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Mano izquierda: la ruta moderada que debe seguir el PSOE

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Foto: EFE

Las turbulencias por las que atraviesa el Partido Socialista son el último capítulo de una crisis que ha puesto a la democracia española contra las cuerdas. Una crisis que sólo podrá resolverse cuando se neutralicen los factores que la han causado. Su historia tiene el pathos de una tragedia griega.

La Segunda Transición se inicia cuando ciertos grupos independentistas, descontentos con los efectos de una política moderada que no respondía a sus fines, maniobraron para adquirir un mayor protagonismo. El diálogo, los pactos, la búsqueda de acuerdos, eran, en su opinión, trapicheos vergonzosos, sólo explicables por las circunstancias excepcionales que vivía el país a la muerte de Franco. La democracia, aducían, es otra cosa. Fidelidad a los principios. Poder popular. Participación directa de las bases en la toma de decisiones. Derecho a la autodeterminación. Justicia social. Todo revuelto, como si se tratara de la misma cosa.

La izquierda radical, descontenta asimismo con la situación, no tardó en sumarse a la ofensiva. La democracia directa forma parte de su genética. ¿Y cómo podía ser de otro modo, tratándose de un concepto que ofrece un mayor protagonismo a los grupos más activos, que suelen ser los más radicales? Con la particularidad, además, de que asumió como propias las tesis interesadas de los nacionalistas, que fundían en un mismo apartado cuestiones identitarias y sociales, sin pararse a considerar que sus objetivos son esencialmente distintos, cuando no incompatibles. De ese modo, los independentistas se apuntaron una baza importante, ya que sus propuestas recibieron el aval de un grupo que afirmaba no compartirlas. Conviene señalar que el derecho a la autodeterminación es la exigencia máxima a que pueden aspirar los nacionalistas. No hay nada más allá. Reconocerlo implica aceptar sus planteamientos sin ningún tipo de contrapartida. Se rompió así uno de los principios fundamentales de la Transición, que consistía en que todos los grupos deben efectuar concesiones para recibir algo a cambio.

La crisis económica y los numerosos casos de corrupción hicieron el resto. El legítimo descontento popular con una situación que exigía enormes sacrificios a algunos y toleraba abusos injustificables en otros, propició una lógica reacción indignada contra un sistema que parecía corrompido en su misma médula. Se explica así la aparición de partidos nuevos que ponían especial énfasis en combatir la corrupción. Se explica también el crecimiento de posturas extremas que, frente a la evidente falta de ética, insistían en la pureza de los principios. Que viene a ser como si te diagnostican una úlcera de estómago y decides hacerte el harakiri. La escena política española se polarizó, como si la corrupción fuera resultado de la predisposición a negociar, como si los problemas pudieran resolverse eficientemente sin acercar posiciones entre las distintas partes. La democracia sufrió así un peligroso deterioro.

Por si fuera poco, los independentistas se encontraron con un regalo que atrajo a sus posiciones a una buena parte del nacionalismo moderado. El funambulismo irresponsable de David Cameron les proporcionó una coartada inmejorable. Si en Escocia se permitía un referéndum independentista, ¿por qué no aquí? En eso consiste la democracia, ¿no? Sobre todo, si lo dice el país que la inventó. Tardó algún tiempo en comprobarse que las decisiones de Cameron no estaban guiadas por el idealismo democrático, sino por el cálculo partidista. Pero el daño ya estaba hecho. La crisis de Ucrania puso en evidencia que Cameron sólo aceptaba los referéndums de independencia en ciertos casos. No, por ejemplo, si beneficiaba a los intereses de Rusia. La victoria del Brexit corroboró que nos encontrábamos frente a uno de los peores dirigentes que ha tenido Gran Bretaña en muchos años. Las consecuencias de su aventurismo político las sufrirán varias generaciones de británicos. Inglaterra posee sin duda excelentes cualidades que merecen ser imitadas. El populismo demagógico no es una de ellas.

La retórica idealista ha sido la principal responsable de nuestros problemas de convivencia durante varios siglos.

