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Las FARC, el ELN y los tiempos de cambio en Colombia

07/09/2017 08:19 CEST | Actualizado 07/09/2017 08:19 CEST
Getty Images

Dos grandes noticias han tenido lugar en Colombia a lo largo del pasado fin de semana. En primer lugar, la puesta en escena del partido político de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las cuales, ya como opción democrática, se han rebautizado como la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Este hecho, respeta las siglas del pasado toda vez que puede resultar un pesado lastre a la hora de concurrir a las elecciones - como ya les sucedió a otras guerrillas colombianas como el Ejército Popular de Liberación, transformado en Esperanza, Paz y Libertad, y la guerrilla del M-19, rebautizada como Alianza Democrática M-19. Asimismo, el logo tampoco es nuevo. Recurre a la rosa roja, la cual, si bien simbólicamente tiene importancia dentro de la izquierda internacionalista, resulta muy similar al logo del Partido Socialista de Francia y, sobre todo al que utilizó el Partido Socialista Obrero Español en 1999. A ésta añade una estrella de cinco puntas que evocaría los cinco puntales de la lucha internacional revolucionaria.

Sea como fuere, es de esperar en las FARC un partido político que busque persuadir el voto rural del campesinado colombiano excluido durante décadas, aunque a la vez directamente afectado no solo por la violencia estructural de la desatención del Estado sino igualmente de la violencia directa de guerrillas y paramilitares. Por otro lado, la justicia social, en uno de los países más desiguales del mundo, junto a la democracia local dentro de un país profundamente (re)centralizado y la exclusión racial de minorías étnicas, que como en el caso de las negritudes del Pacífico, con más de cinco millones, no son tan minoritarias, ofrecen un nicho electoral que el partido no debe desaprovechar. Su popularidad ha ganado enteros, hasta llegar a un 10% según las (sesgadas) encuestas y tienen la ventaja para sí de que, en más de un centenar de municipios de los 1.123 del total del Estado colombiana, la política local fue patrimonio exclusivo de las FARC durante décadas, habida cuenta de la ausencia del Estado.

Empero, más allá de logos y siglas del pasado, las FARC tienen que modernizarse, con nuevos rostros, nuevos discursos y nuevas posiciones frente a los problemas irresolutos de Colombia. De lo contrario, en un escenario con una cultura política muy conservadora, en la que el lado derecho del tablero político marca el devenir del Estado, y con una izquierda fracturada, corren el peligro de no trascender del nivel local y sub-regional de la política colombiana.

La otra gran noticia llegaba ayer, con el cese al fuego bilateral entre el Estado colombiano y la guerrilla del ELN. Un acuerdo que se da favorecido por la llegada del Papa – que es un respaldo simbólico a la paz negociada en Colombia – pero que debe tomarse con ciertas cautelas. Y es que el proceso de paz con el ELN ha transitado por más dificultades que éxitos. No solo por su retraso en los inicios, sino por las tensiones en la negociación de la agenda y por actos y reclamos por fuera del proceso que han conferido más incertidumbre que confianza.

El tiempo parece jugar en favor para el caso de unas FARC ya constituidas en alternativa política y que reciben, poco a poco, las promesas del Gobierno dentro del marco del Acuerdo de Paz.

Evidentemente, el tiempo juega en contra del ELN, no solo por el escepticismo que hay frente a las candidaturas con mayores posibilidades hoy en día de gobernar en 2018, sino por la falta de coherencia interna hacia dentro de esta guerrilla. Esto, por tratarse de una guerrilla excesivamente federal, horizontal, en la que la unidad de mando que se pudiera atribuir al Comando Central es más ilusión que realidad. De hecho, los dos frentes más díscolos con el proceso de paz, como son el Frente de Guerra Oriental, comandado por alias "Pablito" y el Frente de Guerra Occidental, dirigido por alias "Fabián", han cobrado especial protagonismo mediático tanto por centrar los focos mediáticos en un contexto con ausencia de FARC, como por la misma intensificación de sus actos, en los departamentos de Chocó, Arauca o Norte de Santander. Es más, este fin de semana, el mismo Frente de Guerra Occidental reconocía la muerte de uno de sus secuestrados, el ciudadano armenio Arsen Voskayan, que llevaba cinco meses secuestrado tras ser capturado, según la misma guerrilla, cazando ranas venenosas en Chocó.

Si tuviéramos que plantear escenarios con respecto a esta segunda noticia, lo primero de todo sería llamar a la cautela. El último año del ELN ha mostrado un continuismo en su actividad ilegal – secuestro, extorsión, voladura de oleoductos y presencia sobre escenarios cocaleros – y una relativa distancia respecto de un eventual proceso de paz por parte de dos de los frentes más activos, en buena medida tal vez, a la espera de ver qué pasa con las FARC y el cumplimiento en la implementación del Acuerdo.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, el tiempo parece jugar en favor para el caso de unas FARC ya constituidas en alternativa política y que reciben, poco a poco, las promesas del Gobierno dentro del marco del Acuerdo de Paz. Sensu contrario, el ELN continúa fracturado, sin una hoja de ruta clara frente a qué hacer, y sin hacer una buena lectura de los tiempos de cambio que corren por Colombia.

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