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El pudor

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Foto: EFE

Últimamente se me hace con frecuencia una pregunta al oírme o al verme: ¿No te da pudor? He debido irlo perdiendo y lo principal es que no lo echo de menos. Ya tuve en casa un par de días a una gran fotógrafa, Lurdes R. Basoli, siguiéndome a todos sitios para un proyecto fotográfico europeo, Under Pressure, sobre la esclerosis múltiple. En esos días, las escenas de desnudo que quizás en otro momento me hubieran supuesto un problema, no me causaron ninguno; y no deja de ser llamativo que precisamente ahora, cuando mi cuerpo se encuentra ajado, deslucido (si alguna vez fue lo contrario) y mustio, tenga esa impudicia.

Hay una explicación a esto por la edad, su maduración y el proceso de sensibilización, lo cual puede suponer una justificación, llegar a descubrir que la belleza no tiene por qué encontrarse en la sujeción a unos cánones estéticos estándar o predominantes. La belleza se encuentra, fundamentalmente, en la mirada. No se trata de defender una estética feísta, sino defender que lo feo y lo bello dependen de los ojos con los que se mire. Lo pobre, lo ajado, lo viejo también puede ser bello. Puede ser duro, pero bello; interpelante, pero bello; difícil, pero bello; triste, pero bello.

Pero esa impudicia parece no limitarse al hecho físico. También se me interroga por aquello que digo o escribo, por algunas de las cosas que he escrito. He de decir que ese poder hablar con la libertad del que no tiene nada que perder me ha supuesto una liberación. Los años y mis circunstancias también me han hecho llegar a una conclusión: lo que verdaderamente merece la pena decirse es lo que no se dice, lo que no se quiere decir, lo que cuesta decirlo; porque todo eso es, a menudo, lo esencial, lo que resulta importante para nosotros; mientras que el escaso esfuerzo de comunicación que hacemos es sobre lo secundario, sobre lo muy secundario, sobre lo que no nos afecta en profundidad, sobre lo que no nos impele a nada, sobre lo que no nos sacude, sobre lo que nunca nos deja desnudos sino que nos mantiene con los ropajes del disfraz con el que nos sentimos protegidos.

Desahogarnos es la única manera de abrir las ventanas y airear nuestra casa, de darnos la oportunidad de pedir perdón, el ejercicio profundamente liberador y de maduración de pedir perdón.

Mostrar las miserias no solo puede ser liberador, puede ser bello. ¿Quién no las tiene? Hacer públicas nuestras contradicciones también. ¿Quién es de una pieza? Temo a todos esos personajes públicos que se muestran así, pétreos, sin fisuras, rígidos, inhumanos. Poner en evidencia las alcantarillas de nuestro pensamiento es la única manera de que esas aguas residuales no se estanquen; las debilidades de nuestra carne, que con qué facilidad nos asustan, con qué ligereza las etiquetamos de perversiones.

¿Cuál es el pensamiento verdaderamente perverso? ¿Cuál es el reo que tenemos encadenado y amordazado en nuestro interior? ¿De qué cadáveres está cubierto nuestro sótano? Desahogarnos es la única manera de abrir las ventanas y airear nuestra casa, de darnos la oportunidad de pedir perdón, el ejercicio profundamente liberador y de maduración de pedir perdón; de sentar los cimientos duraderos para construir algo nuevo de nosotros y con nosotros. No hablo de exhibicionismo. El exhibicionista no tiene realmente conciencia de la miseria, de sus vergüenzas, solo pretende hacer ostentación de las mismas, no hay ejercicio autocrítico previo, no existe necesidad de liberación, no es un acto del pensamiento, solo se trata de responder a un impulso.

A menudo, el sentimiento de pudor es, incluso, mayor en el receptor. Desnudarse puede ser más violento para el que se encuentra presente, es un acto provocador, políticamente incorrecto, desasosegador, que invita a romper la hipocresía sobre la que sustentamos nuestra vida; y es eso lo que no queremos, lo que nos permite sobrevivir sin mayores complicaciones, lo que nos permite dormir sin que nuestras víctimas bailen a nuestro alrededor. El pudor es un sentimiento acomodaticio, un mecanismo de supervivencia, porque siempre protege nuestras vergüenzas, nuestras fragilidades, aquello por donde nos encontramos rotos o nos podemos romper. Por eso es frecuente reaccionar ante el ejercicio de impudicia con el escándalo, con la descalificación, con la condena. No hay juez más severo que aquel que no solo pretende castigar sino también silenciar al otro para no quedar él en evidencia.

Pasen y vean mi grandeza hecha añicos, las turbulencias de mi calma, el fango que rodea mis pies, solo así me sentiré tranquilo, con energías y ganas para recorrer el último trayecto de mi vida, sintiéndome, a la vejez viruelas, crecer.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor