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Invictus

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PHELPS
EFE
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Dos imágenes de los Juegos Olímpicos han captado la atención de los medios. En una de ellas, la nadadora rusa Yulia Efimova llora desconsoladamente tras conseguir la plata en los 100 metros braza y ser abucheada por el público. En la otra, Michel Phelps, el deportista con mayor número de medallas olímpicas de todos los tiempos, muestra unos extraños círculos morados en la piel.

Tras conseguir su enésimo galardón, el plusmarquista americano se distanció de la deportista rusa en unas declaraciones en las que criticaba que se permitiera participar en los Juegos a alguien que había dado positivo en un control de dopaje. Afirmaba Phelps que "eso no tiene nada que ver con el auténtico sentido del deporte". Pero dopaje y deporte no parece que sean conceptos antagónicos. La línea que los separa es, cuando menos, imprecisa.

A mediados de julio de este año, se hizo público el informe McLaren de la AMA, en el que se acusaba a la federación rusa de ocultar el dopaje masivo de un gran número de sus deportistas y se aconsejaba prohibir la participación en las Olimpiadas a todos los representantes de esa nacionalidad. Pero, desde el momento mismo en que se publicó, el informe fue recibido con reparos.

Diversos organismos y personalidades criticaron que se pretendiera enviar al limbo competitivo al conjunto de los deportistas de un país sin considerar que la inmensa mayoría de ellos no habían dado positivo en ningún control de dopaje. Criticaron también que el informe basara su decisión en la declaración de personas directamente involucradas en los hechos, sin ofrecer a la federación y a los deportistas rusos la posibilidad de defenderse. La resolución posterior del TAS de permitir competir a los deportistas rusos, contradiciendo lo propuesto por la AMA, no hizo sino aumentar el desconcierto. Lo menos que podía decirse del equipo que preparó el informe es que se dejó llevar por la precipitación.

Lo menos que podía decirse del equipo que preparó el informe sobre el dopaje ruso es que se dejó llevar por la precipitación.

El problema del dopaje en el deporte no es en modo alguno nuevo. El empleo de medios artificiales para estimular el rendimiento ha sido, y es, una práctica habitual en todos los países del mundo. La razón, contra lo que afirma Phelps, reside en la esencia misma del deporte. Jóvenes de espíritu extremadamente competitivo, que no han ahorrado ningún género de sacrificios durante años para sobresalir en una especialidad, ven cómo, en el momento de la verdad, la diferencia entre el éxito y el fracaso reside en algo tan insignificante como unos centímetros, unos gramos o unas milésimas de segundo.

No es de extrañar que, tanto ellos como los que los entrenan, se obsesionen por supervisar hasta los más mínimos detalles que contribuyan a mejorar su rendimiento: desde el diseño de la ropa deportiva y otros materiales, hasta la selección de la dieta, el control del sueño o la prevención de posibles problemas psicológicos. Todo muy lógico. Pero factores menos ortodoxos tampoco se dejan de considerar. Sobre todo, cuando se sospecha (o se sabe) que otros lo hacen.

El establecimiento de una agencia internacional antidopaje es algo relativamente reciente. Tal y como la conocemos, apenas lleva funcionando un par de décadas. La decisión de crearla estuvo motivada por el gran número de deportistas que fallecieron en los años 80 y 90 por el abuso de estimulantes. Dado el carácter competitivo del deporte, la salud misma de los protagonistas, así como el propósito de asegurar que todos participaran en igualdad de condiciones, aconsejaron tomar la medida.

El problema es que la definición misma de dopaje es resbaladiza. Para que una sustancia o método se consideren ilegales, deben estar incluidos en la lista elaborada por AMA. Lo que implica que, antes de que eso suceda, los atletas pueden usarlos sin incurrir en delito.

La decisión de crear la agencia internacional antidopaje se debió al gran número de deportistas que fallecieron en los 80 y 90 por el abuso de estimulantes.

Un deportista "limpio", por tanto, no es solo el que prescinde de usar estimulantes de cualquier tipo, sino también el que emplea métodos o sustancias que no han sido declaradas ilegales. Yulia Efimova, sin ir más lejos, tras haber sido acusada de ingerir meldonium, se defendió argumentando que lo había hecho antes de que esa medicina fuera incluida en el catálogo de sustancias prohibidas. Téngase en cuenta, asimismo, que la diferencia entre tomar medicinas para combatir una enfermedad o ingerir sustancias para estimular artificialmente el rendimiento no siempre puede establecerse con claridad.

