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Mourinho suspende el plebiscito del Bernabéu

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Si no había tenido bastante con sentar a Casillas en Málaga, el técnico portugués agrió aún más los ánimos de la hinchada con su última decisión: dejar en el banquillo al capitán blanco, a la bandera de la institución. A Mourinho no le tembló el pulso. Pero la afrenta enfadó al Bernabéu, que lo saludó con pitos y dedicó una atronadora ovación a Iker cuando tuvo que ponerse los guantes por la expulsión de su compañero Adán.

La idoneidad o no del canterano para el puesto no es objeto de debate para la parroquia blanca, que también aprovechó para dejar claras sus preferencias entre la figura omnipresente del portugués y su última víctima, Casillas.

El capitán simboliza mejor que nadie los valores de la casa blanca: la competitividad, el orgullo, el señorío y la deportividad. Señas de identidad aprendidas en la cantera. Su suplencia no es sintomática -como pretende hacer creer el manager portugués- de su mal estado de forma. La calidad del capitán está fuera de toda duda y las habilidades de Adán bajo los palos están aún por descubrirse. Si es una decisión deportiva es errónea; y si no lo es, el preparador luso está dejando la puerta abierta para su marcha.

Cualquiera diría que Mou está intentando que le echen, que esa adrenalina con la que motivaba a sus jugadores ya la ha perdido, que ese carácter agrio ya no lo es tanto, que la soledad le está haciendo inclinarse, que quiere salir pitando a un destino más acogedor, donde su figura recupere el vuelo y vuelva a ser enaltecida por la hinchada como si de un mesías se tratase, donde su palabra no se discuta en referéndum y se asienta a coro.

Pero quiere permanecer de pie, fiel a sus principios. Jamás dará su brazo a torcer a pesar de que la directiva y la afición reniegan de sus formas. Las puertas a las que llama su archiconocido representante, Jorge Mendes, ya no se abren de par en par como hace un año. Novias tiene -y tendrá-, por supuesto, aunque algunos de los clubes de más abolengo en Europa esperan salomónicamente la decisión de su homólogo Pep Guardiola. ¿Quién se lo iba a decir a Mou? Él y su ego, vistos como segundo plato.

Sus salidas de tono han sido una tónica habitual desde que está a cargo del Madrid y sus costumbres atávicas de poner en tela de juicio los logros del rival, un estigma que siempre le ha acompañado allá donde ha entrenado. El problema es que en lugar de hacer mella en su máximo oponente, está dividiendo a su propio equipo. La fractura es evidente y el divorcio con la plantilla es total. Ha conseguido algo que parecía impensable hasta hace poco: desquiciar al portero titular -al que ha puesto arbitrariamente en la diana, en una decisión que parece de todo menos estrictamente deportiva- y al suplente.

Pero las últimas acciones del entrenador no deberían coger por sorpresa a nadie. Es el tipo ideal para proyectos a corto plazo, para sacar a flote un transatlántico y abandonarlo cuando ha reiniciado la marcha. Así ha sido toda su carrera. No debería extrañar a quien le contrató, Florentino Pérez, quien ya sabía a lo que se exponía: un fuego tras otro, bravuconadas varias y un estado de alarma permanente.

Pero la dicotomía viene porque el objetivo -derrocar al Barça de su gobierno- se ha conseguido solo a medias. El año pasado el Madrid fue mejor, pero los azulgranas han seguido ganando este curso, mientras que los blancos se han enfrascado en una batalla tras otra; casi siempre dialéctica, fuera de los focos del cuadrilátero.

Sin embargo, todo eso al manager del Real Madrid le da igual. El cartel ya lo tiene. No le importa que por sus acciones desmedidas se tambaleen los cimientos del Bernabéu. Nunca se ha confesado seguidor del equipo de la Castellana.

El epílogo está cerca. Los próximos partidos, la reacción de la grada ante sus decisiones y la eliminatoria de Champions dictarán su porvenir y el de su club. Aunque eso a él le importe poco.