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La condena

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Shutterstock.

La condena es un principio no es un fin.

Albert Camus

"Probable enfermedad desmielinizante". Así dictaba la condena que vino a desbaratar todos los planes, la que marcaba un antes y un después, la que te noquea y te hace andar trastabillando por el cuadrilátero. Así rezaba el informe de la resonancia magnética. De esto hace ya muchos años.

De ella, en un primer momento, te golpea el sustantivo, pero te agarras al adverbio para no caer. Se trata de una posibilidad verosímil y fundada, pero no una certeza. No fue mi caso, yo sabía demasiado. La esclerosis múltiple ya había visitado mi familia para quedarse en ella. Cuando la sentencia llega suena la campana, se te acabó el tiempo, se borran todos tus proyectos, llegaste al punto y final. Eso es lo que parecen decirte esas dos palabras. Y no es así, llegaste al punto y aparte, a partir de ahí no se abre el abismo, se abre el interrogante.

¿Pero no es el interrogante, en esos momentos, un abismo? La consulta, la confirmación, las miradas, las palabras que se eligen, los silencios, los gestos, la necesidad de agarrarse a la mínima.

Lo que hice y no volveré a hacer. Viajar, conocer otros paisajes, otras costumbres, otras culturas, otra gente, buscar los rincones, conducir. Pasear, a la mañana temprano, cuando todo está despertando y tu te sientes formando parte de un mundo que se da una nueva oportunidad; a la caída de la tarde, en el momento del encuentro, cuando la vida se ralentiza, el tiempo del ágora, el de uno mismo y el de todos, menos de ti. Andar, ese simple movimiento, un pie, otro pie, flexionar la rodilla, parar, girarse, todo aquello que hacemos sin pensar, de una manera automática, como si no fuera necesaria comunicación en nuestro sistema nervioso, como si todo se hiciese porque sí.

Lo que no hice y ya no podré hacer. Todos esos proyectos que aguardaban en la cartera como si siempre quedara tiempo para ellos, como si aplazarlos fuese una cuestión menor, siempre podremos encontrar un momento mejor, más propicio, para realizarlos, como si el mañana formara parte del presente, un presente continuo que no conoce límites.

Lo que siempre llevaré (cargaré) conmigo. Ese lastre, en el mejor de los casos, agarrado a mis piernas, el manojo de alfileres en cada una de las yemas de mis dedos, la nube en mi cabeza, la vejiga neurógena, la humedad, el miedo.

El que fui y ya no seré. Todos esos papeles que desempeñé y que iré poco a poco (o mucho a mucho) abandonando, aquello que me identificaba, por lo que yo me reconocía, por lo que ellos me reconocían. Abandonar "mi lugar" en el mundo, el que ocupaba y que consideraba reservado para mí. El que me hacía. El que todavía soñaba y ya no seré. La posibilidad de soñar con un yo distinto del que me identificaba, la coartada para la justificación. De pronto desenmascarado, desenmascarado mi presente pero también mi pasado, la necesidad de reformular el engaño.

Me sentí como un animalillo asustado, temblando, indefenso, a la espera del golpe definitivo, con la mirada extraviada en la profundidad de la nada, con la necesidad de llorar arrastrando con las lágrimas el miedo.

El cambio en la vida, en las rutinas, en la sociabilidad, en mí y en los demás. ¿Quién cambiará sus rutinas por mi causa? ¿En qué punto quedaré varado? ¿Cómo llenaré mi tiempo?

Decía que yo sabía ya demasiado como para agarrarme al adverbio, aquel diagnóstico no se trataba de una simple posibilidad, se trataba de la confirmación de una sospecha bien fundada en unos síntomas reconocibles: en primer lugar, una mitad del cuerpo dormida, una mitad exacta, como si hubieran trazado una eje rectilíneo a lo largo de mi tronco; en segundo lugar, una mano inoperante, insensible, extraña a mí. Fue recoger el informe y buscar lo que se esperaba encontrar, sobrevolar las líneas para encontrarlo: probable enfermedad desmielinizante.

Me sentí como un animalillo asustado, temblando, indefenso, a la espera del golpe definitivo, con la mirada extraviada en la profundidad de la nada, con la necesidad de llorar arrastrando con las lágrimas el miedo. La debilidad, la fragilidad, una caña quebradiza que la vida presiona con ambas manos, a punto de saltar. La condena. La condena que parece haber sido dictada, la condena segura, el fin.

Seguramente es inevitable sentirlo así en un primer momento, en el que no sirve de nada bracear salvo para precipitarte más hacia el fondo, en el que parece inevitable obviar una realidad: la esclerosis múltiple es un cajón de sastre en el que caben muchas realidades, unas en las que el cuerpo parece darte definitivamente la espalda, otras en las que solo el nombre te acompaña junto al interrogante, en las que uno y otro puedes llegar a olvidar.

Entre medias la vida, la vida que continúa con más o menos obstáculos, con más o menos golpes, con más o menos sufrimiento. La vida, la misma vida, con tus obstáculos, con tus golpes, con tus sufrimientos, distintos, sin más, a los de otros. La vida que te reta y a la que es inevitable responder, tus obstáculos, tus golpes, tus sufrimientos, también tu respuesta.

Aceptar que nadie tiene la culpa, que no es un castigo, no es una condena, que la vida puede continuar.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor.