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Cuando tengamos familia

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Cuando tengamos familia, si es que la tenemos. Entonces llegarán las consecuencias, la parte más divertida de la omnipresente crisis que nos ha convertido, dicen, en la generación perdida.

Piénsalo. ¿Has tenido alguna vez algo mejor que un contrato temporal mal pagado? Seguro que te suena: prácticas no remuneradas, becas que apenas cubren los gastos de transporte y que además te obligan a trabajar como uno más. Con suerte, al terminar, te ofrecen un contrato temporal. Que no da para vivir, pero oye, no me puedo quejar. Que dure lo que dure, si total, ya sabes que si hay que despedir, empezarán por ti: acabas de llegar y eres mucho más barato. Da igual que lo hagas mejor que los demás, da igual que estés mejor formado. Cuando se trata de reformar o ajustar el mercado laboral, asumes que te toca perder, que hay que defender los derechos laborales de tus mayores, aunque tú no los hayas disfrutado nunca.

Oyes lejanamente eso de los minijobs alemanes. El debate mediático sigue planteando si habría o no que implementarlos en España. Tú, claro, te ríes. ¿Mini qué? ¿Qué se han creído que es una beca en una empresa? Eso sí lo sabemos bien: los becarios hoy sustituyen a trabajadores. Un becario no es una persona en formación, es un trabajador al que se le exigen horas y responsabilidades como a cualquiera, pero con una salvedad: cobra 300 euros al mes. Y no tiene derecho a paro ni a vacaciones. Y da gracias, que al menos estás haciendo algo, estás ganando experiencia y no estás en paro. De lo de cotizar mejor ni hablamos, que ya sabemos que nosotros no nos vamos a llegar jubilar nunca. Mira que nos hemos formado, que hemos estudiado. Hemos hecho todo lo que nos han dicho que teníamos que hacer, pero qué le vamos a hacer: nunca hemos ahorrado. Nunca hemos podido ahorrar. Es más, no habríamos podido hacer nada si no fuera por el apoyo de nuestras familias, el auténtico salvavidas que tiene España frente a la crisis.

Pero el tiempo pasa, nuestros padres envejecen y nuestros abuelos también. El momento de dejar de depender de ellos tendría que haber pasado ya, pero seguimos dependiendo de ellos. Es posible, depende de cada uno, que alguien en un ataque de locura transitoria quiera formar su propia familia. Para cuando lo haga, sin embargo, no habrá podido ahorrar, casi seguro que no tiene ningún tipo de estabilidad laboral y el salario, si es que existe, llegará más bien justito a final de mes.

Cuando tengamos familia, si es que la tenemos, no podremos apoyarla como han hecho las nuestras con nuestra generación. Por eso lo peor de la crisis no es ahora: lo peor vendrá cuando nuestros hijos quieran estudiar, quieran vivir fuera y quieran hacer las cosas que sí hemos podido hacer nosotros. Cuando no podamos proporcionarles el colchón económico que hasta ahora ha salvado a nuestro país de la revolución, quizá veamos las cosas de otra manera. A ver si alguien nos lo puede explicar: si trabajar gratis o por poco dinero se está convirtiendo en la normal, si da igual tu nivel de formación, y si además tenemos que conformarnos porque está todo fatal, ¿qué tipo de vida nos espera en diez o quince años? Y si el colchón familiar se desintegra por falta de fondos, ¿qué salvavidas le queda a España?

Cuándo éramos más pequeños, en el fabuloso principio de los años 2000, el mileurismo era el paradigma de la precariedad. Nuestros padres se lamentaban por esos pobres chavales que empiezan ahora, con un sueldo raquítico y pocas expectativas de mejora. Hoy, en cambio, el mileurismo es una especie de sueño, de meta, a la que ni siquiera todos pueden llegar.

Sé que los planes de futuro, para esta generación, suenan a ciencia ficción. Estamos demasiado ocupados haciendo lo que nos exigen los tiempos: reinventándonos cada día, creando marcas personales y abriendo todas las puertas posibles. Como no podemos renunciar a nada, tenemos que ir donde haga falta. Nos va quedando claro que la senda laboral que han recorrido nuestros padres ya no es una opción. Y seguro que abriremos una nueva, quizá hasta sea mejor. O, por lo menos, puede que no termine tan mal. Igual somos capaces de montárnoslo un poco mejor para evitar que nuestros hijos o nuestros nietos se encuentren con una hecatombe como ésta que nos está atizando tan fuerte. Pero mientras tanto, creo, tenemos derecho a sentir vértigo.

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