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Theresa May apuesta por el partido único

19/04/2017 13:34 CEST | Actualizado 20/04/2017 07:20 CEST
EFE

A ver, tampoco nos llevemos a engaños: Theresa May, primera ministra del Reino Unido, ya tenía mayoría absoluta, heredada del espectacular éxito de David Cameron en 2015. En su discurso para convocar elecciones, May dice que la decisión que afronta el país es sobre liderazgo, "una elección entre liderazgo fuerte y estable por el interés nacional, conmigo como primera Ministra, o una coalición débil e inestable liderada por Jeremy Corbyn, apoyada por los liberal demócratas y el Partido Nacionalista Escocés". Unos Libdems que, advierte, "quieren reabrir las divisiones del referéndum". Al UKIP ni lo considera en este marco que quiere dibujar para el 8 de junio: liderazgo, nacionalismo y Brexit duro.

Pero no, en realidad no es eso. De lo que se trata en estas elecciones, al menos para el Partido Conservador, es de asentarse como partido único en Reino Unido, o por lo menos Inglaterra, y aniquilar a la oposición. Los sondeos dan a May una ventaja de unos 20 puntos sobre Corbyn. Ningún sondeo, de hecho, apunta a una victoria laborista. El momento, para los conservadores, parecía perfecto: laboristas bajo mínimos, un Corbyn en cuestión desde dentro y desde fuera que no levanta cabeza y un UKIP al que robar votantes apostando por un Brexit duro apoyado por una enorme e incontestable representación parlamentaria.

Theresa May prefiere dejarse llevar por esos 20 puntos de media que saca en todas las encuestas y el caramelo del poder ilimitado para hacer el Brexit que quiera. Se suma, tristemente, a esa ola nacionalista que recorre el mundo y a la que le resulta especialmente molesta la oposición, la discrepancia, el acuerdo y la democracia pluralista en general. 'Liderazgo', dice; 'partido único', quiere decir: gobernar Reino Unido sin oposición, sin nadie que interfiera en las negociaciones del Brexit y tratando de formar una unidad popular férrea en torno a ella dejará tocada la democracia británica para varios años. Si es que le salen bien las cosas, claro, que en este imprevisible 2017 empezamos a darnos cuenta de lo difícil que es pronosticar resultados electorales.

La gran paradoja que dejan estas nuevas elecciones en Reino Unido es que vuelven a poner a Europa en el centro de su agenda política.

Las cosas pintan bien para May y su apuesta por la hegemonía política. Los conservadores han robado ya el discurso antieuropeo a UKIP. UKIP, partido eurófobo que llegó a ganar las elecciones europeas de 2014 en Reino Unido, ya no tiene Brexit al que apelar. May, que apuesta por un Brexit duro, 'rojo, blanco y azul', ni los considera como rival.

El que sí es rival, o debería serlo, es Jeremy Corbyn y su Partido Laborista. Pero tampoco están en condiciones de plantar batalla. Corbyn ganó las primarias laboristas en 2015 con casi el 60% de los votos. Lo revalidó en el 2016, después del referéndum por la salida de la Unión Europea, tras una fuerte división interna que no ha terminado de superarse. Corbyn ha aceptado Brexit y centrará su campaña en la política social, la educación y la sanidad. Corbyn no parece tener ninguna posibilidad de ganar y amenaza con dejar un legado destructivo para un Partido Laborista que, tras los años de Blair y Brown, fue la referencia política del país. Entonces, al menos, ganaba elecciones.

La incógnita es lo que pasará con los Libdems, liderados por Tim Farron. Los liberal-demócratas, el único partido netamente europeísta en Reino Unido y la última esperanza para los que nos negamos a aceptar un Brexit duro y nacionalista como inevitable, tienen una oportunidad de oro para levantar cabeza y volver a consolidarse como un partido bisagra en la formación de gobierno.

Tim Farron, tras conocer el anuncio de convocatoria electoral, decía que votar Libdem es "evitar un desastroso Brexit duro, mantener a Reino Unido en el mercado único y apostar por una Gran Bretaña abierta, tolerante y unida". Es muy difícil hacer de las elecciones del 8 de junio un referéndum del referéndum. El Brexit está ya aprobado por el Parlamento y ninguno de los dos grandes partidos lo pone en duda. Por eso, los liberal-demócratas articularán el discurso en torno a un Brexit inevitable pero suavizado al máximo. En todo caso, y eso está lejos de la voluntad de May, lo que ocurra en las elecciones francesas y alemanas será determinante para las negociaciones. No es lo mismo una Europa que cuente con Emmanuel Macron en el Elíseo, un europeísta que puede dar un nuevo impulso a la Unión, que una Europa con una ultra como Marine Le Pen deseando destruirla.

La gran paradoja que dejan estas nuevas elecciones en Reino Unido es que vuelven a poner a Europa en el centro de su agenda política. Esa misma Europa de la que tan desesperadamente quieren desprenderse es la que "obliga" a May, dice ella, a convocar elecciones y asegurar una mayoría aún más amplia para poder negociar un divorcio feo, sucio y completamente anacrónico. Reino Unido, dicen, es uno de los campeones de la democracia. Del siglo XX seguro. Del XXI está por ver.

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