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Los feos no existen

14/04/2015 07:02 CEST | Actualizado 13/06/2015 11:12 CEST

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Río Gállego, Huesca (España).Foto: MI/JJ.

El atractivo se persigue, y es fuente de mucho sufrimiento. La belleza, en cambio, la tienen todos los habitantes del planeta. No importa si son altos o bajos, gordos o delgados, tímidos o extrovertidos..., todos la tienen. Los feos no existen.

Ser atractivo, lamentablemente algo tan deseado, consiste en adecuarse a un patrón, alcanzar un aspecto concreto, una morfología concreta que varía de unas épocas a otras o de unas regiones a otras (en países de África se valora estar entrado en carnes; en Europa, se llega a la enfermedad para estar delgado/a...). También se considera atractiva una actitud frente a los demás, mostrarse segura/o, una apariencia social...

¿Por qué?

El origen de esta persecución colectiva del atractivo es el miedo. El temor al rechazo, al juicio de los demás, a no sentirse reconocido, a no lograr apoyo social, a no sentirse valioso frente a los demás. Todo ello conduce a rechazar o ensalzar el propio aspecto (y el de los demás) y sufrir intensamente con ello.

La belleza, intrínseca a cada ser humano, a cada ser vivo y a la naturaleza, no depende de modas, ni cambia sus patrones con el paso del tiempo.

Aprender a ser bello

Se puede disfrutar contemplando una planta, sus increíblemente delicadas y complejas flores, o la rugosidad del tronco de un árbol viejo. También contemplando un rostro o un cuerpo humano recién venido a este mundo, o curtido por el sol y el duro trabajo, o avejentado por el paso del tiempo... Percibir la increíble belleza en todo ello es un deleite que nos permite ver sus formas externas, pero también a la persona que va dentro.

Para percibir la belleza hay que aprender a liberarse, descondicionar la mente de los machacones patrones físicos difundidos en el día a día, en la familia, con los amigos, los compañeros de escuela o trabajo..., o en los medios de comunicación, regidos por personas -como la mayoría- condicionadas a esos patrones sociales desde la infancia.

La belleza, que no depende de la apariencia, se ve ensombrecida por el sufrimiento. Y brilla en todo su esplendor cuando la persona se siente bien, cuando es feliz. Lo lógico no es perseguir una forma del cuerpo ni una apariencia social, sino esforzarse en aprender a resolver el sufrimiento, el temor al rechazo, al juicio de los demás, la necesidad de sentirse reconocido...

Aprender a ser bello, no guapo, es aprender a ser feliz, y no sentirse rechazado ni rechazar a nadie por el aspecto.