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Mi hija se ha convertido en mi hijo, y le quiero igual

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JON RALSTON
Jon Ralston
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Cuando Maddy Ralston vino al mundo hace casi 21 años, fue amor a primera vista.

No podía parar de llorar mientras acunaba a mi pequeño milagro. Era la cosa más bonita que había visto en mi vida.

A medida que iba creciendo, Maddy rehuía de las cosas tradicionalmente femeninas. "Si me regalas una muñeca por Navidad, le voy a cortar la cabeza", me advirtió en una ocasión.

Se negaba a llevar la falda del uniforme del colegio, prefería los pantalones caqui. Se convirtió en una marimacho total antes de empezar el instituto. Era una niña guapísima de ojos azules, pero le daba igual. Prefería ir a pescar durante horas en vez de ir al centro comercial con las demás chicas. Me dijo que quería ser un chico.

Pensé que no era más que una fase. Muchas mujeres me han contado anécdotas de ese tipo.

Íbamos a comprar ropa y ella nunca quería ir a la sección femenina. Siempre a la masculina. Ni siquiera hacía falta preguntar.

A mí me daba igual. Ella era mi pequeña, y yo la adoraba.

El vínculo padre-hija era cada vez más fuerte. Lo hacíamos todo juntos. Casi nunca me perdía sus partidos, ya fueran de fútbol, de baloncesto o de béisbol. Fuimos a Europa tres veces y disfrutamos mucho de estar el uno con el otro. Cuando escribía, me encantaba hacer alusiones a ella; la llamaba "La Adolescente".

Cuando empezó a ir al instituto, le hicieron bullying durante el primer año. Las chicas de esa edad son lo peor. Cuchicheaban a sus espaldas y decían que era lesbiana, y yo pensé que tenían razón.

Me daba igual.

Era mi Maddy. Eso era lo único que importaba.

Salió con un chico durante una temporada. Pero no duró mucho. Ella no se sentía a gusto, yo me daba cuenta. Después salió con una chica. Duró algo más, pero ella no era feliz. Algo no iba bien.

Maddy no habló de lo que pasaba de verdad hasta el último año de instituto. Pero, de alguna manera, ella llevaba sabiendo lo que ocurría desde que tenía cinco años y rechazaba las muñecas y los vestidos.

Creo que no presté mucha atención cuando Maddy me decía hace unos años que ella sentía que era un chico, que era transexual. Claro, claro, eres un chico, pensaba yo. Estaba seguro de que no era más que una fase.

Después de todo, había pasado por muchos momento difíciles. Su madre había muerto. Había tenido que cambiarse de colegio. Ella no tenía ni idea de quién era.

Pero lo cierto era que yo no tenía ni idea de quién era ella. O que lo quería negar.

Lento pero seguro, no solo lo acepté, sino que lo recibí con los brazos abiertos. He aprendido un montón sobre la comunidad transexual gracias a mi trabajo. Y he leído un poquito.

Pero no quiero hablar sobre aseos o vestuarios. No quiero abrir un debate sobre las cuestiones de orden público de Carolina del Norte. Ya habrá tiempo para eso.

Mi primer instinto, como siempre, ha sido proteger a Maddy, asegurarme de que es feliz. Eso es lo que la mayoría de los padres quieren para sus hijos.

La vida es así de difícil. Pero me temo que toda esa ignorancia que fomenta el miedo y toda esa repulsión visceral hacia el concepto de ser transexual harán la vida de Maddy mucho más complicada.

Muchas personas a las que conozco y respeto hablan de este asunto en las redes sociales, o incluso en persona, porque no conocen a Maddy. No saben cómo es la realidad, así que seamos flexibles con ellos.

Llegarán a entenderlo. Únicamente los que estén llenos de odio se quedarán ahí.

Maddy ya lo ha experimentado en la universidad. Le han llamado "abominación de Dios", le han dicho que su madre se suicidó porque se avergonzaba de ella y que va "a arder en el infierno".

Debe de ser increíblemente insoportable oír ese tipo de cosas. Me hierve la sangre cuando Maddy me las cuenta.

Admito que en ocasiones todavía se me hace difícil. En mi casa, miro a mi alrededor, veo las fotos que tengo con mi pequeña y se me llenan los ojos de lágrimas. Pero esos recuerdos son eternos y Maddy me ha pedido que no los quite, porque también significan mucho para ella.

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El año pasado Maddy empezó a hablar del cambio de sexo y de operarse. Y hace unos seis meses empezó a tomar testosterona para comenzar el proceso de convertirse en quien realmente es.

Esta semana fue a los tribunales y le contó a un juez por qué quería ser un hombre y que quería que modificaran su certificado de nacimiento. Después de la audiencia, cuando por fin todo empezaba a ser oficial, me llamó; y creo que nunca he visto a Maddy tan feliz. Y quería que contara su historia.

Cuando llegue a casa a finales de semana, veré por primera vez a alguien que oficialmente se llama Jake Ralston. Y si de algo estoy seguro es de que será amor a primera vista.

Una versión de este post fue publicada originalmente en Ralston Reports.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.