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Pedro Sánchez, o la búsqueda de una épica

29/01/2017 10:16 CET | Actualizado 29/01/2017 10:17 CET

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Foto: EFE

No recuerdo dónde lo leí, pero es de estas cosas que se te quedan en la cabeza: el texto decía que muchos nunca iban a votar a Pedro Sánchez porque no se lo podían imaginar saliendo de un after a las siete de la mañana con la camisa medio sudada, como a cualquiera de nuestros colegas. Ungido por el aparato del PSOE andaluz, necesitado de tener a un hombre de paja a la espera de que a Susana Díaz le cuadrara el calendario para presentarse como candidata a presidenta del Gobierno, Pedro Sánchez tenía pinta, con su camisa blanquérrima, de insulso burócrata de partido con cara de guapete, de una marioneta cuya victoria parecía un salto atrás frente al otro candidato con posibilidades en aquellas primarias de 2013, Eduardo Madina, que nunca ha sido un outsider, pero que con su aspecto entre indie e intelectual parecía representar la modernidad.

Nadie quiere ser un simple hombre de paja en la vida, y Pedro Sánchez también reclamó su oportunidad. Pero abandonado en la cuneta a los pocos meses de su elección por Susana Díaz, Sánchez quedó atravesado por una contradicción fundamental: ¿quiénes eran sus apoyos más allá de los votos de la militancia que seguramente había obtenido por ser el candidato de Susana Díaz? ¿No quedaba su legitimidad herida tras la ruptura con 'la baronesa'? ¿No muere un burócrata cuando se queda sin burocracia? Tampoco era plausible transformarse en otra cosa de repente: el 'ungido del PSOE andaluz' no podía aspirar a convertirse en el hombre del 15-M en el PSOE.

¿Tiene de verdad Pedro Sánchez un discurso político para salir de la inanidad en la que ha estado instalado el PSOE, también durante su mandato?

Pero todo cambió con el 'no es no', la dimisión en bloque de buena parte de su Ejecutiva, el bochornoso Comité federal, la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general, su renuncia al acta de diputado para ser fiel a sus convicciones y no abstenerse frente a Rajoy, la entrevista de Évole. Y sobre todo, tras una narración de las cosas que, con todos los matices, ha cuajado entre mucha gente de izquierdas -y mucho militante del PSOE-: lo que ocurrió con Sánchez fue un complot en toda regla del establishment político y mediático, también dentro del partido, para acabar con un secretario general que ya no descartaba hablar con Podemos o con los nacionalistas para llegar al Gobierno. Y al que, si aquello no llegaba a ningún sitio, no le importaba ir a unas nuevas elecciones para mantener, según él, la identidad del PSOE.

El resto, ahora que Sánchez se ha decidido finalmente -abandonado por parte de su aparato en favor de Patxi López, pero en brazos de una parte de la militancia muy activa-, es un relato bien fácil: un viaje épico sin grandes padrinos políticos ni mediáticos, un road trip, un momento casi místico de autoconocimiento socialista, agrupación por agrupación, en brazos de la clase obrera que nunca ha ido a una recepción oficial y se ha desgastado las manos en la fábrica, el campo o fregando escaleras, guardando siempre un ratito a la semana para ir a las sedes socialistas, que antes siempre se llamaban casas del pueblo. Hay mucha militancia así en el PSOE, y haber dejado gobernar al PP nunca lo van a perdonar.

También hay incógnitas: ¿será suficiente este relato para que Pedro Sánchez gane? ¿Están las bases del PSOE tan a la izquierda como dicen? ¿Tiene de verdad Pedro Sánchez un discurso político para salir de la inanidad en la que ha estado instalado el PSOE, también durante su mandato, mientras Podemos construía un relato que atraía a buena parte de las precarizadas jóvenes clases medias urbanas que en otra época llevaron a Zapatero a Moncloa?

No creo que veamos ahora a Pedro Sánchez cuajado de copas en un after para ahogar las amarguras semanales del desempleo o de un trabajo en condiciones pésimas. Pero por lo menos, ha tragado un poco de mierda. Y eso, en la noche y las barras de los bares, siempre merece un respeto.

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