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La inmunoterapia: la revolución del futuro en la lucha contra el cáncer

04/02/2018 09:20 CET | Actualizado 04/02/2018 09:20 CET
Jesús Sánchez Ruiz

Vivimos tiempos increíbles desde el punto de vista de los logros científicos. Estamos viviendo la explosión de las telecomunicaciones con el nacimiento y primeros pasos de Internet. Tenemos artefactos en Marte realizando experimentos científicos a decenas de millones de kilómetros, y muy probablemente seamos la primera generación que vea a un ser humano poner un pie en este planeta, donde es muy posible que se encuentren rastros de vida. Y en medicina estamos viviendo el nacimiento de lo que probablemente sea una gran revolución en el tratamiento del cáncer: La Inmunoterapia. Una revolución que se ha hecho esperar, puesto que sus primeras andaduras se remontan a más de 120 años.

En 1891, época en la que lo que hoy llamamos inmunología estaba aún en pañales, el cirujano estadounidense William B.Coley decidió poner a prueba unas observaciones que se venían haciendo desde hacía ya algún tiempo: algunos pacientes con tumores incurables mejoraban notablemente tras sufrir una infección con una bacteria llamada Streptococcus pyogenes. Coley dedicó gran parte de su vida a desarrollar un tratamiento contra el cáncer basado en inyectar cierto preparado de bacterias. Los resultados fueron sorprendentes: un 10% de los pacientes mejoraron de una manera muy notable, incluso consiguió que los tumores remitieran en algunos de ellos.

Hoy sabemos que en un gran número de pacientes de cáncer, los tumores consiguen crecer porque son capaces de burlar a las tropas de nuestro organismo que se encargan de destruirlos

Lamentablemente las investigaciones de Coley no se siguieron desarrollando en aquel entonces. Se desconocía la base teórica de lo que estaba sucediendo en las curaciones, los efectos secundarios de la terapia podían ser muy serios, y en general había cierta desconfianza de los resultados de Coley. Nadie sospechaba en ese momento que el cirujano norteamericano había publicado los primeros tratamientos inmunoterapéuticos de la historia.

Hoy en día sabemos que el tratamiento Coley conseguía estimular a algunas de las células de nuestro sistema inmunitario que en condiciones normales se encargan de encontrar y destruir a las células tumorales. Y lo que es más importante, hoy sabemos que en un gran número de pacientes de cáncer, los tumores consiguen crecer porque son capaces de burlar a las tropas de nuestro organismo que se encargan de destruirlos. ¿Cómo lo hacen?

A diferencia de las infecciones por virus o bacterias, los tumores están formados por células de nuestro organismo. Por tanto uno de los grandes problemas que tiene nuestro sistema inmunitario es identificar a estas células entre millones de células sanas. La mayoría de células tumorales presentan algunos cambios sutiles que las diferencian del resto, y gracias a estos cambios nuestras defensas son capaces de identificarlas y destruirlas. Pero en algunas ocasiones las células de los tumores ocultan estas diferencias y dejan de ser identificables. No hay peor enemigo que el que pasa desapercibido.

En otras ocasiones pueden manipular a su entorno, convencer a las células de su alrededor para que reformen el tejido sin parar, de manera que los tejidos se enmarañan tanto que ni los tratamientos ni nuestras defensas pueden llegar a actuar con eficiencia.

Quizá el mecanismo más insidioso que tienen muchos tumores para evitar ser atacados es adormecer y confundir a las células del sistema inmunitario que llegan para destruirlos

Quizá el mecanismo más insidioso que tienen muchos tumores para evitar ser atacados es adormecer y confundir a las células del sistema inmunitario que llegan para destruirlos. En muchas ocasiones en las biopsias de los pacientes se observa un enorme número de tropas especialistas anti-tumorales. Y sin embargo están confusas, somnolientas, aletargadas. La analogía perfecta es la escena del puente sobre el río en Apocalypse Now.

Recapitulando, tenemos mecanismos intrínsecos para atacar al cáncer. Son muy eficaces en circunstancias normales, pero algunos tumores son capaces de eludirlos. Aquí es donde entra la Inmunoterapia: todos aquellos tratamientos que desbloquean lo que impide que el sistema inmunitario combata el cáncer. Terapias para que las células identifiquen mejor a los tumores; para que las células cuenten con más y mejores armas contra el enemigo; para despertarlas de su letargo y vuelvan a las armas; refuerzos con tropas externas obtenidas de donantes; combinaciones entre diferentes de estas terapias o incluso con terapias convencionales como radioterapia o quimioterapia; y muchas opciones más.

Sólo si apoyamos la investigación entre todos podremos vivir cómo la inmunoterapia pasa de ser una promesa a una revolución consolidada

Esto supone un enorme cambio de paradigma en los tratamientos. La diana de la terapia deja de ser la destrucción del tumor en sí misma. Se trata de dar las herramientas a nuestro organismo para que sea él el que lo rechace.

Estamos en una fase prometedora, pero hay que ser prudentes: no todos los pacientes responden a la inmunoterapia y a veces no funciona todo lo bien que cabría esperar. Debemos investigar y crear equipos especializados que trabajen en mejorar este tipo de tratamientos y garantizar que sean aptos para todos los pacientes. En pocos meses se inaugurará en el Hospital 12 de Octubre una Unidad de Inmunooncología financiada por la Fundación CRIS contra el Cáncer, y otros centros internacionales están también apostando fuerte por el desarrollo de la Inmunoterapia.

Sólo si apoyamos la investigación entre todos podremos vivir cómo la inmunoterapia pasa de ser una promesa a una revolución consolidada.

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