Las consecuencias de esta indeterminación son fáciles de imaginar. Si las diferencias entre deportistas son tan ajustadas y la frontera que separa lo legal de lo ilegal resulta en gran parte arbitraria, la tentación de superar al contrario recurriendo a métodos no ortodoxos es lógicamente muy grande. Un deportista de élite necesita poseer cualidades físicas excepcionales y un gran espíritu de superación, así como un equipo de profesionales que le ayuden a desarrollar plenamente su potencial: entrenadores, masajistas, psicólogos, nutricionistas... Pero necesita también prestar atención a otros detalles que, en ocasiones, le pueden proporcionar una ventaja decisiva.

Por poner un ejemplo que todos conocemos: el COI prohibió hace poco los bañadores de poliuretano en las competiciones, al comprobar que su uso ocasionaba mejoras inusuales en los registros. Lo mismo puede decirse de determinadas zapatillas, bicicletas o raquetas de tenis. Eso, sin entrar en el complejo terreno de la farmacología. En el deporte, existe un amplio campo que bordea la ilegalidad y cuyos límites son imprecisos.

La diferencia entre tomar medicinas para combatir una enfermedad o ingerir sustancias para estimular el rendimiento no siempre puede establecerse con claridad.

Lo que nos lleva, de nuevo, a los círculos morados en la espalda de Phelps. Según la prensa, se trata de una técnica milenaria que ayuda a mejorar la circulación, aliviar los dolores musculares y activar el sistema inmunológico. Lo llamativo de su uso evidencia que los que recurren a ella no la consideran ilegal. No está prohibida por la AMA y, como afirman ciertos expertos, es posible que tampoco afecte sustancialmente al rendimiento. Pero si el equipo médico de Phelps lo autorizó, es de suponer que tendría sus razones. Y pensemos que hablamos sólo de lo que está a la vista. Los círculos morados son demasiado evidentes como para pasar desapercibidos. Con seguridad, existen métodos y sustancias menos visibles que son empleados por las delegaciones de todos los países, especialmente de los más avanzados, y que, por no estar incluidos en la lista de la AMA, se atienen estrictamente a la legalidad.

Puesto que los avances tecnológicos obviamente anteceden a su posible ilegalización, es problemático asegurar que todos los deportistas compiten en igualdad de condiciones. Eso no implica que ni ellos ni el equipo de especialistas que los rodean actúen de mala fe. El propósito que persiguen es mejorar el rendimiento, y todo el esfuerzo que realizan va encaminado en esa dirección. Probablemente,en ciertos casos, son conscientes de que bordean la legalidad, pero no tiene por qué ser así. El afán de superación es consustancial al espíritu deportivo.

Puesto que los avances tecnológicos obviamente anteceden a su posible ilegalización, es problemático asegurar que todos los deportistas compiten en igualdad de condiciones.

Un país con un buen equipo técnico, que sepa determinar qué métodos y sustancias consiguen potenciar el rendimiento de sus atletas sin incurrir en la ilegalidad, es de extraordinaria importancia para forjar campeones. ¿Es eso deportivo? Todo depende de lo que entendamos como deporte. Por su misma definición, el concepto implica la idea de competir respetando unas reglas. El problema es que, por una parte, las reglas son arbitrarias y varían de continuo. Lo que hoy es legal, mañana puede dejar de serlo. Por otra, los que las determinan e implementan, si bien debemos suponer que se conducen de manera imparcial, es probable que no siempre lo hagan. En un ámbito tan permeado de nacionalismo como es el deporte, no tendría nada de extraño que se manifestara también en ese nivel.

Estos dos factores atentan contra uno de los principios básicos en que se asienta el deporte: la necesidad de asegurar que todos los que compiten lo hacen en igualdad de condiciones. Existen buenas razones para pensar que ciertos atletas poseen ventajas con relación a otros y que esas ventajas pueden condicionar decisivamente los resultados. Las aguas en que abreva el deporte no son tan transparentes como nos gustaría creer. Ni pueden serlo.