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Antártida: treinta años ya de un viejo deseo alcanzado

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Foto de la primera instalación científica española habitada en la Antártida

Una vez que se superó la grotesca astracanada del coronel Tejero de febrero de 1981, España entró en la década de los ochenta con una enorme ansia de modernidad y un gran deseo de poder sentir por fin aquello del ya semos europeos.

Había por delante muchas metas que alcanzar, pero me voy a fijar hoy solo en una, quizá no muy importante pero de gran valor simbólico: disponer de una base propia en la Antártida como las que tenían los países que realmente contaban en la escena mundial.

Resumo los hechos: a principios de 1983 se organizó una expedición artesanal de voluntariosos aficionados a bordo de la goleta Idus de Marzo, que llegó hasta el continente helado. Su gesta consiguió un reportaje en El País Dominical de 24 de abril y otro en la revista Hola de 14 de mayo que destacaba en su portada la boda del torero Francisco Rivera con la tonadillera Isabel Pantoja. Esta involuntaria y afortunada contigüidad del proyecto antártico con el glamour nacional y su repentina y subsiguiente notoriedad mediática continuó con reportajes en otros medios y, muy significativamente, con la emisión de la serie Rumbo a la Antártida en TVE a partir del 23 de diciembre de 1984.

Aquellos expedicionarios consiguieron despertar la curiosidad y el apoyo del rey Juan Carlos, quien les encargó un informe para hacérselo llegar a Fernando Morán, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores.

Ya en septiembre y jugando de farol, el embajador español que presidía la delegación de la reunión consultiva del Tratado Antártico en Canberra anunció que "mi país, tras una primera expedición de observación realizada en marzo de 1983, está considerando seriamente la programación de actividades científicas en la Antártida con carácter progresivo a realizar en el futuro, así como la conveniencia de obtener una plaza como miembro consultivo".

En febrero de 1984 se creó un improbable grupo de trabajo en el seno de la Comisión Nacional de Geodesia y Geofísica que sería el embrión de la discordante, heterogénea y voluntariosa comisión interministerial que se crearía posteriormente al efecto.

La primera instalación científica española habitada en la Antártida fue una tienda de campaña.

Por aquel entonces se empezaron a celebrar anualmente unas semanas de estudios de recursos marinos en los que el asunto antártico era el protagonista de los debates.
Concretamente, en la celebrada en Cartagena en 1984 se presentó el primer anteproyecto de un buque oceanográfico con capacidad polar que en su día habría de ser el BIO Hespérides.

En enero de 1985, los científicos del CSIC Antonio (Toni) Ballester, Marta Estrada, Josefina Castellví y la periodista Charo Nogueira participaron en una campaña de avituallamiento de las bases antárticas argentinas a bordo del rompehielos Almirante Irízar, y entre el 30 de junio y el 4 de julio de 1985 se celebró el Primer Simposio Español de Estudios Antárticos en Palma de Mallorca, donde se avanzó en el proyecto del buque polar.

A raíz de este simposio, los objetivos unánimemente asumidos consistían ya en lograr para España el estatus de miembro consultivo del Tratado Antártico, y para ello se instaba a las autoridades competentes a la elaboración de una declaración oficial al respecto.

El Ministerio de Asuntos Exteriores, a través del entonces director general Antonio Oyarzábal y el CSIC, adquirieron la responsabilidad de redactar un programa científico de investigación antártica, único medio de acceder al estatus de estado miembro del tratado de Washington.

El 14 de abril se publicó la ley 13/86 de Fomento y Coordinación General de la Investigación Científica y Técnica ("Ley de la Ciencia"), que creó los sucesivos planes nacionales de investigación, a cuyo amparo se habrían de financiar en el futuro las actividades científicas en la Antártida.

Las elecciones del 22 de junio retrasaron todos los proyectos en curso, incluida la ilusión antártica, pero existía ya un compromiso firme de las autoridades españolas de realizar una campaña antártica en 1986 y solicitar el ingreso en la reunión del Comité consultivo del Tratado de Washington que se celebraría en Brasilia en octubre de 1987.

En este contexto en el que múltiples actores institucionales desplegaban una febril actividad, no siempre coordinada pero siempre llena de fervor antártico, se produjo la instalación del primer equipo científico español en tierras antárticas: una tienda de campaña con cuatro científicos del CSIC, Antonio Ballester, Josefina Castellví, Joan Rovira y Agustí Julià. Era el 27 de diciembre de 1986, hace ahora pues treinta años.

No se crean que es una inocentada, es la realidad misma que yo viví en primera fila y que he resumido mucho para no hacer más largo el relato.

La primera instalación científica española habitada en la Antártida fue, en efecto, una tienda de campaña, como pueden ver en el documento gráfico.