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En defensa de Pablo Echenique

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En los últimos días ha sido noticia el llamado caso Echenique, al conocerse que tenía trabajando cinco horas a la semana, como asistente personal (empleado de hogar, de hecho), a una persona. Políticos, tertulianos, periodistas y gente varia se han cebado en ello y han aprovechado, a través de Pablo Echenique, para arremeter contra su formación política.

Esta aglomeración de críticas lo que pone de manifiesto es una gran hipocresía y un casi nulo análisis de la realidad, un desconocimiento, consciente o no, de esa realidad y, por lo tanto, un casi nulo, también, interés por transformarla. Se le puede achacar a Pablo Echenique una pobre defensa de su actuación pero nunca una crítica sin matices de esa actuación. Lamentablemente nuestra realidad se encuentra llena de matices pero nos encontramos con una población que desea ignorarlos en la medida en que vuelven esa realidad como compleja y difícil, para vivirla, con su ausencia, como algo simplista que no necesita interrogarse por lo que hace y le rodea.

Yo también soy discapacitado físico y catalogado como gran inválido. Yo también necesito a una persona para que todos los días me asee, me vista y me levante, unas escasas cinco horas semanales. Yo también comprendo la compleja situación ante la que se encuentran esas personas y ante la que me encuentro yo mismo. Debo contratar como empleados de hogar a esos asistentes y, al mismo tiempo, tengo que ser consciente del escaso atractivo de este trabajo ante el surgimiento, aunque sea temporal, de otros empleos de más tiempo y retribución económica, esto hace que deba asumir la variabilidad en las personas que lo desempeñan y aceptar su ir y venir.

El tipo de empleo pone de manifiesto la necesaria existencia de una gran intimidad que hace que no valga cualquier persona; es necesaria, no sólo una gran destreza profesional sino una calidad personal que se inicia con una capacidad de ternura. Encontrada una persona así es necesario mimarla para que permanezca el mayor tiempo posible a tu lado. Comprendo que la decisión acerca de la cotización o no a la Seguridad Social corresponde fundamentalmente al trabajador o trabajadora, su decisión puedo interpretarla como un error pero nunca como una trampa.

Es cierto que esto pone de manifiesto la existencia de una economía sumergida, pero también pone de manifiesto la existencia de una población sumergida que bracea como puede para salir a flote.

Desde el primer momento yo planteo su interés o no en esa cotización, poniendo de manifiesto de entrada que yo me haría cargo de toda ella; aún así las decisiones son diversas. De no estar interesado en esa cotización, asumo que mi desembolso económico ha de ser el mismo por lo que añado al pago de la hora diaria el equivalente al coste que me supondría el pago de su cotización. Para que esto no suponga tentación alguna para no estar dado de alta entiendo siempre que este ha de ser un segundo paso claramente diferenciado del primero. La realidad es que me encuentro con opiniones de ambos tipos y que, aquellas personas que se deciden por no cotizar, lo hacen por alguna de las siguientes causas:

  1. Por estar trabajando ya con contrato a tiempo completo pero con un salario mínimo y con unas grandes cargas familiares. La presencia de esta situación está presente casi siempre, paro en casi todos los miembros de la familia salvo en uno con un empleo temporal y un pequeño salario.
  2. La necesidad de sortear la legalidad para poder acceder a las ayudas económicas que esta pueda aportar. El tiempo de este trabajo es mínimo así como su retribución y uno no puede renunciar a otros ingresos que ocasionalmente pueden llegar.

En ambos casos tengo claro de que se tratan de alternativas ilegales, es el clásico dilema entre lo legal y lo justo que no siempre coinciden. Cómo puedo yo desde mi situación económica y social hacer un juicio ético y moral de estos comportamientos. Es cierto que esto pone de manifiesto la existencia de una economía sumergida, pero lo que no podemos ignorar es que lo que verdaderamente sale a la luz es la existencia de una población sumergida que bracea como puede para salir a flote.

Querer ignorar esto es hipocresía, una flagrante y evidente hipocresía. Las situaciones económicas de muchas personas y familias son muy frágiles, por no decir que han caído ya en la pobreza. Cualquier euro es para estas personas como oro en paño, es comprensible que la dureza de su presente les impida poner su mirada en su futuro. Uno necesita salir hacia delante, pagar su casa, vestirse y comer e incluso permitirse unos gastos que le hagan pensar que se encuentra también dentro de esa sociedad de consumo de la que disfrutamos todos. Es vergonzoso hacer una crítica de estos comportamientos con un gin tonic en la mano y un sueldo seguro y aceptable a final de mes.

Este post fue publicado orginalmente en el blog del autor