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Del Blanco al White

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Imagen: captura de pantalla de YouTube

La autocrítica no es un género bien entendido en España. Blanco White tuvo la oportunidad de comprobarlo con sus compañeros liberales.

En febrero de 1810, con los franceses en las puertas de Andalucía, el escritor sevillano decidió dar un giro radical a su vida y comenzó una nueva etapa en Londres. Era una idea que llevaba largo tiempo considerando, pero que, por diversas razones, no se había atrevido antes a llevar a cabo. La sociedad española, con su mezcla de espíritu levítico, hipocresía generalizada y ramplonería intelectual, le resultaba asfixiante.

Nada más llegar a Inglaterra empezó a publicar El Español, una revista mensual en la que se proponía informar a sus paisanos sobre las alternativas de la guerra contra Napoleón, calibrar la situación política creada tras la invasión y reflexionar sobre el camino a seguir. Como el resto de los liberales españoles, Blanco era consciente de que la nación se encontraba en una encrucijada decisiva. Napoleón justificó la agresión argumentando que se proponía ayudar a los españoles a modernizar el país y consiguió de ese modo atraerse la colaboración de una buena parte de las élites cultas. Pero si la identificación del espíritu progresista con Francia convenía a sus intereses, así como a los de los conservadores que llevaban un siglo oponiéndose a cualquier proyecto de reforma, los liberales se dieron cuenta del peligro. Desde el Prospecto con que inició la obra, Blanco denuncia el intento de monopolización del concepto de España que hacían los conservadores, advirtiendo que la lucha contra Napoleón se estaba llevando a cabo también desde posiciones liberales. Las ideas de libertad y democracia, afirma, resultaban tan eficaces para combatir al invasor como el fanatismo y la superstición de la Iglesia Católica.

Pero cuando se convocaron las Cortes de Cádiz, Blanco percibió asimismo la existencia de otro peligro, en este caso creado por sus mismos partidarios. Algunos de los que intervenían en las sesiones empleaban un lenguaje que parecía sacado de la Revolución Francesa y eso, en su opinión, podía originar problemas. Su creciente familiaridad con el pensamiento anglosajón le hacía comprender que, por paradójico que pareciera, la clave para producir cambios efectivos se encontraba en la moderación. Desde las páginas de El Español denunció la falta de pragmatismo de los constitucionalistas, argumentando que el enemigo era demasiado poderoso como para adoptar frente a él una actitud intransigente. El escritor que se había caracterizado en el Semanario Patriótico por propalar ideas incendiarias herederas de la revolución francesa, defendía ahora la mesura. Estaba convencido de que las actitudes radicales podían causar un efecto contrario al deseado. Los acontecimientos se encargarían de darle la razón.

Desde la distancia de dos siglos, emociona contemplar los intentos frustrados de este español que, por más que quisiera dejar de serlo, nunca perdió el vínculo afectivo con el país que lo vio nacer.

Sus críticas a los doceañistas sólo consiguieron generarle enemigos. Algunos de sus antiguos compañeros lanzaron contra él graves acusaciones en las Cortes, recurriendo incluso al insulto personal. La autocrítica lúcida de un liberal consciente de los peligros de la inflexibilidad se interpretó como el ataque de un traidor que había cambiado de bando. El epistolario del escritor sevillano revela la amargura que experimentó por el ambiente de hostilidad que se generó en su contra. Pero la humillación no quedó ahí. Cuando Fernando VII accedió de nuevo al trono, miembros de su Gobierno le ofrecieron un sueldo para que espiara a los liberales exiliados en Londres. Es fácil imaginar la sensación de estupor que le causaría la propuesta.

La publicación de El Español continuó hasta que Fernando VII derogó la Constitución de Cádiz e hizo pública su decisión de reinstaurar la alianza del Altar y el Trono. En ese momento, Blanco decidió que sus esfuerzos no tenían razón de ser e interrumpió la revista. Convencido de que la España que él quería era inviable, al menos a corto plazo, puso todo su empeño en convertirse en inglés. Cambió de religión, de lengua, incluso de nombre, dejó de escribir en su lengua materna y se esforzó por adquirir el idioma y los hábitos mentales de su país de adopción. Y hasta cierto punto, puede decirse que lo logró. Si bien, cada vez que las circunstancias auguraban la posibilidad de un cambio importante (por ejemplo, durante el Trienio Liberal o a la muerte de Fernando VII), volvía a escribir en su lengua nativa para intentar inculcar en sus paisanos los principios que habían hecho de Inglaterra un país próspero y estable. La revista Variedades, así como la novela Luisa de Bustamante, que nunca lograría completar, son producto de ese nunca extinguido compromiso personal. Desde la distancia de dos siglos, emociona contemplar los intentos frustrados de este español que, por más que quisiera dejar de serlo, nunca perdió el vínculo afectivo con el país que lo vio nacer.

¿Qué consiguió con sus desvelos? Aparentemente, nada. Su tragedia personal de exiliado se acentúa por la saña que mostraron contra él los que se supone que deberían haber sido sus defensores. Los escritores liberales de la época construyeron un muro de silencio a su alrededor que la inercia mental española se encargó de prolongar durante décadas. No deja de resultar paradójico que tuviera que ser un conservador, Menéndez Pelayo, quien, con los reparos lógicos de quien se encontraba en las antípodas de su pensamiento, se preocupara por situar su figura en la cultura española del XIX. La labor posterior de Vicente Lloréns y Juan Goytisolo, efectuada desde posiciones más afines (y, por tanto, más cordiales) pondría fin a la injusticia. Numerosos estudios recientes se han propuesto analizar la obra de Blanco desde distintos ángulos, algunos con un propósito claramente hagiográfico. Pero, ¿han conseguido que sus enseñanzas fecunden, como él deseaba, la realidad española? Todo hace pensar que no.

Nuestra sociedad mejoraría mucho si fuéramos más inflexibles con nuestra propia coherencia y más tolerantes en nuestros desacuerdos con los demás.

En el enfrentamiento que mantuvo con los doceañistas, parece indudable que Blanco tenía razón. Sus análisis de la situación revelan una extraordinaria perspicacia que incluso hoy no ha perdido vigencia. Su insistencia en la moderación, en la necesidad de hacer concesiones y llegar a acuerdos para construir una sociedad incluyente, podría sernos muy útil en la España actual. Pero, por desgracia, la tradición progresista que se ha configurado en nuestro país a lo largo de los dos últimos siglos no es heredera de Blanco White, sino de los doceañistas de Cádiz. No está conectada con el pragmatismo y la moderación que caracterizan el pensamiento anglosajón, sino con el idealismo de utopías revolucionarias siempre celosas de la pureza de sus planteamientos. Por ello, no puede extrañarnos que incluso los mismos que alaban en nuestros días a Blanco desde posiciones de izquierdas, sigan por lo general considerando que, tras su viaje a Inglaterra, evolucionó hacia posiciones conservadoras. Como si conservadurismo y moderación no fueran dos conceptos radicalmente diferentes, como si el primero no se refiriera a la índole de las ideas, y el segundo a la forma de implementarlas.

Blanco White moderó sus propuestas políticas tras instalarse en Inglaterra, sin duda. Pero lo hizo porque comprendió que esa actitud era la más adecuada para realizar los cambios que la sociedad española necesitaba. Ahora bien, ¿qué podía querer conservar quien odiaba visceralmente todo lo relacionado con la España tradicional, desde el fanatismo y la ignorancia institucionalizada, hasta el espíritu inquisitorial, la hipocresía y la intolerancia de la Iglesia católica? Hasta el punto de que, cuando se convenció de que acabar con esa realidad era imposible, decidió despojarse de todo lo que lo identificaba como tal.

La confusión de moderación y conservadurismo ha sido (y es) uno de los grandes problemas del pensamiento progresista español. Cuando se repasan los escritos de todos aquellos que, tras el fracaso de alguna de las muchas tentativas revolucionarias que ha sufrido el país, decidieron plasmar sus impresiones para que las generaciones posteriores no incurrieran en los errores que ellos habían cometido, se observa una repetida insistencia en la necesidad de conciliar, de acercar posiciones, de acabar con la polarización que, una y otra vez, tanto dolor ha causado a los españoles. Sobre todo, a las clases bajas, que son, por lo general, las principales víctimas de la torpeza de sus dirigentes. Pero sus consejos han caído en saco roto. Entre otras cosas, porque son pocos los que los han leído.

Blanco White fue un idealista atormentado por ajustar su comportamiento a la índole de sus convicciones, pero a la hora de negociar el espacio común insistió en la necesidad de hacer concesiones. Es una actitud que me parece encomiable. Nuestra sociedad mejoraría mucho si fuéramos más inflexibles con nuestra propia coherencia y más tolerantes en nuestros desacuerdos con los demás. Por desgracia, todo hace pensar que lo que sucede es justamente lo contrario.