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Apoyar el juicio político a Dilma Rousseff es apoyar una conspiración

19/04/2016 07:11 CEST | Actualizado 19/04/2016 07:11 CEST
EVARISTO SA via Getty Images
Brazilian President Dilma Rousseff (L) and her Vice President Michel Temer during the presentation ceremony of the new army generals at the Army Club in Brasilia, on December 16, 2015. Rousseff is fighting for her political life as she stands accused of illegal budgeting manoeuvres that she says were long-accepted practices by previous governments. AFP PHOTO/EVARISTO SA / AFP / EVARISTO SA (Photo credit should read EVARISTO SA/AFP/Getty Images)

La lista de absurdeces que hemos visto en estas últimas semanas hasta llegar al juicio político de Dilma Rousseff es larga. Por eso voy a centrarme en el último elemento: la insania y la soberbia sin precedentes que ha demostrado el vicepresidente Michel Temer.

Sé que la mayoría de los que están a favor del juicio político ya no son personas sensatas (o quizá nunca lo fueron). Así que no sirve para nada intentar explicar que no sólo están en riesgo el Partido de los Trabajadores (PT) y la propia Dilma. Ambos han cometido muchos errores y se merecen duras críticas, pero también se merecen que se les reconozcan los avances que han conseguido en Brasil.

No sirve de nada decir que es posible defender la lucha contra la corrupción sin cargar con toda la culpa a un solo partido.

No sirve de nada decir que los miembros del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) o del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), con los que se han aliado los defensores del juicio político, sustentan cargos políticos por todo el país, están siendo investigados en la operación Lava Jato y son responsables de varios delitos graves que han tenido como consecuencia el desvío de millones de reales brasileños de las arcas públicas.

No sirve de nada discutir sobre si el juicio político es una maniobra ideada por ladrones y políticos derrotados que quieren derrocar al Gobierno.

No sirve de nada decir que el programa de bienestar social Bolsa Família, las cuotas, el programa de becas Prouni, las inversiones en educación técnica, el fomento de los derechos, las políticas salariales, la inversión -mucho más baja de lo que debería haber sido- en infraestructuras y la campaña a favor de los programas universitarios de integración, entre otras muchas otras cosas, han cambiado Brasil. Estas políticas han cambiado al país y estos cambios no van a revertirse, al contrario de lo que la prensa y los analistas superficiales quieren hacernos creer.

De hecho, justo por esa razón parte de la población no protesta en contra del Gobierno aunque Dilma les haya decepcionado. Esa parte de la población está decidida a seguir adelante con los beneficios que ha conseguido gracias al gobierno de Dilma. La nueva clase media y la juventud que ha roto un ciclo de exclusión laica y cuyos integrantes fueron los primeros miembros de sus familias en ir a la universidad no dejarán que ninguna crisis les hunda. Son una realidad, un símbolo de una transformación permanente. Ahora tienen un poder que nunca antes habían tenido. Y no van a renunciar a ese poder.

El vicepresidente ha convertido el juicio político en unas elecciones; ni siquiera los más críticos del Partido de los Trabajadores pueden negarlo.

Aquellos que ya tienen una opinión formada pensarán que esto no es de su interés o que ni siquiera tiene sentido.

Pero puede que algunos me escuchen. Por eso pregunto: ¿cómo se puede justificar el comportamiento del vicepresidente Michel Temer?

¿Cómo se puede aceptar que el hombre que posiblemente tome las riendas de este país actúe con tal falta de honradez -algo que se podría rebatir diciendo que no le distingue del 90% de los políticos- y muestre desprecio por nuestras instituciones?

¿Cómo es posible que se haya tergiversado y rebajado el enjuiciamiento político de una presidenta -algo que debería relacionarse únicamente con los delitos que se pueden haber cometido- hasta haberlo convertido en una disputa electoral?

Digamos que es posible que Michel Temer se haya dado cuenta, guiado por alguna luz divina, de que cometió un error al apoyar a Dilma y al PT, y al obtener dinero del PT (viniera de donde viniera) para su campaña.

Si se hubiera dado cuenta de estas cosas, habría abandonado la campaña y no habría hecho nada por ayudar a la presidenta. Como mucho, habría apoyado el juicio político por ser un proceso de castigo institucional contra el poder ejecutivo. Pero Temer eligió seguir un camino muy distinto. Se metió de lleno en la campaña. Acudió a reuniones con diputados, agotó los programas políticos y negoció con cargos políticos y ministerios. El vicepresidente ha convertido el juicio político en unas elecciones; ni siquiera los más críticos del Partido de los Trabajadores pueden negarlo.

Su comportamiento indica que por fin ha dado con una oportunidad de oro para llegar a lo más alto y, encaprichado, no ha podido dejar pasarla. Por eso, el pasado domingo no sólo fue el día en el que hubo que elegir si Dilma seguía o no en el cargo, sino también en el que hubo que decidir si Temer iba a sustituirla y a convertirse en el presidente de Brasil.

Es un golpe. Y no os engañéis, entusiastas de la destitución, porque dará lugar a brutales batallas en la sociedad brasileña.

Al actuar de tal manera, Temer, junto con su cómplice Eduardo Cunha, ofrece todos los argumentos necesarios para afirmar que este juicio político es, de hecho, un golpe.

Es un golpe. Y no os engañéis, entusiastas de la destitución, porque dará lugar a brutales batallas en la sociedad brasileña. El Gobierno de Dilma fue elegido de forma democrática y, pese a las acusaciones, tiene derecho legítimo a resistirse.

Tiene derecho legítimo a luchar por cada voto, y a usar todas sus armas -dentro de los límites legales- para derrotar no a las masas que salen a las calles, a quienes deberían escuchar y que a menudo han sido silenciadas, sino las estratagemas electorales bochornosas y no democráticas que rodean a Michel Temer y Eduardo Cunha.

Ningún gobierno que resulte de tal maniobra política podrá ser legítimo.

Cualquier programa que planteen fracasará. Al lanzarse a ello, el PSDB comete un error mortal.

Es imprescindible poner fin a los planes del PMDB/PSDB. Estos partidos exploran las voces de las calles, pero nunca reflejan bien sus sentimientos. Y esto será fundamental para el futuro de Brasil.

Ante todo, es necesario proteger a los partidos de la oposición para que puedan luchar por el poder en un escenario justo. Si ganan, tendrían derecho a liderar -o, al menos, a defender en el Congreso y en las calles- los programas que consideren más adecuados.

Porque si Temer y Cunha ganan mediante injusticias, no sólo estarán acabando con el Partido de los Trabajadores, sino con cualquier gobierno de la oposición que podría llegar a existir en el futuro.

No os engañéis, amigos. Impedir el golpe es la tarea principal. El juicio político no destruiría al Partido de los Trabajadores. Por el contrario, llevaría al partido de vuelta a la oposición reforzado por una militancia de izquierdas que había abandonado y dispuesto a hablar por la gente que protesta en las calles. Dispuesto y obligado a renovarse.

En ese contexto, el supuesto "gobierno de la salvación nacional" que propone Temer, y que promete estabilizar el mercado en cinco minutos y resolver todos los problemas de Brasil, simplemente tratará de salvar al propio vicepresidente y cavar un hoyo profundo para Dilma. Pero no lo conseguirá.

Este post fue publicado originalmente en la edición brasileña de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés y Marina Velasco

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