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La fascistización de Europa

20/04/2017 01:27 CEST | Actualizado 21/04/2017 07:21 CEST
EFE
Vista del cartel electoral de la candidata del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, con un bigote hitleriano pintado en París.

No cabe duda de que la Europa actual poco tiene que ver con los principios preconizados a inicios de los noventa, al albor de Maastricht, cuando las posiciones neokantianas, idealistas y erigidas desde una suerte de soft power –casi siempre desdibujado en la realidad- animaban a la desfronterización de Europa y a imbricar esfuerzos en la que debía ser la alternativa protagónica a Estados Unidos en el marco de la posguerra fría.

Generalmente, tendemos a entender que el paulatino proceso de transformación involutiva de la socialdemocracia europea, pujante en aquel entonces, responde al colapso del sistema económico producido a partir de la crisis financiera de 2008. De hecho, es cierto que resulta posible encontrar ciertos silogismos con la caída de las democracias europeas que tuvieron lugar en los años treinta a partir de su concatenación con la crisis económica de 1929.

Empero, la desfiguración europea, aunque afectada por la crisis, responde antes a un mal endémico, inherente a la esencia de una socialdemocracia que no supo dar respuesta a la ecuación Estado-mercado-sociedad civil con un discurso propio que fuera ajeno al de privatización, desregulación y austeridad. De hecho, todo lo contrario, optó por la nefasta solución de la tercera vía que, una vez llegada la crisis, la subsumió en una suerte de impracticabilidad política, incapaz de servir de alternativa al predominio neoliberal/neoconservador.

La fascistización o el proceso de transformación de una democracia burguesa en un sistema fascista fue un concepto acuñado por el sociólogo Nicos Poulantzas

Y he de ahí, la desnaturalización de Europa. Una Europa sin integración de sus pueblos; sin integración política; sin sus valores, en inicio, más característicos, como cabría esperar que fuesen la solidaridad y la tolerancia. Nada de esto importó y los esfuerzos se orientaron a intereses subsumidos estrictamente en lo económico y comercial, lo cual ha terminado por lastrar la consolidación del proyecto europeo y contribuir, llegada la crisis, a un proceso de fascistización creciente que en la actualidad nos ocupa.

La fascistización o el proceso de transformación de una democracia burguesa en un sistema fascista fue un concepto acuñado por el sociólogo Nicos Poulantzas, el cual, de un modo particular, tiene creciente acogida en Europa. Una Europa que, fruto de lo anterior, ha ido experimentando la fractura entre derecha extrema y extrema derecha –como ha sucedido en Alemania, Holanda, Reino Unido, Francia o, incluso, España- y, por extensión, albergando nuevos relatos de intransigencia y agresividad que, más que un hándicap, se han tornado en una peligrosa oportunidad para la transformación del proceso político.

Así, al respecto, varias son las alertas que podemos encontrar, en parte, bajo el paraguas de la eurofobia acuciante en buena parte de los países mencionados. Por ejemplo, hay que destacar la referencia continua al factor cultural de la nación, tan distintivo como de necesaria protección. Un factor cultural reducido, en muchos casos, a la lengua, el pasado común, la identidad compartida o la religión, y donde el extranjero, el otro, se trasviste en una especie de amenaza al interés nacional.

Otro factor, indisociable de lo anterior, pasa por la devaluación, cuando no la negación, del valor de los Derechos Humanos. Unos Derechos Humanos que, en muchas ocasiones, se vacían de significado y se desdibujan como una suerte de atributos formales tras lo cuales, las amenazas a la seguridad encuentran un balón de oxígeno frente al Estado. Claro está, esto contribuye a simplificar y reducir la realidad a una suerte de categorías amigo/enemigo, bueno/malo, que no solo justifican la necesidad de políticas de segregación en las que el ciudadano se reduce, per se, a lo nacional, sino que, hacia fuera, expresan la necesidad de un elemento beligerante, de marcada impronta militarista, dado el aspecto prioritario que se otorga la seguridad nacional.

Finalmente, otros aspectos de la fascistización pasan por desproveer a la ciudadanía de derechos, no solo en educación, salud o fuerza de trabajo, lo cual contribuye a un estado de alienación perverso, sino que, igualmente, conlleva a minimizar las expresiones de acción colectiva, protesta o cuestionamiento del sistema. Esto, por medio de leyes restrictivas, aparatos judiciales, netamente politizados, e instrumentos policiales represivos los cuales, en suma, se imbrican en la inspiración del miedo y la anulación del que es uno de los pilares básicos de la democracia: el conflicto político. Cuanto más se reduce el Estado en su dimensión, estrictamente jurídica, más desprotegido queda el ciudadano y más operativa funge la estructura corporativa del mismo, conexa, generalmente, con grandes conglomerados empresariales.

Si miramos con detalle a Europa, podremos ver procesos de involución acuciantes integrados con todo lo expuesto. Sin embargo, sería un ejercicio de irresponsabilidad considerar que el proyecto integrador no ha tenido nada que ver en ello. Esto, por ser un proyecto que, en su puesta en marcha, finalmente, ha contribuido de buena manera a debilitar las garantías del Estado de Derecho, criminalizar a los inmigrantes y pauperizar a buena parte de su fuerza de trabajo.

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