécdota divertida, se ha basado en el miedo, el insulto, el desprecio, la mentira y el odio.

Trump no será el presidente que pensamos; es probable que sea más pragmático y comedido, y puede que hasta haga cosas buenas. Su relación con Putin, tan ampliamente criticada, puede ser en realidad algo muy positivo para el equilibrio internacional: Rusia y Estados Unidos son dos países condenados a entenderse cuando tienen enfrente enemigos comunes como el Estado Islámico. Pero Trump ha sentado un precedente, apuntado antes por la campaña del brexit: el odio es legítimo. El odio, desde ahora, es un driver del éxito, de la victoria. Despreciar a los demás por su raza, religión, sexo o nacionalidad se ha convertido, de repente, en algo aceptable. Es más, no solo es aceptable, es que es ganador.

Es verdad que el racismo, el machismo y la xenofobia estaban ya antes de Trump, pero no es menos cierto que nadie que haya llegado a gobernar se había atrevido a explotarlos en lugar de combatirlos. La tendencia empezó con la campaña a favor del brexit, basada en cuestiones identitarias, nacionalistas y raciales frente a la campaña a favor de remain, basada en cuestiones únicamente económicas. Lo peor de la victoria de Trump es que partidos extremistas a lo largo y ancho de Occidente han visto la senda de la victoria. Ya no tienen que esconder nada porque ahora están del lado ganador. Lo veremos en las elecciones de Holanda o de Francia.

Lo peor de Trump no será su ejercicio de la presidencia sino el legado que ya deja su campaña.

Hillary Clinton tenía todo a favor: su partido lideraba, creíamos, la comunicación política y el arte de la campaña en todo el mundo; contaba con el apoyo de todos los medios de comunicación y de la élite cultural, social y artística de Estados Unidos; contaba con el favor del establishment e incluso de una parte del Partido Republicano. Frente a un GOP (Grand Old Party) claramente dividido, el Demócrata parecía un partido que estaba cerrando las heridas de las primarias, la brecha que abrió Bernie Sanders y que ha demostrado ser mucho más profunda de lo que pensábamos. Perdió teniéndolo todo a favor, quizá porque fuera una de las peores candidatas posibles.

La culpa, en este caso, no es ni de la ley electoral -de la que nadie se quejó cuando ganó Obama dos veces- ni de que voten los paletos -que, ¡oh democracia!, tienen el mismo derecho a votar que los demás. La culpa, más allá de los evidentes méritos de Trump, es de una campaña que no ha ilusionado a nadie y que ha convertido en eje central lo que no lo era. Love Trumps Hate, sí; pero quizá así no se responda al malestar y precariedad en los que se encuentran grandes segmentos de la población. Lo peor de Trump no será su ejercicio de la presidencia sino el legado que ya deja su campaña.

La Unión Europea, desnortada, se queda sola en un mundo liderado por fuerzas proteccionistas y partidarias del repliegue urgente al Estado nación; fuerzas que lideran la revuelta global contra la globalización y que hacen del nacionalismo y la identidad los pilares fundamentales de la acción política. Es el caso de Moscú, de Beijing, de Washington y de Londres.

Nuestra Unión Europea, además de sola y con un miembro menos, se encuentra troleada desde dentro por los partidos eurófobos, mucho más cómodos en ese nuevo orden que en el viejo. Nuestra supervivencia está en juego porque las fuerzas nacionalistas y extremistas, con todo, cabían en nuestro mundo; pero está por ver que nosotros quepamos en el suyo. La democracia sale tocada como nunca. Gracias y bienvenido, Mr. Odio.