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¿Nos intenta tomar el pelo Pablo Iglesias con su moción de censura transversal?

27/04/2017 17:59 CEST | Actualizado 28/04/2017 11:15 CEST

EFE

El problema no es que Pablo Iglesias y su equipo quieran ahora presentar una moción de censura transversal, contando también con Ciudadanos, cuando el año pasado les parecía fatal cualquier acuerdo con el PSOE que incluyera al partido de Rivera, esos esbirros del capital. Ya entonces llevábamos años de Gürtel, Púnica, Fabra, Bárcenas, e incluso sospechábamos que Ignacio González no era un tipo de fiar. Ya entonces era urgentísimo mandar al PP a la oposición y regenerar las instituciones, aun cuando fuera con un acuerdo insatisfactorio. Pero no bastó.

Sin duda, el PSOE no jugó limpio en el escenario post 20-D, queriendo tratar a Podemos como un partido subalterno. Aun así, había una oportunidad magnífica de marcarle la agenda legislativa a un hipotético Gobierno socialista con unos votos, los de Podemos, que iban a ser esenciales para cualquier ley, cualquier presupuesto, cualquier decisión política en este país, demostrando que sí, que había otra forma de hacer política. Claro que eso exigía trabajar de verdad todos los días y abandonar, aunque fuera al menos durante un tiempo, la obsesión de sorpassar al PSOE.

El problema de esta moción de censura tampoco es el pestazo a tacticismo que deja, aunque diga mucho del proceso de convergencia de Podemos con la mediocridad reinante en la política española. Y eso que yo también creí que Podemos era lo que este país necesitaba: una fuerza joven, nacida al calor de lo más parecido que hemos tenido en las últimas décadas a una revolución democrática, hecha en la calle, con mucha indignación y los jirones de esperanza que nos ha dejado esta crisis brutal que nos cambió la vida. Con toda la creatividad rota por las expectativas fallidas y de repente resucitada al servicio de una causa colectiva. Yo también confié en la posibilidad de un nuevo progresismo transversal, sin consejos de administración, alejado de las polillas varias y de pulsiones estalinistas. De hecho, los voté, tres veces.

Con esta izquierda, nos quedan por tragar toneladas de porquería de la derecha española.

El problema es si el legado de Podemos acabará enterrado en el propio legado de Pablo Iglesias, en sus excesos, sus bandazos tácticos, su desplazamiento de la disidencia interna, en la sensación de que, cuando habla, tiene tres o cuatro objetivos o intenciones inconfesables que hacen su discurso cada día menos confiable, más impostado. La cuestión más entristecedora es si Podemos se puede convertir pronto en contribuyente neto de esa sensación de asqueo -que combatió el 15M- que pavimenta el camino al desencanto o a la extrema derecha: si el cambio era esto, ¿qué carajo nos queda?

Si Pablo Iglesias hubiera querido levantar un dique contra el PP para construir una nueva mayoría, habría esperado unos días a saber quién era el líder del PSOE. Es imposible que sea de otra manera: un partido tan convulsionado y sin un liderazgo claro no puede retratarse antes. Pero no creo que ese sea su objetivo. Probablemente sólo quiera intoxicar el duro debate que tienen los socialistas, no perder el foco mediático, estar presente, raspar con la uña, provocar regurgitaciones varias, como el mojo que se le pone a las papas arrugadas.

Cuánta desconfianza deben generar Iglesias y su equipo cercano en el público general si conozco a un chorro de gente que les han -hemos- votado y no entienden nada de lo que hacen...

Y luego está el legado de la Gestora del PSOE y sus afines, que dejaron gobernar a un partido podrido de corrupción que no ha cambiado nada de nada y que usa de manera casi pornográfica las instituciones del país para esconder su basura. A esta gente es a la que le dieron la abstención...

Con esta izquierda, nos quedan por tragar toneladas de porquería de la derecha española...