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Nacionalismo

09/11/2017 06:53 CET | Actualizado 09/11/2017 06:53 CET
Getty Images/EyeEm

Todo nacionalismo es delirante, sólo necesita un estímulo para activar su delirio, si ese estímulo es otro nacionalismo ambos se retroalimentan, uno genera la activación del otro y ambos aumentan su pequeño o gran incendio. Una situación así es la que estamos viviendo, cargada de emociones que son fácilmente manipulables, es por eso por lo que se huye del debate para recargar continuamente la pistola emocional por la que disparar cuando uno crea conveniente.

Ese uno no es el ciudadano de a pie que sale a la calle sino el político que, carente de argumentos, busca llenar de emociones todos los medios a su disposición. La pistola la carga él pero espera que sean otros muchos los que la disparen, para ello busca utilizar símbolos en los que esas emociones se descarguen (el que lidera ese proceso sueña con pasar a la historia también como tal).

Todo nacionalismo necesita otro al que despreciar y acusar de los males, el símbolo se besa o se quema según sea necesario

Da lo mismo que lo que se busque sea que se llore ante ella o que se abuchee, todo nacionalismo necesita otro al que despreciar y acusar de los males, el símbolo se besa o se quema según sea necesario y nos hayan predispuesto a ello. Una y otra actitud es el mismo tipo de emoción, el mismo pensamiento con nombre distinto, la misma irracionalidad sea cual sea el lado en el que pretendamos situarnos.

El nacionalismo nunca puede significar progreso, siempre es marcha atrás, vuelta al pasado, sólo será posible avanzar cuando nos desprendamos de ese lastre. Un lastre que supone xenofobia, la creación de un extraño al que odiar pues nos roba, se aprovecha de nosotros y es manifiestamente inferior. Ese pensamiento nacionalista sólo lo puede propagar un vendedor de humos capaz de llegar a convencer de que solo a través de ese camino es posible llegar al paraíso soñado, solo cuando podamos desprendernos de ese extraño que está entre nosotros y, de alguna manera, nos fagocita.

Ese pensamiento nacionalista sólo lo puede propagar un vendedor de humos capaz de llegar a convencer de que solo por ese camino se llega al paraíso soñado

Cuanto más humo mejor, mejor podemos vender el producto, el gran problema es que para que aumente el humo, es necesario encender el fuego y el fuego no es fácilmente controlable, cuando se quiera disipar el humo nos podemos encontrar con que el fuego permanece y nos devora, hemos alentado el fuego y aquello que creíamos controlar se nos va de las manos.

Para hacer medianamente creíble ese producto es necesario generar una historia, una historia de héroes y villanos con acontecimientos en los que fijar un inicio o en los que justificar la situación en la que nos encontramos, la derrota de esos momentos ha de ser vengada. El villano de ayer es el de hoy, nosotros siempre seremos los héroes perdamos o ganemos.

Todo nacionalismo guarda en su interior una buena dosis de fanatismo, una bomba de relojería que únicamente ha de ser activada, a distancia, para explotar

Ese relato, según una lógica histórica, siempre será ficción por mucho que lo repitamos. De tanto oírlo lo asumiremos, cuantos más seamos el coro que lo dice, mucho mejor, más convincente será. El rebaño da calor y seguridad, estar fuera de él intranquiliza, son necesarias agallas para enfrentarse a él, agallas y ser dueños de un pensamiento propio.

Todo nacionalismo guarda en su interior una buena dosis de fanatismo, una bomba de relojería que únicamente ha de ser activada, a distancia, para explotar. Este es, en realidad, el proceso en el que nos encontramos inmersos, el fanatismo genera placer pero no puede ser el principio del mismo el que oriente la actuación política como no puede ser una ética de las convicciones. Es la unión de ambas la que utiliza el aspirante a mesías, de esa manera satisface al populacho y, al mismo tiempo, elude responsabilidades.

Manejar un principio de la realidad y una ética de la responsabilidad es complicado y sólo al alcance de un político de verdad. No quiere decir que no se actúe con arreglo a las convicciones ni que no se actúe buscando el placer de la mayoría, sino que se actúa teniendo también en cuenta las consecuencias de toda acción y, sin engañar, la necesidad, en ocasiones, del displacer. No es bueno jugar con fuego, el fuego quema y no importaría si el quemado sólo fuera el político que lo ha encendido pero suele ocurrir que la quemada sea la mayoría de personas que le han seguido y que se han ofrecido, gustosamente, como leña.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.

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