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Déficit de atención: ¿estigma que a todos beneficia?

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No es la primera vez que por estas fechas hablo de niños distraídos, despistados, movidos o con falta de atención. Hace tres años denunciaba en un artículo en mi blog El médico de mi hij@ titulado Déficit de atención la situación por la que atraviesan los chavales, cada vez más jóvenes cuando empiezan a venir las notas del curso.

No es infrecuente en la consulta diaria a partir de estas fechas el oír cómo los padres relatan que el tutor del niño les ha llamado para avisarles que van a suspender hasta el recreo y que deberían ir al médico por si su niño tiene un TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad).

Cada vez más temprano, ya no solo hablamos de preadolescentes difíciles, un niño que no sabe leer igual que sus compañeros de cinco años, o incluso un niño de tres que no acepta sentarse toda la mañana en el pupitre son ya candidatos a observación.

El niño que se aburre en clase, el que no cumple esas tres horas de castigo en casa después de clases y extraescolares para hacer los deberes a modo de condena diaria, el que su cerebro va más lento que sus compañeros, el que no procesa letras y tan solo ve números o al revés, el que los números aparentan grafismos ininteligibles, aquel que es diferente sufre el estigma y la etiqueta de ser un inadaptado y hacerse merecedor de la exclusión de la sociedad.

En mis tiempos, al niño que no quería estudiar su padre le amenazaba con ponerle a trabajar, hoy en día ya quisiera el padre poder trabajar y no se le ocurre 'tentar a la bicha'.

Citaba hace tres años y repito ahora:

Creo que hay niños, muchos niños, con déficit de atención pero no creo que todos los niños con déficit de atención sufran un TDAH.

Si a un niño le están maltratando en el colegio, sus padres se han divorciado, su padre le atiza o abusa de él/ella, no sabe que será de su vida porque oye decir en su casa que no saben si llegarán a fin de mes, etcétera... es decir, si existen causas de ansiedad, o de alteración del ánimo no puede diagnosticarse un TDAH. Será normal que presente un déficit de atención, pero no por un TDAH, sino por otras causas.

Los niños sufren. Tienen tristeza, ansiedad y depresión. Tienen problemas que viven como grandes problemas. Diferentes de los adultos, pero problemas. Y los adultos que dicen que los niños viven en un mundo feliz, más feliz que el nuestro, tienen los ojos cerrados.

Ni el colegio, ni la medicina, ni los padres tienen en cuenta al niño que sufre, es preferible etiquetarlo y permanecer en zona de tranquilidad, a un TDAH se le médica, se le adocena y se obvian sus peculiaridades, cumple a duras penas con el curriculum que se ha diseñado para el rebaño y aguarda a que la edad le borre las heridas.

Añadía:
Supongo que en parte se 'sobrediagnostica' porque ello crea una situación en que todos ganan: el psiquiatra pone etiqueta y pastilla correspondiente y no tiene que pensar más; los padres quedan liberados de culpa y responsabilidad de una tacada, el colegio no tiene que preocuparse de qué le pasará al niño; y el laboratorio hace un negocio fabuloso (uno más).

El niño es el que a lo mejor sale perdiendo, pero qué le vamos a hacer...

Alguno habrá, pero la epidemia que en época de calificaciones escolares hay de trastornos de atención es 'sobrediagnóstico' y como bien decía satisface a todos, a una medicina que 'sobreetiqueta' por prisas o porque no considera al muchacho en toda su complejidad, dando por bueno que el salirse de la norma es punible.

Los padres, exonerados de culpa asumen que el niño era el raro, aliviados abrazan la pastilla salvadora de sus penas.

La escuela obsoleta y alienadora, perdida en múltiples planes de estudio a cual peor, olvida que no está solo para encauzar vidas al redil, sino para formar personas. Y con la graciosa pastilla se ve liberada de sus responsabilidades.

El laboratorio, que recoge beneficios, potenciando el negocio que al fin y al cabo es tan solo uno más entre las variadas enfermedades reales o inventadas de nuestro tiempo que tienen por denominador común una pastilla salvadora.

Todos ganamos, aunque probablemente los chicos y chicas no. Pero ¿a quién le interesa eso?