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La montaña de humo...

20/05/2015 07:02 CEST | Actualizado 19/05/2016 11:12 CEST

La montaña de humo, el vertedero de Phnom Phen, 40 hectáreas resbaladizas en las que más de 2.000 personas escarban día y noche buscando un pedazo redentor de plástico o metal, atesorando fragmentos de lo que nadie quiere, buscando entre el humo y el hedor con la inquebrantable voluntad del que se juega la vida cada día.

600 toneladas de basura, miseria e injusticia engrandecen cada día la montaña y allí, entre deshechos, sus habitantes deambulan entre el humo, los cristales y las ratas, y a veces mueren por enfermedades infecciosas y otras atropellados por camiones, a veces asfixiados por el humo y otras tragados literalmente por la tierra, sepultados cuando el suelo hirviente se resquebraja como si fuera hielo y los devora.

Un símbolo desolador de la atroz pirámide que habitamos inconscientes. Un lugar donde sobrevivir es clavar un garfio de metal en la impotencia.

[...]

Escribí este texto poco después de visitar el vertedero en Steung Meanchey, el extrarradio de la capital de Camboya. Hoy, cinco años después, el humo ya no asfixia a nadie. Las dimensiones del vertedero, el crecimiento de la ciudad y la presión del turismo y las ONGs provocaron su remodelación y traslado a 15 kilómetros de distancia de la capital, a Dangkao. Las nuevas instalaciones, pagadas por la cooperación internacional japonesa, han cambiado el panorama: los deshechos se entierran cada 48 horas y sólo pueden trabajar allí recicladores adultos con permiso oficial, previo pago de una comisión a capataces y guardas. O eso explica el gobierno, periodistas y ONGs tienen prohibido el paso a un recinto vallado, rodeado por un enorme canal de agua y vigilado por guardias armados.

Dolorosas paradojas de la vida, muchas de las personas que habitaban el antiguo vertedero lamentaron el traslado porque junto al humo se esfumaba el medio que, pese a lo injusto y peligroso, les permitía sobrevivir. Pablo Alonso, coordinador en España de Por la sonrisa de un niño, una ONG que trabaja en la zona, resume la situación actual y me da un consejo: "El nuevo vertedero es un engaño, se construyó para limpiar la imagen del país, para alejar ese drama de la ciudad y vender al turismo una Camboya sin miseria. Es un engaño porque el Gobierno no permite el acceso a su interior y porque, en el mejor de los casos, muchas familias migraron a Oudongk, una zona de picapedreros. Otras se han buscado la vida en la calle, en la miseria urbana más dura, recogida de basura, drogas, prostitución...

Básicamente se castigó a gente muy castigada ya. La pobreza no desaparece de un país porque alejes el vertedero de la capital y no permitas entrar a fotógrafos. Sí, según los trabajadores hay mucho menos humo y mejores instalaciones. Bienvenidas sean. Pero sin abordar globalmente las causas de la pobreza de poco servirá el parche. Eso sí, cuando vuelvas a Camboya visita Steung, en la montaña de humo creció la hierba y ahora es una montaña verde...".

Sorprendido ante la posibilidad de publicar ahora estas fotografías, Alonso duda: "ya no es actualidad, ya no interesa... pero si visitaste aquel lugar no lo puedes olvidar".

¿Qué es la fotografía si no memoria y herramienta de transformación potencial? Decía Don McCullin que "la fotografía no puede cambiar la realidad pero puede mostrarla". Y ese poder implica un deber, el de mirar y recordar, porque ocultar el presente y vivir sin pasado nos aboca, inexorablemente, a un frágil futuro construido a base de trampas y mentiras.

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