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El suicida impertinente

09/03/2017 19:16 CET | Actualizado 15/03/2017 12:41 CET

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Los últimos datos arrojan un total de 3.910 suicidios en 2014. Casi 15 diarios. Más del doble que el número de muertos en accidentes de tráfico.

Escalofriante.

Una cifra que podría ser mayor teniendo en cuenta los numerosos casos en que, afortunadamente, el intento de suicidio, 78.200 cada año, se queda en eso. En intento. En una llamada de atención a su entorno más cercano de una persona que no quiere, no puede, o no sabe, enfrentarse a una situación determinada y decide quitarse la vida.

"Este fenómeno ha llegado para quedarse", dice Santiago Durán–Sandreu, especialista en suicidios del Hospital San Pau de Barcelona, "el crecimiento de casos es de suficiente magnitud para que las instituciones públicas trabajen en temas de prevención".

La cuestión es, ¿cómo detectar y controlar a los suicidas en potencia para evitar que lleguen a quitarse la vida sin que eso suponga una violación de su intimidad... o una privación, aunque sea temporal, de su libertad? Sobre todo cuando el crecimiento más preocupante en el número de suicidios, un 38% en los últimos años, ha tenido lugar entre los llamados baby boomers, personas de entre 40 y 50 años que nacieron fruto del boom de natalidad que tuvo lugar durante los años 60 y 70. Muchos de ellos pertenecientes a la que se dio por llamar Generación X, que quizá debería haberse llamado P, de perdida, también conocida como generación JASP; esos Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados que masificamos las universidades en los 80 y los 90 con la promesa, alimentada por unos padres que en la mayoría de los casos no habían podido acceder a ese tipo de estudios, de alcanzar el éxito profesional y una holgada situación económica... pero acabamos dándonos una monumental y mayúscula HOSTIA.

Como J.M., el protagonista de El suicida impertinente.

¿El motivo? Como afirma Luis de Rivera, psiquiatra del Instituto de Psicoterapia de Investigación Psicosomática de Madrid, "la ruptura de creencias y convicciones básicas. Por ejemplo, la certeza de que si teníamos una carrera universitaria, íbamos a vivir muy bien".

Y es precisamente esa catártica ruptura de creencias, ese brutal contraste entre la prometida y merecida recompensa que deberíamos haber recibido tras nuestro paso por la universidad y años de constante lucha para cobrarla, lo que lleva al protagonista de la novela a tomar la terrible decisión de quitarse la vida. Pero, al contrario que la mayoría de hombres que recurren a métodos inmediatos como el ahorcamiento o el salto al vacío debido a una cuestión meramente hormonal que obedece, según Carlos Mur, psiquiatra y gerente del Hospital Universitario de Fuenlabrada, "a la mayor impulsividad biológica en el género masculino", razón por la que de esos 3.019 suicidios durante 2014, 2.938 fueran cometidos por hombres, El suicida impertinente lo hace cortándose la venas. No sin antes haber puesto en marcha un maquiavélico plan para vengarse de todos aquellos a quienes hace responsables de su fracaso en la vida, de la mediocridad que tiñe cada uno de sus días y contra la que se ha cansado de luchar. El leiv motiv de sus actos no puede ser más evidente...

Mejor impertinente que importunado.

SIEMPRE.

Y lo que hará será, ya desde la tumba, obligar al alguien, y bajo amenaza de desvelar secretos que hundirían su vida, a leer una carta el día de su entierro en que sacará a la luz los trapos sucios de todos los asistentes. Antiguos compañeros de universidad, amigos, familiares, incluso su propia esposa, a los que acusa de haberle dado la espalda y que, una vez finalizado el sepelio, y ante la indudable certeza de que el autor de dicha carta está criando malvas y no hay manera de que rinda cuentas por semejante traición, proyectarán toda su ira y ansias de vengarse contra el desgraciado que ha tenido que leerla y cuya única culpa de haberles puesto en evidencia es ser víctima de un cruel chantaje contra el que tampoco tiene cómo, o ante quién, defenderse.

El suicida impertinente es un thriller donde las muñecas rusas, además de esconder otra nueva en su interior, y no necesariamente más "pequeña", retrata a toda una generación que se esfuerza en recordar hasta la saciedad la tierna nostalgia de su infancia a través de la cultura audiovisual llena de color, optimismo y buenas intenciones con que crecieron para no enfrentarse a la decepción de su madurez, donde las promesas de éxito y bonanza económica han caído para la mayoría en saco roto.

Y la reflexión final ante los misterios de J.M, su demoledor legado, la espiral de violencia alimentada por aquellos que claman venganza y que harán todo lo posible por destruir a quién J.M. eligió al azar para leer su particular testamento, o mejor dicho, aquel a quien decidió someter a su azarosa intención para hacerlo, lleva hasta sus últimas consecuencias la verdadera naturaleza del suicidio.

Porque, como dice Alber Camus, "el acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos".

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