Los resultados de la denominada Segunda Transición están a la vista. La radicalización de posturas, como era de prever, dificultó extraordinariamente el diálogo entre las distintas partes, en un momento en que la crisis económica y los escándalos de corrupción lo hacían más necesario que nunca. Simplificación en los debates. Aumento de la crispación social. Los nacionalistas catalanes, seducidos por las tesis de sus dirigentes más radicales, embarcados en un proceso autista que no sabemos muy bien cómo acabará. El Partido Socialista, uno de los pilares del sistema, amenazado de una grave ruptura interna. Y todo ello, paradójicamente, en nombre de la pureza democrática. Como si no supiéramos por experiencia adónde lleva ese camino. Como si la esencia de la democracia no estuviera en el diálogo y en los matices, en la relativización de los principios y en la búsqueda de acuerdos.

La crisis en la que se encuentra el PSOE sólo podrá saldarse siguiendo las directrices trazadas por el actual presidente de la Comisión Gestora: recuperando el espacio que nunca debió abandonar, mostrando voluntad de diálogo y negociando pactos que redunden en beneficio de la mayoría. Si consigue con ello que el Partido Popular combata activamente la corrupción y asuma una política más sensible hacia las necesidades de los débiles, todos saldremos ganando. Porque no podemos ignorar que las derechas, como en cualquier sociedad, tienen el apoyo de una parte importante de la población. Izquierdas y derechas deben, por tanto, procurar entenderse, especialmente en aquellos temas que atañen a los intereses generales del país. Lo contrario implica una actitud suicida, en la que unos hacen lo que los otros se encargan de deshacer. La democracia no puede asentarse en cimientos tan inestables.

La aparición de Podemos ha facilitado el trabajo al Partido Socialista, ya que le ha indicado la dirección en la que no puede ir. De las dos almas del PSOE, Podemos se ha quedado con la "más pura", con la más próxima a los planteamientos de Izquierda Unida. Es la izquierda que insiste en la democracia asamblearia y en la defensa a ultranza de unos principios, tanto en cuestiones sociales como identitarias. Sus limitaciones ya las conocemos. Sus peligros, también. La retórica idealista ha sido la principal responsable de nuestros problemas de convivencia durante varios siglos. Es la izquierda partidaria de consultar todo con las bases y que, por eso mismo, no puede oponerse al "derecho a decidir". La Constitución es para ellos, al parecer, un pequeño detalle sin importancia. Pero sin Constitución no hay democracia. Así de claro. En la Carta Magna se expresan los términos del pacto negociado entre las distintas fuerzas políticas. La Constitución se puede cambiar, pero no ignorar.

Los dirigentes del PSOE tienen una ardua labor por delante. Tras años de dejarse arrastrar por una demagogia simplista, el cambio de timón no será suave. Deberán convencer a sus votantes de que la izquierda moderada no es una izquierda acomplejada, y que el PSOE no está dispuesto a recibir lecciones de nadie. Mucho menos de los que disfrazan su furibundo nacionalismo tras un discurso extremista de izquierdas. Deberán convencerlos de que la polarización en política es nefasta, como bien prueban los últimos dos siglos de nuestra historia, y explicarles que la moderación no afecta necesariamente a las ideas, sino a la forma de implementarlas. Deberán convencerlos de que negociar con el adversario no implica darle la razón, sino intentar atraerlo hacia nuestras posiciones, o, cuando menos, corregir sus abusos.

Finalmente, deberán convencerlos de que con los únicos que no se puede negociar es con aquéllos que manifiestan no estar dispuestos a respetar la Constitución. En este sentido, es evidente que, tras el órdago independentista catalán, el PSOE no podrá seguir adoptando frente al tema identitario la cómoda ambigüedad a la que nos tiene acostumbrados. El proyecto de un país democrático y plural, que generaciones enteras de españoles se esforzaron durante siglos infructuosamente por sacar adelante, no puede malograrse ahora por la confusión o la desidia de los que deberían ser sus principales defensores. La España progresista tiene una larga tradición de fracasos. El PSOE no puede cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de añadirle uno más.