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Mi padre

01/11/2013 09:45 CET | Actualizado 01/01/2014 11:12 CET

"Cuando éramos jóvenes, tu madre y yo salíamos a pasear por el pueblo con la que se convertiría en mi suegra. Caminaba por la carretera cinco pasos por delante de nosotros y de vez en cuando se giraba para ver cómo la seguíamos. Si la conversación bajaba de volumen o guardábamos silencio se volvía a mirar para escudriñar qué ocurría, como si el silencio de las palabras presagiara un roce de labios o una mano furtiva. Arriba y abajo recorríamos la carretera hasta que la hora marcada terminaba la tarde.

Mil y una treta inventábamos para parar entre farola y farola donde la luz decaía para robar una mano o inventar una caricia. Al llegar a la casa prolongábamos el tiempo a través de la verja hasta que la voz de tu abuelo sonaba al fondo de la casa reclamando el final.

Ella murió hace años, demasiados. Desde entonces vivo solo, no recuerdo el día que es hoy, ni siquiera el año o el presidente del Gobierno que usted, doctora, me pregunta. Tengo hijos pero a veces se me olvidan sus nombres y tengo bastantes nietos y nietas".

"¿Cómo se llamaba su mujer, Jesús?"

Tras unos largos, larguísimos segundos, Jesús agacha la cabeza y los ojos se inyectan, las lágrimas afloran y a duras penas balbucea un no sé, no me acuerdo, el llanto se hace evidente...

"Tranquilo, no se preocupe, Jesús..."

Con un nudo en la garganta, alguien le susurra la respuesta. Aliviado mira al cielo buscando a su compañera tantos años...

"Perdona, Luisa que te haya olvidado".