BLOGS

Ambición y avaricia

27/07/2013 09:55 CEST | Actualizado 25/09/2013 11:12 CEST

Vivimos tiempos complejos y paradójicos, lentos y veloces, seguros y peligrosos, transparentes y opacos. Ese es el sino de la posmodernidad. Una era en la que el agonismo y el antagonismo de los contrarios y los partidarios pueden acontecer simultáneamente. Un tiempo de proezas y generosidad, versión las múltiples ONG que surgen como flores, y de escándalos y egoísmos, versión burbuja corrupta que explota y apesta. Y cada tiempo tiene su propio diccionario, sus lemas, sus dilemas y sus semánticas. En el que nos toca vivir, aquí y ahora, hay dos palabras peligrosas que pululan por los noticiarios disfrazadas de escándalo y corruptela. Con frecuencia se eluden, se disfrazan o sobreentienden, pero están y son buena parte del meollo de la crisis.

La primera, la avaricia, es una palabra antigua, lindante con la tacañería, la mezquindad y la codicia. Equivale a acaparar y almacenar, y huele a baldosa y sótano oscuro, a llave grande y cerrojo oxidado, para que no se abra, no se sepa, no se note, no se difunda. Tiene pinta de usurero y tinte opaco, y quien mejor la representa en la actualidad es la actitud estreñida de muchos bancos para dar créditos, o ciertos financieros y políticos que se niegan a abrir sus discursos a la generosidad y el optimismo. Su táctica, su estrategia, es guardar para estar seguros, mejorar las cuentas y beneficios, y a lo sumo abrir el grifo cuando interesa y a intereses de usura. Los que mantienen esa actitud no cumplen con los principios ni con los fines para los que han sido creados y sostenidos, o elegidos y nombrados. Tampoco se atienen a sus normas éticas, ni cumplen sus compromisos sociales. Y el problema es que tras la avaricia financiera hay bancarios y banqueros, políticos y líderes económicos, pero nadie, ninguno de ellos, se siente responsable de nada. Es la hercúlea banca, son los influyentes organismos financieros, tan determinantes como etéreos, tan decisivos como irresponsables, y todos son fuenteovejúnicos.

La segunda palabra es la ambición. Podría remedar a la anterior, pero no es lo mismo. Es una palabra moderna, ansiosa e irreverente. Equivale a atesorar para enseñar, a tener para poder, a guardar para ostentar. Es una palabra posmoderna y narcisista. Que se vea, que se note, que se sepa, que soy rico, luego poderoso, valioso, ventajoso: puro oropel, argente puro. Quien mejor la representa en nuestro país y momento son el urdangarismo y la barcenosis. O quizá mejor el gurtelismo y sus conductas lujoréxicas. Qué desmesura, qué hybris, qué insulto a la moderación humana, al equilibrio y a la necesidad. Pero, sobre todo, que injusticia social, moral y ética.

Luego, como se ve, estaba en lo cierto, son dos palabras complejas, peligrosas, contradictorias, como los tiempos. Dos formas de ser y estar en el mundo, dos palos en las ruedas de los que trabajan, se esfuerzan e intentan encontrar soluciones. Contra ellas no hay Rajoy que nos valga, ni Rubalcaba que nos defienda. No hay PYME que se mantenga, ni empresario que se salve. Y contra ellas poco podemos hacer, sino apelar una vez más a sus antónimos, a la solidaridad y la generosidad, y a esa vieja sabiduría que nos demuestra cada día que hay algunas cosas que cuando se tienen, se muestran y se entregan, crecen, aumentan y mejoran, como el amor, o la comprensión, o la magnificencia. Estas palabras pueden hacer que incluso las situaciones más agobiantes puedan ser interpretadas como oportunidades llenas de sentido y significado, de ese tipo del que David Foster Wallace consideraba "...que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas...". Hagámoslo. Es posible.

* Una versión preliminar de este artículo fue publicada en 'DB' el 21 de junio de 2013.