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El PSOE o la inevitabilidad de la catarsis

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Foto: EFE

El PSOE se encuentra ante una situación de catarsis inevitable, la cual puede ser entendida como resultado de diferentes circunstancias La primera de ellas se encuentra en la misma campaña que finaliza y en los coletazos anteriores del intento frustrado por generar un Gobierno tras las elecciones del 20-D. En ambos casos, el relato construido por Sánchez ha sido el mismo. Un discurso que evoca los tiempos de la Transición, desde el centrismo y la anteposición del interés de España frente al personalismo y los cargos del demonizado populismo. La posición central tras el 20-D, que era la mejor de todas, aun con el resultado obtenido, convertía entonces al PSOE en el único partido con capacidad de gobernar. Sin embargo, el centro de la vieja política parece haberle sido arrebatado en esta ocasión por el Partido Popular, al que le bastan las cifras macroeconómicas de crecimiento -no ajenas de mentira- y el hecho de recordar que el partido que desgobernó el país bajo el azote de la crisis fue el mismo PSOE, para arrebatarle parte de su discurso.

Al respecto, la confluencia entre Izquierda Unida y Podemos ha permitido a éste último imbricar los ejes izquierda/derecha, arriba/abajo y nuevo/viejo y superar en el espectro ideológico de la izquierda a un PSOE al que no le sirve la política de etiquetas confrontadas entre la bondad de lo socialdemócrata y la maldad comunista. Ahí se destacan tres cuestiones. La primera de todas es extensible a la noción de socialdemocracia europea, desdibujada en buena medida por lo que se hizo llamar la "tercera vía" y que finalmente supuso abrazar la ortodoxia económica neoliberal con un discurso en el que la dimensión social e igualitaria de la ciudadanía tenía un difícil encaje. Recuerden a Blair o Schröeder.

Reformar el mercado laboral y recuperar de la deriva privatizadora sufrida por la educación y la sanidad son mínimos comunes denominadores que hoy son ajenos al PSOE y que a Unidos Podemos le van a permitir consolidar una posición central.

La segunda, explicada con hechos, se conecta con la primera y quizá permite entender por qué bajo el Gobierno del PSOE jamás llegó la reforma tributaria progresiva o la presión fiscal sobre la Iglesia y las grandes fortunas. Es más, todo lo contrario, se hizo desparecer el impuesto de patrimonio, se apoyó la reforma constitucional del artículo 135 C.E y se contribuyó notablemente a precarizar el mercado de trabajo con la reforma laboral. La socialdemocracia, por tanto, era más un símbolo discursivo que una realidad tangible. Muy socialdemócrata no fue tampoco el hecho de democratizar las consecuencias de la crisis entre aquellos que menos habían contribuido a la misma. Quizá el corolario de esta no-socialdemocracia fuese la cordialidad del acuerdo con un partido como Ciudadanos, que al menos no esconde su impronta neoliberal, españolista y marcadamente neoconservadora

Derivado de todo lo anterior concurre un ejercicio de coherencia tanto práctica como discursiva. Con tanto demérito del PSOE, la sensatez y la empatía con la fractura social generada por la crisis son elementos suficientes para entender que la recuperación de una democracia de cariz social pasa por más impuestos a quienes tienen más, redundar en mejores lógicas de redistribución de la riqueza y abandonar la funesta noción de recortar a quien menos tiene. A tal efecto, reformar el mercado laboral y recuperar de la deriva privatizadora sufrida por la educación y la sanidad son mínimos comunes denominadores que hoy son ajenos al PSOE y que a Unidos Podemos le van a permitir consolidar una posición central que bien debiera facultar un posible gobierno de cambio en España.

Esto, porque el cambio solo puede pasar por Unidos Podemos y, también, inevitablemente, por un nuevo PSOE. Un PSOE que recupere la impronta socialdemócrata que, poco a poco, ha ido dejando de lado y que finalmente le ha sido arrebatada. El ejercicio no es fácil porque, en el corto plazo, debe suponer nuevos sacrificios para el partido. Sacrificios por lo que una realidad como el sorpasso debe suponer. Sacrificios porque ya le dé el Gobierno a Unidos Podemos o lo evite como razón última, ello le supondrá un coste sobre parte de sus votantes. Sacrificios que, quizá, bien ameriten una catarsis que resuelva su crisis de identidad con vistas a medio plazo. Vistas que busquen dar al partido una impronta desdibujada con los años para lo cual, favorecer un Gobierno progresista, por un lado, y desprenderse de una vieja guardia, con González a la cabeza, por otro, puedan ser medidas necesarias de primer orden. Medidas que, empero, a día de hoy, dudo que puedan llegar a buen puerto.